La ilusión.

El centro comercial estaba abarrotado. Los niños jugaban en el patio central descubierto, rodeado de ventanales y puertas automáticas, todo empedrado y salpicado de arbustos rojos. En el medio había una gran fuente que de noche se iluminaba de muchos colores mientras la gente se sentaba a tomar un refresco en verano o un chocolate caliente en invierno. Ahora apremiaba el calor y la primavera daba sus últimos coletazos. Dentro el aire acondicionado sofocaba a los visitantes, que se arremolinaban en los taburetes de las cafeterías y restaurantes con barras que daban directamente a los pasillos. En una de ellas, en la que se servían las mejores tapas acompañadas siempre de un corto de cerveza refrescante, atendía un muchacho, de unos veintitrés años de edad, moreno y de piel algo tiznada ya por el sol. No parecía tener un gran don de gentes, no sonreía demasiado, pero no le faltaba ni un ápice de educación, pues atendía cortésmente a todos los que lo solicitaban y era rápido en los pedidos. Él sólo tomaba nota y servía, no cobraba. Era bastante eficaz en el trabajo, y hasta el final se le veía con brío suficiente para no dejar a nadie desatendido y ese día no iba a ser diferente.

Cuando acabó la jornada de trabajo, eran las diez de la noche y se retiró. Él, afortunadamente, no tenía que quedarse a recoger ni a limpiar. Como decía, recogió sus cosas, se despidió seca, pero amablemente de sus compañeros y salió fuera. Para llegar a la calle podía atravesar el patio central, pero ahora había gente y a él no le gustaba demasiado mezclarse. Decidió dar un pequeño rodeo y llegar así a la puerta principal. Cuando salió el cielo estaba rosado en el pedazo de horizonte que se dejaba entrever en medio de la maraña de edificios. En el este la oscuridad predominaba y permitía que algunos puntos de luz y una tenue luna menguante comenzaran a dar el relevo a la luz del día. Se dirigió al ‘pub’ de siempre.

El camino no era largo, y en menos de un cuarto de hora ya estaba sentado en una mesa al fondo en el piso superior, cerca de una ventana grande, pegado a la esquina del local. Pidió como siempre una cerveza de esas con doble malteado y un tequila. Se tomó primero el tequila con limón pero sin sal y apartó la copa de la cerveza, que la prefería tomar directamente del botellín. Sacó un papel y un bolígrafo "Bic" negro y se puso a intentar escribir. Escribía cuando estaba inquieto, nervioso o deprimido. En ocasiones escribía cosas sin sentido alguno, simplemente dejaba brotar palabras que se concatenaban en una expresión sin pies ni cabeza, pero por lo general escribía relatos. Le gustaba escribir acerca del mar, de marineros, de olvido, de mujeres que agonizaban por una carta desde un puerto de Singapur y de hombres que engañaban en puertos más cercanos a sus mujeres. Era un auténtico hortera de la temática, pero la sensación de sentirse relajado era impagable, pues nunca le había gustado ir al médico para que le enviase a un psiquiatra que le administrase pastillas. Así pues, se puso a escribir en su cuaderno de folios y se evadió. La música estaba baja y a esas horas un miércoles o jueves (no lo se decir con precisión) no había gente.

Pasaron un par de horas y los manchones negros del papel evidenciaban su falta de inspiración. Eran más de las doce y decidió irse. Pagó la cuenta sin dejar propina y se dirigió hacia su casa, que compartía con un par de bonsais marchitos y centenas de libros. No era un hogar muy acogedor para la mayoría de la gente, pero él lo sentía como un pequeño santuario, algo hirsuto quizá, pero a fin de cuentas era suyo. Sus padres, que ya no vivían tras padecer cáncer de pulmón casi al unísono seis años atrás, se lo habían dejado como parte de una pequeña herencia que tomó en cuanto cumplió la mayoría de edad. No tenía televisor y sólo se enteraba de las noticias por lo que escuchaba en la radio, lo que comentaba la gente y cuando leía el periódico. Su móvil, que casi nunca sonaba, estaba siempre encima de la mesilla de noche, ni se molestaba en sacarlo de casa.

