Me parece genial que el único que ha estado a mi altura y con educación en el debate sobre el franquismo se retire del debate.
Porque la verdad es que yo en este hilo lo que realmente quiero hacer es contaros a todos que el comunismo es la mayor peste de la historia de la Humanidad. Infinitamente peor que el nazismo. Infinitamente peor que el capitalismo más extremo. Infinitamente peor que el Régimen de Franco. Infinitamente peor que cualquiera de los sistemas democráticos que hay hoy en Europa, con todas las imperfecciones que puedan tener.
El comunismo no ha generado más que muertas, opresión y miseria a gran escala allí donde se ha implantado.
He hablado de Mao, de Pol-Pot, de Stalin, de Ceaucescu, de Ho Chi Minh, de Kim Il Sung y del cabrón de Fidel Castro. Pero hay muchos otros casos menos conocidos. Por ejemplo, el de Etiopía. ¿Recordais esas imñagenes de niños muertos de hambre en Etiopía? Pues eran y son víctimas del comunismo. Y es que, como siempre que los intelectuales y teóricos comunistas ponen en juego sus absurdas ideas, la hecatombe está asegurada.
http://www.liberalismo.org/articulo/202/51/
Copypasteo solo el capítulo dedicado a las hambrunas. Los tejemanejes soviéticos y castristas que llevaron a la instauración del comunismo los podeis leer en el enlace de arriba.
La Gran Hambruna
Se ha dicho con evidente falta de información o con insolente desprecio de la Historia que el gobierno de Mengistu fue en realidad un remedo moderno del gobierno despótico del Negus, un apaño neofeudal travestido de socialismo a la africana. Ni una cosa ni la otra. Cierto es que Mengistu carecía de formación marxista. Cierto es que llegó a recibir cursos en la base norteamericana de Fort Leavenworth en su época de estudiante en la Academia Militar de Haletta. Pero por sus hechos los conoceréis dice la Biblia y en el caso de Mengistu nunca mejor traída la cita. Si bien no podemos atribuir sus primeras purgas en el Derg a la ortodoxia socialista si es estrictamente histórico que tanto personalmente como la deriva que imprimió a su régimen fue indiscutiblemente de corte marxista.
Ya antes de liquidar la disidencia de izquierdas representada en el PRPE y el MEISON
Mengistu procedió a una socialización forzosa de la economía etiope. Apenas cuatro meses después del destronamiento del Negus el Derg dirigido con mano de hierro por Mengistu
nacionalizó la banca y los seguros. Poco después arremetió contra la propiedad. [/B]Prohibió por ley la posesión de tierras y limitó a un bien por familia la propiedad inmobiliaria. Cualquier ciudadano que poseía, ya fuese por herencia, ya por adquisición, más de un inmueble fue automáticamente expropiado por el Estado. [/B]Todo esto se decretó en 1975, justo antes de la feroz campaña de represión política y de las guerras del Ogadén y Eritrea. Muestra inequívoca de que a la supresión de la libertad económica le sucede irremediablemente la política. Conflictos armados aparte, la descomposición de la sociedad rural etiope, sostén por otro lado de la economía nacional, tiene su origen aquí, en los decretos del 75. El tradicional reparto de la tierra en Etiopía se organizaba alrededor de dos regímenes de tenencia. El Rist centrado en torno a los clanes familiares y el Gult, tierras de concesión estatal, es decir, imperial. El Rist formaba la columna vertebral del campo etiope, constituía el núcleo esencial de la sociedad rural regulada alrededor de la familia. La proscripción de la propiedad rústica dejó a esta masa inmensa de campesinos al albur de las decisiones gubernamentales. Peor aun fue la expropiación de las tierras regidas por el Gult. Millones de campesinos y sus numerosas familias pasaron a depender del estado que, al menos oficialmente, se hacía cargo de los latifundios antes regidos por terratenientes. La nacionalización del Gult provocó un colosal éxodo de hambrientos desposeídos de lo único que tenían, su fuerza de trabajo.
Tras los conflictos regionales y el consabido compromiso cubano-soviético con el régimen de Mengistu ciertos cerebros privilegiados de la planificación socialista asesoraron al gobierno de Addis Abeba para implantar las Granjas Estatales al modo soviético.
El compromiso de Mengistu era sin lugar a dudas convertir Etiopía en una República Popular. Desconocemos si por estar plenamente convencido de ello, de las bondades que un régimen comunista deparaba a las naciones que lo adoptasen o por pura oportunidad política. De lo que no cabe duda es que estando del lado de la URSS podía cometer tantos atropellos como quisiese y además resolver los problemas exteriores que venían afligiendo a Etiopía. Instalarse en el socialismo ha quedado demostrado tras ochenta años de utopía sangrienta que es instalarse en la irresponsabilidad. Y a ello se aplicó Mengistu con todas sus fuerzas. Dio un nuevo giro de tuerca promoviendo la fundación del Partido de los Trabajadores de Etiopía, el PTE, que a modo del PCUS sería la organización rectora de la vida y de la política etíope. El desbarajuste rural estaba ya a principios de los ochenta creando más problemas que, incluso, los inoperantes guerrilleros del sur del país. Se imponía pues un tour de force.
