Este personaje engancha por un motivo muy concreto: su nivel de surrealismo. Es una especie de Dalí sin talento, un showman que se niega a reconocer que vive del espectáculo y un niño mimado de 47 años que todavía no acepta un “no”. Ni siquiera ahora, cuando tiene que pedirle dinero a su padre para poder hacer la compra.
Lo fascinante es que él no se percibe como un personaje cómico. No existe en él ninguna distancia respecto a sí mismo, ningún guiño al espectador ni la más mínima consciencia de estar protagonizando una performance grotesca. Se toma completamente en serio. Cada nueva ocurrencia es presentada como la idea que va a revolucionar el mercado, y cada fracaso termina siendo culpa de una conspiración, de la Administración, de los bancos, de YouTube o de cualquiera que se atreva a llevarle la contraria.
A él le indigna que lo llamen estafador, pero cuesta encontrar una palabra más adecuada para describir determinadas conductas que él mismo ha ido enseñando y contando públicamente.
Solo en 2026, según su propio relato, utilizó a su madre como testaferro para cobrar los 85.000 euros obtenidos por la venta de su Lamborghini. Después, ella le fue transfiriendo ese dinero a su cuenta personal y él lo movía rápidamente a una tarjeta prepago para evitar que se lo embargasen.
Los 85.000 euros desaparecieron en un tiempo récord: drogas, lumis, una cámara de cine con todos sus accesorios, una Gibson Les Paul y toda clase de caprichos. Todo ello en apenas tres meses. No estamos hablando de una persona que utilizó el dinero para pagar deudas, estabilizar su situación económica o asegurarse unos meses de tranquilidad. Se lo fundió como si el dinero fuese a regenerarse mágicamente al día siguiente.
Y mientras dilapidaba esa cantidad sin declarar un céntimo, denunciaba a la Generalitat por haberle denegado una paga vitalicia alegando que no tenía ingresos. Es decir: una persona que gasta 85.000 euros en tres meses, se declara insolvente, no paga los suministros básicos y pretende que el conjunto de los ciudadanos sufraguemos sus necesidades esenciales mientras él quema el dinero en lujos, drogas y excesos.
No es que no tenga recursos. Es que entiende que sus recursos son para sus caprichos y que sus obligaciones básicas deben pagárselas los demás. Para él, el dinero propio sirve para comprar guitarras, cámaras, lumis o cualquier juguete nuevo que se le cruce por la cabeza; la luz, el agua, la comida o las deudas ya son asuntos secundarios que deben resolver su padre, su madre o la Administración.
Eso no es ser un incomprendido. Eso es ser un jeta. Y, si los hechos son tal como él mismo los relata, es un fraude al erario público de manual. Lo verdaderamente llamativo es que, además, parece sentirse moralmente legitimado para hacerlo. No muestra pudor, sino indignación porque las instituciones no colaboren con el estilo de vida que él considera que merece.
Pero el dinero no es ni siquiera la parte más fascinante del personaje. Lo verdaderamente hipnótico es su sucesión interminable de proyectos delirantes.
Primero quiso crear lo que llamó la “Super Sega Mini” con una empresa china. Después iba a montar un bar. Luego una sala recreativa de máquinas retro camuflada bajo la figura de una asociación. Más tarde anunció bots para engañar al algoritmo de YouTube. Después llegaron las cajas de madera de élite para ordenadores de más de 20.000 euros. Finalmente se le encendió otra bombilla, añadió lectores de cartuchos a la caja y rebautizó el invento como la “Super Sega Definitiva”.
Cada semana nace una empresa nueva en su cabeza. Cada mes descubre el negocio definitivo. Nunca hay estudios de mercado, presupuestos realistas, prototipos funcionales, inversores, clientes ni conocimientos técnicos suficientes. Solo existe la certeza absoluta de que la idea es genial porque se le ha ocurrido a él.
Y todos esos proyectos comparten una característica extraordinaria: ninguno llega a existir fuera de sus directos. Durante unos días habla de ellos como si ya tuviera una multinacional en marcha, diseña mentalmente su imperio, calcula beneficios imaginarios y explica cómo revolucionará una industria que apenas conoce. Después la idea desaparece sin ninguna explicación y es sustituida por una nueva todavía más absurda.
Todo esto tendría cierta gracia como performance involuntaria, si no fuera porque ya ha abierto una cuenta de PayPal y pide donaciones para financiar sus delirios empresariales. El espectador ya no solo contempla el espectáculo: ahora también se le invita a pagarlo. Se le pide que participe económicamente en proyectos que probablemente no pasarán nunca de una conversación, un dibujo improvisado o una compra compulsiva.
Ese es el verdadero talento del personaje. No sabe fabricar consolas, ni montar bares, ni desarrollar bots, ni construir ordenadores de lujo. Tampoco parece capaz de administrar 85.000 euros, pagar sus propias facturas o mantener una idea durante más de unas semanas.
Pero ha conseguido convertir su incapacidad para aceptar la realidad en un modelo de financiación colectiva. No vende productos, porque los productos nunca llegan. No vende empresas, porque las empresas solo existen en su imaginación. Lo que vende es la promesa constante de que esta vez sí, de que la siguiente ocurrencia será la definitiva y de que todo funcionaría perfectamente si alguien más pusiera el dinero.
En el fondo, su proyecto empresarial más exitoso es él mismo: un espectáculo infinito de grandiosidad, victimismo y fracaso, financiado por familiares, seguidores y, cuando puede, por las instituciones públicas.