Cuando yo entré sabía que iba a tener que hacer muchas horas extras, y estaba dispuesta.
Desde el principio mis jefes hablaron bien de mí, por lo que a los seis meses ya estaba haciendo labores de AP y supervisando programadores.
Entonces empezó el infierno, jornadas de 15 horas, semanas de 12 días, acumulé tantas horas extras que a la hora de elegir entre disfrutarlas y cobrarlas sólo podía elegir cobrarlas porque no me iba a ir un mes de vacaciones.
Me vino bien porque me iba a independizar y estaba hasta el cuello, pero fue durísimo, rendía en el trabajo, me sacaba el carné de conducir al mismo tiempo, preparaba el piso... ¿Y todo para qué? Pues al final del proyecto, ni las gracias, ni una palabra del buen trabajo que había hecho (y os aseguro que aquel trabajo estuvo muy bien hecho), y por supuesto dejemos de lado que yo me estaba encargando de tareas para un perfil de dos categorías por encima de la mía.
No vaya a ser que tengamos que subirle el sueldo a la muchacha, hasta ahí podíamos llegar. Mejor que no se crea que lo hace demasiado bien.
Pero cuando empezaban nuevos proyectos mi nombre siempre salía de los primeros. Si yo nunca salí de Sevilla fue porque mis jefes siempre me reclamaban. En las evaluaciones me decían que lo hacía muy bien, pero nunca me daban la A (para los profanos, la A supone una subida de sueldo mayor), siempre era una B.
Pero bueno, mientras el trabajo fuera en Sevilla, yo aguantaba.
Entonces empezaban las angustias, porque si algún jefe que había trabajado conmigo se iba a Madrid o Barcelona, me quería con él, y me decían que a lo mejor yo tenía que irme. Yo me ponía muy seria y decía que no me gustaba un pelo, que si aguantaba lo poco que me pagaban por el trabajo que hacía era por estar aquí. Así que más de una vez mi gerente intervino para que no me mandaran fuera, porque siempre podía colocarme aquí y mientras pudiera evitarlo prefería no arriesgarse a perderme.
Yo era uno de sus mejores trabajadores, porque cobraba poco y hacía mucho. ¿Qué más se puede pedir?
Así pasé cuatro años, con rachas buenas y rachas malas. Pero por lo que nunca pasé fue por trabajar gratis. Ya bastante poco ganaba como para que encima me pidieran que trabajara más por el mismo dinero.
Así que les dije que no me podían llevar a reuniones en las que me cuentan cómo la empresa obtiene cada año un 15% de beneficios más que el anterior, es decir, que cada año gana más, y tener la cara de pedirme que trabajara gratis porque no había dinero para pagar las horas extras.
Pero claro, en ese momento había mucho novatillo recién entrado, por lo que la inmensa mayoría pasaba por el aro, unos por borreguismo, otros porque tenían hipotecas y familias, otros porque creían firmemente que la empresa es lo primero.
A esto se unió un pequeño problema de salud que tuve, que me impedía trabajar al ritmo que me pedían. Yo estaba en condiciones de trabajar, pero tenía que descansar.
En esto que una compañera, fruto del ritmo de trabajo, cae enferma y se da de baja 10 días. Cuando vuelve, dice lo mismo que yo, que puede trabajar pero no le pueden pedir 12 horas los 7 días de la semana, porque va a volver a ponerse igual o peor.
Y entonces comenzó el acoso a las dos. Por fortuna éramos dos, nos apoyamos la una en la otra.
Pero es duro que llamen a tu compañera a un despacho y que vuelva llorando a decirte que quieren hablar contigo también.
Es duro saber que tienes un chico bajo tu supervisión en tratamiento con antidepresivos (este tuvo suerte, al ser de otra empresa pidió que lo sacaran de allí y lo consiguió).
Es duro que tu jefe te mande trabajo a través de un intermediario porque no quiera dirigirte la palabra.
Podéis encontrar más detalles de la historia en
este hilo.
Ya sé que me enrollo como una persiana, pero considero que mi experiencia puede servir a otros.
De lo que estoy segura es de que si se aguantan esas cosas sólo puede ser por dos motivos: uno, porque hay que llegar a fin de mes; dos, porque tienes una venda en los ojos. Porque si te das cuenta de lo que está pasando, sólo hay dos opciones, largarte o poner en peligro tu estabilidad mental.
En cuanto a esto:
entre proyecto y proyecto te podias pegar un par de semanas mirando al techo en la pradera tranquilamente
Yo he estado así y es peor todavía. Pasar nueve horas mirando al techo, sin saber qué hacer, y lo peor, qué van a hacer contigo (despedirte, mandarte a la otra punta de España), es una tortura psicológica.
Al lugar en el que pasábamos esas horas en Sevilla se le llamaba "el zulo" (era un semisótano), con eso lo digo todo.