La nueva Etiopía exigía una población ciegamente fiel a los dictados del Partido, es decir, de su máximo líder y guía de la nación. La orografía etíope es, como ya he apuntado, compleja y harto ingobernable si se pretende hacer a la fuerza por lo que Mengistu
adoptó una insólita política de traslado masivo y forzoso de población. La idea era llevar campesinos de unas regiones a otras, de lugares donde el brazo armado del Partido no llegaba a otras más fácilmente controlables. Del norte al sur. De las resecas tierras bajas colindantes con el Sahara sudanés al vergel ecuatorial de la Etiopía meridional. Maliciosamente
bautizó la campaña de reasentamiento forzoso con el nombre de Bego Teseno (Coerción por el bien del prójimo) y sin saber todavía hoy quien era el prójimo al que beneficiaba semejante medida lo que provocó el traslado masivo de cientos de miles de personas fue el agravamiento de la sequía que dio comienzo en 1982. Las sequías en Etiopía, como en España, son cíclicas. De un modo u otro la población, especialmente la del norte del país, ha aprendido a vivir con ellas y organizarse para pasar la calamidad lo mejor posible. La de 1982 sorprendió a Etiopía en plena labor de ingeniería social cuyos efectos, los de la sequía y los de la ingeniería, fueron desoladores.
La población campesina estaba fuertemente depauperada por las nacionalizaciones del año 75. Muchos habían dejado sus aldeas en busca de trabajo. Otros, los más afortunados, explotando pequeñas parcelas que apenas daban para vivir se veían en la obligación de pagar fuertes sumas de impuestos al gobierno. Para más INRI
la economía estaba ya en 1980 completamente socializada por lo que el Estado se transformó en el único demandante de los excedentes agrícolas. Los precios eran fijados desde un gabinete ministerial y, por supuesto, no se correspondían con los de mercado. El sufrido campesino pagaba más por la semillas en el mercado negro de lo que recibía del Estado por el producto final. Muchas familias campesinas hubieron de vender su magro patrimonio, que las más de la veces se limitaba a una choza, dos corderos y una vaca esquelética víctima del agostamiento de los campos, para hacer frente al ávido afán recaudador del gobierno.
Las Granjas Estatales, a las que ya hice referencia, fracasaron casi desde el primer día. A su mala gestión interna se sumó el hecho de que muchos etíopes, en especial de etnias conflictivas como los Oromo, fueron forzados a trabajar en ellas en condiciones que podríamos calificar sin temor a equivocarnos de esclavitud.
La llegada de la sequía trastocó el panorama pero no a mejor como pudiera suponerse sino a peor. Mengistu, sentado en su poltrona dorada de Addis Abeba o quizá volando rumbo a Cuba en uno de sus viajes de vasallaje al tirano de La Habana, concibió un plan alternativo. ¿Para que avergonzarse y ocultar la tragedia que padecía su pueblo cuando podía aprovecharla en beneficio propio? A fin de cuentas el mismo Lenin, el padre de todas las revoluciones, había organizado La Gran Carestía en 1921 y buenos réditos obtuvo con ella. El hambre es, como muy ajustadamente apuntó Jean François Revel, el capital más precioso del socialismo[4]. En el otoño de 1984 cuando los efectos de la sequía combinados con los traslados de población alcanzaban su punto álgido de desesperación y muerte la noticia saltó a occidente. Los medios de comunicación apuntaban machaconamente que la hambruna había sido provocada por una inoportuna sequía combinada con la caída del precio del café en los mercados internacionales. Una vez más el pobre campesino cafetero arruinado por la voracidad y la ceguera asesina de los mercados.
Durante días los informativos bombardearon a la opinión pública occidental con imágenes que escandalizaban por su crudeza. Niños literalmente muertos de hambre devorados por los mosquitos, mujeres con los pechos secos intentando en vano alimentar a su bebé muerto, pilas de cadáveres hacinadas en medio de ningún sitio.... Demasiado para la sobremesa.
Diez años después de la Revolución Socialista en Etiopía los resultados de la misma se mostraban a un mundo incrédulo con toda la severidad debida a semejante acontecimiento.
El Aniversario fue celebrado con pompa por Mengistu y la plana mayor del Partido en Addis Abeba días antes de la emisión de las imágenes. Oropeles, carros de combate, cazas rusos pilotados por cubanos surcando el cielo, embajadas de todo el Pacto de Varsovia y música, mucha música marcial mientras medio país moría de hambre achicharrado en mitad del desierto La reacción occidental fue inmediata. ONG’s, gobiernos, parroquias de barrio y asociaciones de vecinos se volcaron con el drama etíope. Hasta las estrellas de la canción entonaron para el mundo entero su conocido y architarareado We are the world, we are the children.
