En mi caso, mis padres no pudieron darme el nombre que ellos querían porque era vasco y estaba prohibido.
En mi caso, yo de niño apenas podía hablar con mis abuelos porque yo no sabía euskera y ellos malamente hablaban español. Hoy día lo hablo, a costa de haberme dejado más de un millón de pelas en el camino, pero desgraciadamente he llegado demasiado tarde para usarlo con mis abuelos.
En mi caso, conocí el odio, totalmente justificado, que tenían mis abuelos a la falange y a Franco y todo lo que supuso. Uno de mis abuelos luchó en el bando nacional (era requeté), el otro era demasiado joven para ir a la guerra y aun así para ellos el franquismo era el mismísimo demonio. Ya veis qué cosas.
En mi caso aún veo en los pueblos que suelo visitar las tierras en manos de los mismos, muchas de las cuales fueron obtenidas fusilando a sus legítimos propietarios en las cunetas, sus propiedades robadas y sus familias expulsadas y vilipendiadas, sin ninguna intención de devolver nada.
En mi caso, veo a los que mandaban durante el franquismo (o sus hijos, o sus amigos) mandando en la democracia, adaptando sus formas a la nueva situación pero perpetrando las mismas fechorías, solo que esta vez bajo subterfugios legales.
Por cierto, tengo 32 tacos, no creais que soy el abuelo Cebolleta.
En mi caso, no me sale de las pelotas olvidar 40 años de persecuciones, de asesinatos, de robos, de persecución, de opresión, de oprobio y de terror. Que sí, que la transición fué "modélica" y "pacífica" (a alguien se le olvidan las docenas de muertos que hubo entre el 75 y el 78). Lo que fué en realidad es un "vamos a olvidarnos de todo, como si nada hubiera pasado". Pelillos a la mar, lo olvidamos todo, dejamos que los robos y asesinatos queden impunes, transformamos cual Davids Copperfields o Tamarizes a los que sostuvieron todo un régimen de terror en demócratas de toda la vida, creamos una constitución al calor del ruido de sables en los cuarteles, mantenemos en sus puestos a todos aquellos que integraban los aparatos del estado franquista y aquí paz y después gloria.
¿Se trata de no remover la mierda o de dejar impunes cuarenta años de crímenes? Es increíble cómo se pavonea esa gente, que incluso se atreven a dar lecciones de democracia a otros.
Si teneis curiosidad y paciencia, podeis leer el artículo que adjunto a continuación, un pequeño ejemplo de cómo se las gastaban y cómo la hipocresía y el gato por liebre aún cuelan en esta sociedad:
Borboneando
En el 2005 se ha concedido el premio Príncipe de Asturias de la Concordia, en su 25 edición, a la orden religiosa católica de las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl por «su excepcional labor social y humanitaria en apoyo de los desfavorecidos». Fundada en París por san Vicente de Paúl y santa Luisa de Mérillac en 1633, se inauguró en el Estado español con seis hermanas en Reus en 1792.
Tal vez pocos sepan, como dice el historiador Fernando Hernández Holgado, que dicha orden gobernó con mano de hierro las galeras o antiguas cárceles de mujeres del Estado español durante el siglo XIX y comienzos del XX explotando laboralmente a las reclusas, hasta que fueron expulsadas de las mismas por Victoria Kent, la primera mujer directora general de prisiones de nuestro país, quien en 1931 sustituyó a las monjas por un cuerpo de funcionarias especializadas. Y, acabada la guerra, las religiosas regresan a los centros penitenciarios de mujeres para intensificar los «valores morales» en los mismos, según una orden de agosto de 1938 por la que el nuevo Estado derogaba el decreto del 23 de octubre de 1931, que sustituyó a las Hijas de la Caridad por mujeres de la nueva Sección Femenina Auxiliar del Cuerpo de Prisiones. El dictador Franco volvió a recurrir a ellas como carceleras en establecimientos de infausta memoria como la prisión barcelonesa de Les Corts, Palma, Málaga, Valencia, Saturrarán, Donostia, Durango, Amorebieta y otras muchas, tal y como ha sido reseñado y detalladamente estudiado en diversas obras historiográficas por autores como Ricard Vinyes, Mirta Núñez, Fernando Hernández, Elisabet Almeda y Tomasa Cuevas entre otros. Así, por ejemplo, David Ginard i Ferón dibuja en su libro Matilde Landa el importante instrumento de tortura que las Hijas de la Caridad fueron durante largos años en ese infierno inhumano, que fue la cárcel de mujeres de Palma. No fue la única orden religiosa femenina que se puso al servicio de Franco, fueron más de quince en cincuenta cárceles. Las Hijas del Buen Pastor, por ejemplo, llegaron a administrar la cárcel madrileña de Ventas, la más poblada de la historia de España, de las que salieron para ser fusiladas en el paredón las famosas Trece Rosas en agosto de 1939.
