Todo era muy pequeño. Los techos parecían haber perdido centímetros. Las habitaciones, estaba segura, habían encogido. Su madre, al escucharla, repetía "esta niña se ha vuelto loca". Estaba convencida de que durante los meses que había pasado fuera, sus padres habían alterado las proporciones de su casa. Durante los dos últimos años, al borde de la veintena, María González había vivido en un convento de clausura.
De adolescente, recuerda, ni siquiera tenía clara la existencia de Dios. Sus padres iban a misa cada domingo, por supuesto, y, junto a su hermano, leían en familia Biblias ilustradas, sí, pero no pertenecían ni al Opus Dei ni al Camino Neocatecumenal. Cuando cambiaron Salamanca por Palma de Mallorca, los niños comenzaron a asistir a un colegio de monjas. A María, que tiene el corazón cerca de los ojos, que las cosas, suelen decir, le entran por la vista, el hábito no le resultaba bonito. Tampoco llevaban velo. Eran, como sus padres, de tendencias posconciliares.
Ante la posibilidad de realizar la Confirmación, se rebeló. Era buena estudiante, salía cuando se lo permitían y recibía lecciones de ballet. Aquello era lo único a lo que se oponía. Sus padres enderezaron la situación y comenzó a acudir a clases de catequesis. Con 15 años, la presencia renovada del Espíritu Santo, aventura María, desdibujó el plan que ella había diseñado para el verano de sus 16.
Durante una peregrinación estival a la que asistió con su familia, su madre se hizo cargo de dirigir una representación de teatro. Cuando acabara, habían acordado, regresarían a Palma. No habían permitido que María se quedara sola en casa. Temían, recuerda, que "la liara". Aquel grupo de gente acabó por resultarle de interés. Eran jóvenes y se mostraban alegres. Incluso los sacerdotes eran guapos.
Tras el paseo, María quiso rezar. El incienso enturbiaba el aire cuando el sacerdote leyó el salmo 50: "Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa. (...) Lávame: quedaré más blanco que la nieve". En aquel momento supo que Dios existía. No había escuchado una voz al oído ni el cielo se había partido en dos y bajo un rompimiento de gloria la había señalado. La duda adolescente se había desvanecido. La había invadido la total, arrolladora, cristalina, certeza de que Dios la miraba. Fue, cuenta, "como respirar". Ahora ella, en cuya educación espiritual ni la culpa ni el pecado habían sido protagonistas, necesitaba confesar.
Aquel fue un tiempo feliz. María comenzó a asistir con frecuencia a su parroquia. Junto a otros chicos de su edad organizaban el belén y las representaciones de la Pasión. Pasaban las tardes en los salones charloteando, como quienes se reúnen en un bar. Se citaba con frecuencia con un sacerdote, su director espiritual. Contaba historietas e ideaba planes para su pandilla de amigos. Era alegre. Estaba contenta. A sus 16 años, jamás le habían roto el corazón.
Una tarde en la parroquia, mientras ayudaba a preparar las celebraciones de Pascua, oyó a una señora detallar su próximo viaje. Se disponía a visitar a su hija, monja clarisa, monja de clausura. Alguna profesión de votos se celebraba en el convento y aprovechaban la apertura para volver a ver a su niña. María se apuntó a la excursión. Sentía curiosidad por aquellas mujeres que, aisladas, se dedicaban a rezar y elaborar pastas.
Las chicas, recuerda, eran jóvenes y guapas. Las conoció en el locutorio. Charlotearon y comieron juntas. Una de ellas preguntó a María por sus planes tras el examen de Selectividad. La adolescente confesó que quería ser médico. Deseaba ayudar. En eso se parecían, contestó la mujer velada. Se habían alejado del mundo para poder entregarse a su misión: rezaban para que otros encontraran consuelo. Ellas eran médicos de almas.
María salió de aquel convento "tocada". Una duda le estaba sacudiendo los planes. Mientras regresaba a casa, había dejado de tener claro que quisiera estudiar Medicina.
Sólo compartió la inquietud con su director espiritual. El sacerdote le propuso pasar un día a solas con las clarisas. Habían renunciado a la vida activa, le explicaron las religiosas, porque con las manos ocupadas en una tarea siempre repetitiva, la oración se podía hilar en silencio. Allí podían entregarse a Dios. En el mundo, uno tenía que entregarse al otro. María supo entonces que quería ser monja.
Hubo de trazar una estrategia. Sabía que debería aplacar la reacción de su madre. Recurrió a un plan digno de quien concierta una cita con un desconocido. Se lo reveló en un lugar público: en el pasillo de pescado del supermercado. Podía estar tranquila, serenó a su madre, que intentaba contener el tono. Primero, aquel verano quería llevar a cabo las experiencias, una convivencia de 15 días en los que aspirantes y curiosas se instalan en el convento para poner a prueba su capacidad de adaptación. No encontraba en su voluntad el impulso de ingresar en la orden de las clarisas de forma inminente. El momento no estaba cerca.
