Sinceramente, me deja una sensación agridulce. Ocarina of Time no fue un juego importante solamente por ser un clásico, sino porque en su época fue una revolución que cambió la industria. Por eso esperaba que un remake moderno estuviera a la altura de ese legado: no solo mejores gráficos, sino una reinterpretación capaz de sorprender nuevamente al mundo.
El problema es que hacer una versión prácticamente 1:1, con un estilo visual renovado que ni siquiera termina de convencer, se siente como una oportunidad perdida. No hacía falta copiar exactamente el pasado; hacía falta recuperar esa sensación de innovación que tuvo el original. Algo que hiciera con Ocarina of Time lo mismo que Breath of the Wild hizo con la saga: tomar una base legendaria y volver a reinventarla.
No digo que sea un mal juego, porque la base sigue siendo una obra maestra, pero estamos hablando de uno de los títulos más importantes de la historia. Después de tantos años, uno esperaba una versión capaz de competir por volver a estar en la cima, no simplemente un homenaje con gráficos nuevos y algunos cambios menores.
Nintendo tenía la oportunidad de crear algo revolucionario otra vez, pero eligió un camino más seguro. Para los fans que esperaban una nueva experiencia, se siente más como una celebración del pasado que como un verdadero renacimiento.