Según señala Tom's Hardware, Alloy pecó de exceso de ambición. Intel utilizaba en sus prototipos procesadores como los de un ordenador portátil en lugar de chipsets menos potentes y posiblemente más eficientes, así como tecnologías de seguimiento de altas prestaciones y elevado coste.
Lo último que se supo es que los visores finales se acercarían a los 1.000 dólares, cuando los visores de realidad virtual convencionales cuestan más o menos la mitad.
El plan inicial de Intel no contemplaba la venta directa de visores al público. En su lugar ofrecería su tecnología a otras empresas que después podrían crear sus propios visores, siguiendo en cierto modo el modelo de Valve con SteamVR o el de Microsoft con sus visores Windows Mixed Reality. El problema para Intel es que cualquiera de estas alternativas resulta muchísimo más económica incluso si sus prestaciones no son comparables, y si un cliente empresarial busca una solución autónoma, no tiene por qué esperar a Alloy pudiendo comprar ya un visor Hololens.
En estos momentos Intel parece más interesada en apoyar tecnologías desarrolladas por terceras compañías que en lanzar su propia plataforma de realidad mixta o virtual. De hecho, hace apenas unos días la compañía lanzó MixCast Studio, una aplicación disponible en Steam bajo suscripción y pensada para que los streamers con un visor SteamVR (próximamente también Oculus Rift y OSVR) puedan transmitir contenidos de forma sencilla.