Sus padres consintieron. Sólo hicieron una petición: debía completar sus años de universidad. María aceptó. Cambió sus solicitudes en el formulario de Selectividad. Puesto que antes o después se convertiría en doctora espiritual, ya no deseaba estudiar Medicina. Escogió, entonces, rodeada de chicos que se ofrecían a cargar con su mochila, Ciencias del Deporte.
Aquella experiencia duró sólo algunas semanas más que la del convento. Durante la novena de la Inmaculada Concepción, María le pidió a Dios una fecha de ingreso. Agarró el Evangelio y el libro se abrió por las lecturas de Pascua, un año después desde que visitara por primera vez a las clarisas. El mensaje divino había llegado a María sin interferencias.
Llegó al convento, ya desde Madrid, adonde se había mudado su familia, "como drogada, levitando. Era el día más feliz de tu vida:te ibas a casar con Jesús y a reunir con tus hermanas. Dios te anestesia para que des el paso, como si se tratara de un parto, que cuando ves al bebé parece que el dolor no sucedió. Sientes un fuego de amor loco aunque no vayas a volver a ver a tu familia, a menos que te recojan para ir a votar. Tampoco te vas a volver a tomar una Coca-Cola con patatas con tus amigos".
Los meses transcurrieron y María comenzó a diluirse entre sus "hermanas". Pero tras los rezos, amasando harina y azúcar, un pensamiento comenzó a incordiarla: no sabía qué hacía allí, horneando pastas a sus 20 años, su destino hasta el último de sus días. Su familia la echaba de menos y ella a ellos. Dos años después del ingreso, comenzaba a sospechar que su sitio no estaba allí.
María abandonó el convento unos días antes de que se celebrara la ceremonia donde se presentaría en la capilla vestida de novia, sus compañeras la rodearían y, como hiciera san Francisco de Asís con santa Clara, fundadora de la orden, tras el abrazo fraternal y un corte de pelo público, aparecería vestida con su nuevo hábito.
Entonces comenzó el peor año de su vida. Ante sus ojos, acostumbrados a las proporciones de un convento, su casa había menguado. Los veinteañeros hablaban de Tuenti y Facebook. El mundo que conocía había dejado de existir. Durante los meses posteriores, la exclarisa durmió de día y estudió de noche. Llamaba al convento para que le permitieran volver, pero la madre superiora le pidió que resistiera y que redujera el contacto.
Inició sus estudios en Filología y comenzó a recalibrar la relación con su madre, aún dolida por la desaparición de su hija, irritada con la Iglesia por habérsela "robado". Mientras hacía el camino de Santiago, llegó la calma a María: sintió a Dios decirle que Él sólo quería que fuera feliz. María tuvo un novio y, a los 25, con el instinto maternal por primera vez despierto, otro. Aquello no acabó bien. Quizás, pensó de nuevo, al filo de la treintena, todo se resolvería de vuelta al convento, de regreso con el amor puro, eterno, fiel.
En su segundo intento, María cambió de equipo. Pidió acceder a la orden del Carmelo, donde la clausura se endurecía: a las monjas sólo se les permitía saludar a sus familiares a través de dos juegos de rejas, la última de ellas, con pinchos. En esa ocasión, sólo su padre la acompañó al ingreso. Su madre le había retirado la palabra.
Se la devolvió en menos de un año: María duró dos meses entre carmelitas. Su cuerpo no aguantó las exigencias. La obligación de rezar de rodillas durante todo el día le cuajó las piernas de cardenales. Pese al calor del verano, debían vestir a diario un hábito de ocho kilos de lana. La conversación se prohibía a menos que la superiora otorgara su permiso. Dormían en un jergón de paja y la carne estaba prohibida en la cocina. Sin derramar sangre, las penitencias eran también físicas. En el fondo, admite, ella lo había sabido desde el principio. No le gustó lo que sintió cuando cerraron tras ella las puertas del convento. Había querido salir corriendo detrás de su padre.
En ocasiones, María lamenta sus vaivenes conventuales. Siente, ahora que a sus 36 años querría formar una familia, que ha perdido el tiempo. Se pregunta a veces por qué Dios, si conocía lo que iba a suceder, la llevó allí. Ella se responde: "Tal vez, como escribió san Ireneo, la gloria de Dios es que el hombre viva. Así se tallan sus diamantes", modelados por los baches de sus caminos. Y quizá, como canta su admirada Rosalía en la canción inspirada por San Francisco y Santa Clara, por esa razón Cristo piange diamanti (Cristo llora diamantes).
Sorpresa, ninguna. Lo que me llama la atención, es que haya personas, sobre todo jóvenes, que se puedan llegara plantear ese camino como método de vida. Es algo tan sumamente arcaico y opresivo...
Que por cierto, que ironía que la insistencia de sus padres en que acudiera a clases de catequesis, fuera el gérmen de lo que acabó sucediendo...