El primer rasgo de los encarcelamientos fue su carácter masivo, el segundo fue la función represiva. «La cárcel pasó a ser eje de la represión franquista. Se buscó la humillación de los vencidos, una limpieza política». En 1939-1940 había unas 500 prisiones. Aunque es difícil precisar, en 1940 pudo haber cerca de 300.000 presos, de los que quizá unas 20.000 fueran mujeres. El franquismo condenó a morir de hambre, de tifus, diarreas, sarna, disentería, palizas, tortura, piojos, humillaciones, vejaciones, mordiscos de ratas... posiblemente a varias decenas de miles. Hoy resulta muy difícil precisar con exactitud su número. Dejaron huella en los reclusos y reclusas las famosas «sacas» nocturnas camino del paredón, o las palizas a los presos por grupos de falangistas y matones que, a veces, entraban en las cárceles con el visto bueno de funcionarios, monjas y capellanes. Los relatos de maltrato de parte de las monjas estremecen, las condiciones higiénicas, sanitarias, alimenticias... humillantes, son relatos de campos de exterminio. Sencillamente espeluznantes. El director de la cárcel Modelo de Barcelona, Isidro Castrillón López, recuerda Solé i Sabaté, se dirigía así a los presos en abril de 1941 en una lenguaje bastante común: «Hablo a la población reclusa: tenéis que saber que un preso es la diezmillonésima parte de una mierda». No se les consideraba seres humanos; eran cosas. Las monjas colaboraron en el secuestro de niños y niñas rojos, separatistas y republicanos de madres presas y en su entrega a falangistas y gentes victoriosas. A otras niñas las raptaron para sí y las hicieron monjas. Las Hijas de la Caridad de la prisión en Palma de Mallorca vendían en el economato a 1 peseta el kilo de pescado que la gente pobre entregaba para las presas porque se morían de hambre, en Amorebieta hicieron lo mismo con los tomates regalados por la gente y en Saturrarán las mon- jas, cuya superiora era sor María Aranzazu, hacían acopio de los suministros que les entregaban para el sustento de las presas y ellas lo vendían en estraperlo.
Un ejemplo. El historiador Fernando Hernández ha estudiado con mimo la prisión de Ventas en su libro Mujeres encarceladas. La prisión de Ventas: de la República al franquismo, 1931-1941. Carmen Castro Cardús tras concluir el bachillerato estudió Farmacia en Madrid y se hizo monja teresiana. Siguiendo las instrucciones de la congregación terminó magisterio. El jefe del Servicio Nacional de Prisiones, el general Máximo Cuervo apodado el máximo cuervo, y uno de los responsables del exterminio por hambre en las prisiones, fechas antes de la entrada en Madrid de las tropas de Franco le notificó: «Tan pronto como tenga conocimiento de la liberación de Madrid, se trasladará usted, acompañada de la celadora señorita María Teresa Igual, a dicha capital para hacerse cargo de la prisión de mujeres. Dios guarde a usted muchos años. En Vitoria a 16 de marzo de 1939. III Año Triunfal». De esta cárcel, de Ventas, salieron las Trece Rosas, 13 mujeres jóvenes que en agosto de 1939, con las cabezas rapadas, fueron condenadas a muerte, fusiladas y rematadas con 68 tiros de gracia en el paredón el día 5 a las 4?30 de la mañana por el simple hecho de haber militado durante la guerra en las Juventudes Socialistas Unificadas. Siete de ellas eran menores de edad, tenían menos de 21 años, símbolo y emblema de la crueldad y la represión de las cárceles franquistas. La directora y monja Carmen Castro ni siquiera tramitó la solicitud de conmutación de la pena capital para las condenadas. La sentencia se conoció el 3 de agosto y hasta el 13, ocho días después del fusilamiento, no llegaron las peticiones de clemencia al cuartel general de Franco, que se limitó a anotar en sus márgenes la E de «enterado». Esta cárcel pionera, inaugurada en 1933 y con una capacidad máxima para 450 personas, en 1939 era ya un enorme almacén de reclusas, hacinadas en pasillos y escaleras, a lo que había que unir la falta de higiene, insalubridad y subalimentación. Cuenta Antonia García: «...llegó a tanta nuestra depauperación y