Cenó un sándwich que tenía preparado en la nevera y se fue a cama tras leer media hora. El día había sido exactamente igual a todos los anteriores desde hace ya no sabe cuando. Vivía sumido en una monotonía que había superando tras desechar toda perspectiva alentadora de futuro. Sin sus padres y tras pasar una dura etapa de saudades por culpa del rechazo de una mujer a la que en la soledad de su casa había amado sin fin, sin que ella lo supiese, había dejado de creer en la esperanza, en los sueños, en los deseos y era presa sumisa de las pendientes de la vida, dejándose llevar siempre, aunque la desgracia se hacía mayúscula si pensamos que la vida nunca lo había llevado a ningún lugar, nunca había diluviado limpiando las manchas del pasado. Sencillamente vivía, cuerpo casi sin alma que sólo hallaba algo de vida en los libros. No estaba triste, sencillamente estaba vacío, incompleto, sin combustible vital. Es la situación más amarga que cualquier ser humano puede sentir, el no sentir nada. La tristeza es una alarma, un mecanismo de defensa que puede ayudar a solucionar los problemas, pero el vacío de corazón que él sentía no parecía tener cura ni fin. Ya no lloraba, todas las lágrimas se habían agotado tras mares y mares muchas noches atrás. Las mujeres no le gustaban demasiado ya, alguna que otra le hacía saltar como una chispa en la boca del estómago, pero pronto moría en un vistazo fugaz al engominado de su lado.

Pasó la noche, la mañana y llegó el mediodía, hora de volver a trabajar. Pasaron unas horas y ya eran casi las seis de la tarde cuando un par de chicas de unos veintidós años de edad, o eso aparentaban, llegaron al centro comercial y se sentaron en una mesa cercana a la barra donde él trabajaba. Un de ellas, me mediana altura y pelo negro se acercó y le pidió dos cervezas, con una sonrisa en la cara que él devolvió furtivamente. Al poco se las estaba sirviendo en su mesa y una de las chicas, la que había ido a la barra le preguntó el nombre, como una quinceañera que juguetea con cualquier camarero mayor que ella. Él le contestó sin demasiado entusiasmo y ella le dijo que sólo le gustaba saber quién la había atendido, aunque bien sabía que en la camisa azul tenía una horrible chapa con su nombre. Pasó un rato, no sabría deciros cuanto, y las chicas marcharon, pero la osada morena de antes le había dejado una preciosa sonrisa de propina que le hizo brotar uno de esos "chispazos" en la boca del estómago. No le dio más importancia y siguió al trabajo. Dieron las diez y se fue con destino a su bar de siempre, dónde pidió su tequila y su cerveza. Lo que cambió esa noche es que al rato, quizá ni pasara una hora desde que se había sentado llegaba la chica morena de la tarde. La casualidad había destrozado los planes de la muchacha para salir por la noche y decidió ir a tomar una cerveza sola. Cuando vio al que había sido su camarero en el piso de arriba se le acercó sonriendo y le preguntó si se acordaba de ella. Él le dijo que sí, pero que no sabía su nombre. Ella le contestó y él le dijo que se podía sentar si quería, pero que no esperase una conversación muy divertida. Ella se sentó y comenzó a hablar. Era bastante locuaz y tenía una buena baraja de temas de conversación. Poco a poco la cosa se animó y pidieron unos tequilas. Él no hablaba con demasiado vigor, pero el alcohol lo animó un poco y hasta soltaba una pequeña carcajada de cuando en cuando. Hacía mucho que no se reía de ese modo. Pasaron las horas y dieron las dos, hora de cerrar. Pagaron a medias y se pusieron a andar, y cuando se dieron cuenta, tras una media hora de caminar y charlar algo borrachos, no sabían a donde iban. Estaban paseando sin rumbo, como sin el único destino fuese el siguiente paso. Se pusieron de acuerdo entonces en ir a sus casas, la de ella no estaba lejos. Llegaron allí y él se despidió, sonriendo y con un beso cariñoso en la mejilla la dejó en el portal e intercambiaron los móviles.


Pasaron las semanas y cada vez les costaba más no llamarse, no quedar y tomar algo en aquellas calurosas noches de verano. Él se sentía meridianamente feliz, comenzaba a sentirse vivo y creía que aquel podía ser un rumbo hacia donde viajar. Pasó el tiempo.