Cuando en Etiopía se masacró a la oposición en una purga digna de los mejores tiempos del estalinismo nadie hizo nada. Cuando los somalíes de Ogadén capitularon ante la maquinaria bélica cubano-soviética nadie hizo nada. Cuando Eritrea fue masacrada de modo inmisericorde por tropas del gobierno apoyadas por La Habana y Moscú nadie hizo nada. Cuando se comenzó a movilizar forzosamente a la población con objeto de controlarla mejor nadie hizo nada. Cuando se concentró la producción agrícola en Granjas estatales que se valían de mano de obra esclava nadie hizo nada. En 1984 cuando se recogió la cosecha de diez largos años de despropósito, guerra y experimento socialista, occidente al fin hizo algo. Regaló dinero, alimentos y medicinas al causante de todos los males. ¿Cómo premio quizá? El hecho es que
millones de dólares en ayuda humanitaria volaron de las bondadosas manos de otros tantos millones de occidentales a las de Mengistu que lo recibió como un agasajo, una donación desinteresada a la que no tardó en dar un nefasto uso. Organizaciones internacionales como Médicos sin Fronteras que no se tragaron el bulo y decidieron no ir a Etiopía fueron declaradas non gratas por el gobierno de Mengistu y vituperadas sin medida en occidente. La administración Reagan que clamó en el desierto al considerar la petición de ayuda cursada por el gobierno etíope como un ardid para captar fondos fue tachada de capitalista infame, de reaccionaria y de enemiga de la humanidad. Vivir para ver y sobrevivir para recordar.
La enseñanza que el mundo entero, en especial los países africanos, obtuvo tras el episodio etíope fue triste. A partir de entonces muchos son los gobiernos africanos que, a imagen y semejanza del de Mengistu, utilizan las desgracias de su pueblo en beneficio propio.
La descomposición del Régimen
Dos años después de la hambruna que costó la vida a más de medio millón de personas Mengistu se atrevía aun a dirigirse al mundo en estos términos al hablar de sus traslados de población: [...] (El campesino ha de) cambiar su vida y su pensamiento y abrir un nuevo capítulo en el establecimiento de una sociedad moderna en las zonas rurales y ayudar a la edificación del socialismo [...][5]. Sostenella y no enmendalla. La socialización continuó durante toda la década de los ochenta hasta el práctico colapso de la economía etíope.
En 1987, apenas tres años después de la catástrofe humanitaria que conmocionó al planeta, se desencadenó una nueva hambruna que conforme a los pasos del ya conocido vals macabro fue primero ocultada y después aprovechada por el gobierno. De nuevo la ayuda internacional fue desviada hacia el ejército y la nomenclatura del partido. La trampa humanitaria volvía de nuevo a ponerse en marcha.....¡y a funcionar! Como galardón y justa recompensa la Federación Sindical Mundial, compuesta por sindicatos de toda Europa, otorgó a Mengistu en 1988 la medalla de oro de la Federación por [...] su contribución a la lucha por la paz y la seguridad de los pueblos [...][6] Occidente no sólo no aprendía sino que se regodeaba con fruición en el drama de los hambrientos etíopes.
El ocaso de su régimen, que languideció hasta 1991, va de la mano con la desintegración de la Unión Soviética. La llegada de Gorbachov y el rearme moral de occidente patrocinado desde la Casa Blanca hicieron que la URSS alejase sus miras del continente africano. Sin el apoyo gratuito de cubanos y soviéticos la guerra en Eritrea se reactivó. Todo el espacio ganado en la campaña genocida del 77 fue poco a poco perdiéndose entre la ineptitud de los mandos etíopes y el empuje de la guerrilla. En 1988 el renovado Frente Popular de Liberación de Eritrea se apoderó de la ciudad de Afabet y destruyó tres divisiones enteras del ejército de Mengistu. En 1990 lidiando ya con la subversión interna los rebeldes conquistaron el estratégico puerto de Masava. Al año siguiente la movilización fue completa, se cerraron los colegios e institutos para que hasta los niños acudiesen al frente a defender la causa de Mengistu. No funcionó.
El país, tras 17 años de locura colectivista, estaba exhausto, famélico y arruinado. En febrero cayeron Gondar y Gojam las últimas ciudades eritreas en poder del gobierno y apenas cuatro meses después, el 28 de mayo, Mengistu asediado dentro y fuera de la capital puso tierra de por medio. Solicitó a su antiguo amigo Robert Mugabe asilo político y se exilió en Zimbabwe. Días después comenzó la ingente tarea de reconstrucción de Etiopía, 24 grupos étnicos y políticos se reunieron en Addis Abeba para constituir un primer gobierno provisional hasta la convocatoria de elecciones libres.
El 28 de mayo, día de la huída de Mengistu, pasó a ser y sigue siendo la fiesta nacional de Etiopía.
Este es el resumen de otro de los grandes éxitos de la doctrina comunista. En otro momento, os posteo otro.