Tito_Mel escribió:Mank
Hace muchos años que se me apagó la chispa con Fincher. Porque él ha ido cambiando. Yo también, por supuesto, seguramente ahora no significaría para mi El club de la lucha lo mismo que significó hace 20 años. Ahora lo sigo queriendo, pero como amigo. Me explico: creo que es un director que no tiene ni una película mala. De pocos se puede decir esto. Pero sus tres mejores películas para mi son claramente de los años 90. Ese es el Fincher que a mi me golpeaba, me removía cosas por dentro, me encendía la chispa. Era un Fincher más atrevido, más juguetón, más fresco. Con la entrada del nuevo milenio, fue virando hacia un Fincher más frío, más aséptico, más academicista.
Le pasó algo parecido a Nolan, que su evolución perfeccionista los llevó a una obsesión por el detalle del proceso técnico por encima de las propias historias y personajes. De modo que realizan películas intachables a nivel de factura, pero que no me hacen sentir demasiado a un nivel emocional. Yo aplaudo y respeto ese talento artesanal, pero echo en falta a los autores que en otro tiempo fueron, quizá menos perfectos desde un punto de vista académico pero sí con más punch. Fincher entró en esa espiral con el ejercicio hitchcockiano que fue La habitación del pánico en 2002, película que me gusta bastante, igual que la siguiente, Zodiac, pero a partir de ahí cada vez me iban transmitiendo menos sus películas a medida que su técnica se depuraba. Ya "El curioso caso de Benjamin Button" y "La red social", pese a parecerme películas de muy buen nivel, me dejaban un poco frío. La década de los 2010 ya fue para mi gusto menos inspirada ("Millenium", "Perdida" y sus series para Netflix).
Por eso me he alegrado especialmente al ver que con "Mank" se permitía volver a ser ese Fincher atrevido y juguetón. Y así vuelve para mi el Fincher que mejor resultado da y el que más me gusta. Puede que esto se deba a que es un proyecto personal, un guion escrito por su padre y que él ya intentó adaptar hace dos décadas, cuando su padre todavía estaba vivo. Se nota en el guion que, aunque se habla de Mankiewicz, también se habla un poco del propio Jack Fincher y de los escritores en general, hay un cierto orgullo y sentimiento de la vocación profesional recorriendo todo el libreto. Del mismo modo se nota en la película que está realizada con un amor especial, un amor devocional, el tipo de amor que puede permitirle a un genio de carácter sobrio y perfeccionista despreocuparse un poco de eso y dejarse llevar por la pura intuición de las emociones, el tipo de amor devocional que solo puede sentir un hijo hacia su padre.
La película es muy bella de ver, con esa fotografía en B/N clásico del poco conocido Erik Messerschmidt, y el gran trabajo de diseño de producción, vestuario, maquillaje... Es muy bella de escuchar, con esa banda sonora de Trent Reznor y Atticus Ross, colaboradores habituales de Fincher desde hace diez años, compuesta íntegramente con instrumentos de los años 40 y con una evidente inspiración tanto del jazz de aquella época (con piezas en las que un oído agudo descubrirá notas que recuerdan a canciones de Glenn Miller o del versionadísimo Irving Berlin) como de compositores del Hollywood dorado como Bernard Herrmann o el Henry Mancini de "Sed de mal" en un guiño al cine de Orson Welles. También es una película muy bella de sentir gracias a sus interpretaciones, donde todos los aplausos se los llevan el siempre mastodóntico Gary Oldman y una idónea Amanda Seyfried que deambula entre la ingenuidad y la picardía. Pero a mi me ha sorprendido Arliss Howard en el papel del magnate Mayer, un actor que conocí hace mil años en La chaqueta metálica, que luego ha sido un secundario resultón sin mucho fuste, y que aquí ofrece la mejor interpretación de su carrera, más desatado que nunca. Y, por supuesto, imposible no rendirse como siempre a Charles Dance, un actor al que siempre me encanta encontrarme aunque solo sea para unos minutos porque tiene un sobrio carisma británico que llena la pantalla. No podían haber elegido a un mejor William Randolph Hearst.
A nivel de guion peca un poco de verborreica. No solo por la incontinencia verbal de su protagonista, en general todos los personajes hablan de más. No creo que haya ni un plano sostenido más de unos breves segundos sin diálogo. Aunque, probablemente, allá donde hay grandes egos es habitual que haya gente que habla de más. También sufre de ser muchas películas en una. La idea parte de la polémica por la autoría de "Ciudadano Kane" entre Welles y Mank, pero realmente se enfoca más en desarrollarnos una estampa de la industria en la edad de oro de los grandes estudios, toca de refilón la relación entre Marion Davies y Hearst y hasta se atreve con un aderezo político al añadir al mejunje la trama de Upton Sinclair. Pero al final no dejan de ser las nubes que emborronan el cielo de la mente de un hombre en una constante lucha contra su propia conciencia, a la que intenta anestesiar con alcohol (o incluso somníferos si no encuentra nada mejor), siendo inevitable el resultado desfavorecedor ya que si es él, pierde, y si no lo es, pierde también. Mank es, por tanto, la historia de alguien que no puede vivir más que a través de su obra.
Nota: 8
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