Una mañana él quería llamarla para invitarla a desayunar, sin embargo se había quedado sin batería y no encontraba su dichoso cargador, así que consiguió la excusa perfecta para ir hasta la casa de ella, a la que nunca había entrado, pero conocía bien el número y el piso. Así fue, eran sobre las once de la mañana y el agradable paseo a la luz del sol le dio ánimos y algunos pensamientos comenzaron a rondarle la cabeza. Puede que empezase a sentirse enamorado y pretendía decírselo. Llegó a su casa y pulsó el botón del telefonillo, aunque nadie contestó. Un vecino entraba tras pasear a su perro y le abrió la puerta de la entrada, con lo que subió hasta el piso. Era un primero, así que optó por subir por las escaleras. Pulsó el botón del timbre y no escuchó nada, parecía estropeado. Golpeó la puerta con los nudillos algunas veces pero nadie contestaba dentro. La casa estaba vacía. Cuando parecía marcharse una puerta enfrente se abrió. Una vecina cincuentona y desaliñada le preguntó qué era lo que hacía, asegurando después que en ese piso no vivía nadie desde hacía doce años, cuando su difunto inquilino se lo heredó a una hija bastarda que a la postre vivía en Rio de Janeiro. Él insistió que se debería tratar de un error y al preguntar por su joven amiga la señora no supo averiguar de quién se trataba, e incluso un cotilla jubilado de la vivienda de al lado abrió la puerta de casa para meterse en la conversación con idéntico resultado. La joven no parecía haber vivido ahí jamás.

Muy desconcertado él decidió ir a buscarla a la floristería donde ella atendía a media jornada en verano, o al menos eso le había contado, pues casualmente nunca habían ido hasta allí. La sorpresa fue mayúscula cuando en aquel oloroso paraje de lirios y rosas no tenían ni la más remota idea de la identidad de la chica, que por supuesto jamás había trabajado allí. Afligido y algo asustado, se fue a su casa. Esos días él no trabajaba, y por tanto tenía tiempo de sobra para ir a buscarla. La buscó en todos los lugares de los que habían hablado, en todos los que habían estado y en todos los que imaginó, aparte de hospitales y comisarías. La joven parecía un fantasma que desapareció sin dejar rastro de su pasado. Pasaron tres días y él estaba profundamente deprimido, no sabía nada de la chica y ahora su móvil no daba señales de vida, siempre apagado. Ese día por la tarde, a eso de las ocho, reconoció por la calle a la amiga de la joven que aquel día en el centro comercial había estado tomando una cerveza con ella. Ella lo reconoció también, pero nada supo decirle acerca de esa chica, a la que no conocía ni le sonaba el nombre. Sin embargo la actitud desesperada y ciertamente acosadora a causa de la agonía asustó a la muchacha que avisó a un policía cercano. Echó de ahí al joven y el asunto no fue a más. Con situaciones similares transcurrieron los días, y las semanas, y completamente enloquecido lo encontraron dentro de la fuente de la plaza del centro comercial, llorando desconsoladamente, sin haber comido en días, quizá semanas.

Durante seis meses estuvo en su habitación en el hospital psiquiátrico de la capital, llorando de día y soñando de noche. Las lágrimas no conseguían ahogar su desgracia cuando lloraba, pero su mente enferma seguía creando la ilusión de su amor cada noche, compartiendo su compañía, que le hacía sentir vivo, que le daba fuerza para llorar todo el día siguiente y volver a dormir y soñar con ella. Y aunque murió sin que nadie supiese muy bien el porqué (algunos dicen que la pena lo consumió poco a poco y otros dicen que se ahogó de tanto sollozar contra su almohada) nunca, nunca, nunca fue tan feliz como aquellas noches que soñaba que ella realmente estaba a su lado.







A mis tres coches rojos, quién sin saberlo, me da fuerzas cada día para sentirme vivo.
¿Nadie comenta nada? Me da algo de pena que se pierda el relato en el olvido sin que nadie me de su opinión... [snif]
Estoy empezando a leer tus relatos. Me están gustando. Siguiré en ello.

Gracias.
Uh, gracias a ti por leerlo :P
Me ha gustado mucho!!

La verdad es que está muy bien escrito, para ser tan corto y que sea capaz de sorprender...Bien llevada la historia.
4 respuestas