Barcelona es una trituradora de gente.
En lo laboral saca la versión más rastrera de muchos: trepas, vendehumos, oportunistas y peña que te sonríe mientras calcula cómo sacarte algo. Mucho “networking” y mucha mierda envuelta en palabros.
El ocio está infladísimo: caro, disperso, masificado y encima te lo venden como si fuera la octava maravilla.
Socialmente, todo superficial: gente de paso, vínculos de usar y tirar y compromiso cero. Aquí mucha compañía, pero poca gente de verdad.
En el amor, exactamente la misma basura: exceso de ruido, poca implicación, mucho ego y demasiada facilidad para los juegos, las mentiras y los cuernos.
Y de calidad de vida, otra broma: contaminación, ruido, estrés, especulación y un ambiente bastante tóxico en demasiados sitios.
Barcelona no es “la ciudad de las oportunidades”, es la ciudad del sálvese quien pueda con buen marketing.
Huye.
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Todas las ciudades son así. Las ciudades están muy bien para ir a trabajar o ir puntualmente a por algo de ocio si coincide que te interesa, pero no para vivir.
Por eso nunca me he planteado vivir en Barcelona. Si aunque tuviera pasta a punta pala, ni siquiera viviría en la zona de Pedralbes (zona rica, terrenos con casas unifamiliares)