Hola, me llamo Lady Starlight y estuve en Coritel.
Una de las cosas que recuerdo más vivamente de las sesiones de adoctrinami... digooooooo... curso de formación es la frase de uno de los monitores: "No sólo hay que ser buen profesional, también hay que parecerlo".
Y el caso es que tiene razón.
Pero todo tiene un límite. Y donde yo trabajaba podías ver las cosas más incoherentes del mundo.
Como lo que decía un compañero mío: "Nos obligan a vestir como ministros y nos pagan como a basureros". Con 100.000 pelas que cobrábamos cuando entrábamos, ya me dirás cuántos trajes te puedes comprar.
Yo estuve durante años trabajando en las oficinas de Endesa. Sus responsables eran unos guarros, o bien unos cabrones, elíjase el término más adecuado a lo que voy a contar.
Era penoso que mi gerente, que llegaba el lunes con su camisa blanca recién lavadita y planchadita, a las 10 de la mañana tuviera los puños negros por la suciedad de su mesa. Y esa era la persona encargada de tratar con el cliente.
Yo he tenido que limpiar muchas veces mi propia mesa para no mancharme la ropa. Una compañera mía tuvo que traerse una sábana de su casa para cubrir la silla en la que se sentaba, porque el polvo acumulado le producía erupciones.
En una de las oficinas había una sola limpiadora que iba muy poco tiempo. Cada día le daba a una parte de la sala. Al resto, casi ni se acercaba. Como consecuencia, con suerte podía tocarte limpieza una vez cada dos meses.
¿Qué pasaba si un día se te iba a la porra el cable de red? Pues que tenías que cambiarlo tú mismo, tirándote a un suelo cuyas pelusas te saludaban.
Mis trajes valían cuatro perras y los podía lavar en lavadora, no así los de los hombres, pero aun así me parece que lo menos que podían hacer el día que había que hacer traslados (que nosotros mismos teníamos que hacer, cargando en peso torres y monitores) o nos dejaran ir en ropa guarra o nos pagaran la tintorería.
Así que si soy analista y tengo que vestir de analista, no me hagas hacer de mudancero o déjame vestirme de mudancero. Digo yo.
Eso sí, los despachos, relucientes.
Claro que lo de los servicios ya era de risa. Al menos los limpiaban, pero dejaban dos rollos de papel higiénico para una oficina en la que fácilmente había 120 personas. Y como no había secador ni papel para secarse las manos, a las 10 de la mañana ya no había papel. Había que llevarlo de casa.
Un día vino una limpiadora nueva. Las limpiadoras eran comunes con otras oficinas de otras empresas, y la señora nos puso papel para secarnos las manos. Casi hacemos una fiesta. A la señora le echaron una bronca: Endesa no pagaba el papel de las manos, así que a nuestra planta no se le tenía que poner papel.
Pero bueno, la higiene no era el mayor desprecio hacia la salud de los trabajadores que estábamos allí. Teníamos que usar sillas rotas, o también sillas que no eran las reglamentarias para trabajo de oficina, lo que producía en personas sanas dolores de espalda y de piernas. No quiero pensar cómo estaban los que sí tuvieran problemas de ese tipo.
Y eso el día que no decidían que había que pintar la oficina en la que no se podían abrir las ventanas con los trabajadores dentro. Yo he sufrido una intoxicación por inhalación de disolvente de pintura. No me voy a quejar porque se me manche el traje.
Lo único bueno que puedo decir es que en verano a las mujeres nos dejaban usar zapato abierto y que los hombres podían dejar la corbata en casa.
En cualquier caso, considero que la imagen de un trabajador es importante, y mira que yo soy enemiga de los uniformes. No es lógico que vayas a una tienda de maquillaje y la señorita que te atiende no esté maquillada. O que vayas al médico y esté en bermudas. Las empresas están para vender, ya sean cosas o sean servicios, y la imagen que transmiten al cliente repercute en sus beneficios.