Hay una realidad de la que se habla bastante poco, quizá porque desmonta uno de los discursos más repetidos de nuestra sociedad: la vida no siempre recompensa a quien más se esfuerza, ni castiga a quien menos hace.
Hay gente que apenas hace deporte y tiene un físico espectacular, mientras otros entrenan cinco días a la semana y apenas consiguen acercarse. Personas que cuidan su alimentación, duermen bien y vigilan su salud, pero enferman más que otras que llevan años comiendo fatal y viviendo sin demasiadas preocupaciones. Incluso hay quienes descuidan bastante su higiene y parecen ponerse enfermos menos veces que personas mucho más cuidadosas.
En el mundo laboral la contradicción es todavía más evidente. Gente con carrera, máster, idiomas y años de preparación que no consigue una oportunidad decente, mientras otros, con bastante menos formación, entran por una llamada, un apellido o el contacto adecuado. Y no siempre hablamos de contactos que uno se haya trabajado: a veces basta con ser atractivo, caerle bien a alguien o haber estado en el lugar correcto en el momento oportuno.
También hay personas que trabajan durante años para ahorrar lo que otras reciben de sus padres sin mover un dedo. Gente con muchísimo talento que pasa completamente desapercibida, mientras alguien con habilidades bastante normales triunfa porque un vídeo se hace viral. O personas que se dejan la piel intentando construir una relación, mientras otras encuentran pareja casi sin buscarla y sin hacer nada especialmente extraordinario.
Y después está esa gente a la que parece que todo le sale razonablemente bien. No necesariamente son más inteligentes, más trabajadores ni mejores personas. Simplemente, las circunstancias parecen jugar a su favor. Conocen a alguien, surge una oportunidad, toman una decisión casi sin pensarlo y resulta ser la correcta. Mientras tanto, otros planifican, se preparan, insisten, vuelven a intentarlo y siguen chocando contra la misma pared.
Lo curioso es que nos cuesta muchísimo reconocerlo. Preferimos pensar que quien tiene éxito se lo ha ganado todo y quien no lo consigue es porque no se ha esforzado lo suficiente. Es una explicación cómoda, especialmente para quienes han tenido la suerte de partir con ventaja.
¿Significa esto que esforzarse, estudiar, entrenar o cuidarse no sirve para nada? Por supuesto que no. Todo eso mejora nuestras posibilidades. Pero mejorar las probabilidades no equivale a garantizar resultados. La genética, el entorno familiar, el dinero, el aspecto físico, las relaciones sociales, las oportunidades y la simple casualidad tienen un peso que muchas veces preferimos ignorar.
Quizá el problema no sea defender el esfuerzo, sino haber convertido la meritocracia en una especie de religión donde cualquier éxito demuestra virtud y cualquier fracaso demuestra falta de mérito.
Porque hay personas que se han ganado a pulso lo que tienen. Otras que han tenido una suerte extraordinaria. Y muchísimas que son una mezcla de ambas cosas.
El esfuerzo importa, y mucho. Pero la vida no es una competición justa, ni todos empezamos desde la misma casilla, ni todos recibimos lo mismo por hacer exactamente lo mismo.
Y reconocerlo no es justificar la mediocridad ni despreciar a quien triunfa. Es simplemente dejar de confundir tener mérito con haber tenido todas las cartas a favor.
A veces haces las cosas bien y te va mal. A veces las haces mal y te va de maravilla. Y quizá una de las mayores mentiras que nos contamos es creer que todo lo que nos pasa es consecuencia directa de lo que merecemos.