delgadez que todas o casi todas teníamos la última vértebra al descubierto, no nos podíamos sentar más que de un lado». La cárcel era un infierno. «Fue dirigida con mano dura desde la entrada de los nacionales por esta monja oscense de treinta años, de pelo peinado hacia atrás, muy tirante y recogido en un moño, vestida siempre de oscuro y en cuya cara nunca se dibujaba una sonrisa. Su presencia era una amenaza». Aquí se hizo famoso aquel estribillo, que salmodiaban las presas a modo de conjuro mientras se despiojaban y rascaban la sarna: «Cárcel de Ventas, hotel maravilloso/ donde se come y se vive a tó confort,/ donde no hay cama, ni reposo/ y en los infiernos se está mucho mejor». La mayor parte de las reclusas eran personas de muy escasa formación política. De hecho, el encarcelamiento de muchas de ellas obedecía a problemas derivados del compromiso izquierdista de sus maridos, novios, padres o hermanos; muchas veces era operación de chantaje destinada a los hombres de la familia, en algunos expedientes se indica presa en calidad de «rehén». Otras no, Matilde Landa y María Sánchez Arbós, por nombrar dos, fueron ejemplo de solidaridad en las prisiones y muchas monjas fueron carceleras de estas mujeres activistas.
La candidatura de las Hijas de la Caridad fue propuesta por el secretario de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez Camino. Y no extraña. El apadrinamiento de la guerra como cruzada por parte de los obispos culminó el 1 de julio de 1937 cuando salió a la luz la carta colectiva del episcopado español redactada por el cardenal Gomá, que no la firmaron Múgica, expulsado en septiembre de 1936 de su diócesis de Vitoria por su «debilidad» con los sacerdotes nacionalistas, ni Vidal i Barraquer desde su exilio italiano, que la consideraba «inoportuna». La Iglesia bendijo el golpe militar. Dirá el capuchino Gumersindo de Estella, capellán de la cárcel provincial de Zaragoza, donde un retrato de Franco y un crucifijo presidían el altar que tenía en la sala de la cárcel y donde él auxiliaba espiritualmente a los presos condenados a la pena capital: «Mi actitud contrastaba vivamente con la de otros religiosos, incluso superiores míos, que se entregaban a un regocijo extraordinario y no sólo aprobaban cuanto ocurría, sino aplaudían y prorrumpían en vivas con frecuencia». El arzobispo de Madrid-Alcalá, el gallego Leopoldo Eijo Garay, el llamado «el obispo azul», consiliario del Frente de Juventudes justificó el golpe militar y la guerra como instrumento de salvación en una pastoral del 28 de marzo de 1939. Y los capellanes del franquismo «fueron agasajados y generosamente premiados por el régimen con toda suerte de prebendas, medallas, sueldos y ascensos militares, hasta el punto de que muchos olvidaban su misión religiosa a favor de su graduación militar, y exigían de los soldados, no el trato cordial de su ministerio, sino el saludo de rigor, la posición de firmes y el ?¡A sus órdenes!?».
Puedo imaginarme las caras de muchas de las mujeres mayores de 80 años que han sobrevivido a las cárceles franquistas cuando leyeron la noticia de la concesión del premio la Concordia. ¡Sin duda, un nuevo gesto del actual gobierno socialista en el proceso de recuperación de la memoria histórica de las víctimas del franquismo! El premio Príncipe de Asturias de la Concordia de hoy, 2005, a las Hijas de la Caridad a muchos nos hace presente los No-Dos de ayer, a Juan Carlos, Fabiola, Felipe y sus hermanas paciendo en el pazo de Meirás de la mano de un dictador complaciente, Franco. ¡Sencillamente provocativo!
Pues sí, al moro del top manta poco menos que se clama por torturarlo antes de enviarlo a patadas a su pueblo, pero en cambio a otros no sólo se les perdona, sino que se les homenajea y premia. Anda y que les den por el culo, hombre. Se dice que no hay que reabrir heridas, pero es que nadie se ha molestado nunca en suturarlas ni en desinfectarlas. Esa época es una herida purulenta que se ha ignorado como si no existiera, y así no se cura, así solo mira para otro lado mientras la gangrena se va extendiendo.