Historias curiosas de la historia

Horror en la balsa de la Medusa

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La balsa de la Medusa. Pintura de Jean Louis Théodore Géricault. Musée du Louvre. Está considerada como la obra icónica del movimiento romántico francés.

Seguro que a muchos de vosotros os suena la pintura que hemos puesto al inicio de este artículo. Efectivamente, se trata de la famosa balsa de la Medusa de Théodore Géricault. Una inquietante composición que está basada en un no menos tétrico episodio de la historia naval.

La fragata Méduse

La Medusa, Méduse en su idioma original, fue una fragata de la Marina de guerra francesa. Pertenecía a la clase Pallas, una serie de fragatas construidas bajo los planos del afamado constructor naval francés Jacques-Noël Sané que supuso el estándar de las fragatas de 40 cañones de la marina francesa durante los siguientes ocho años, completándose 54 de las 62 fragatas proyectadas.

La fragata Méduse tenía 28 cañones de 18 libras más una serie de carronadas de 36 libras y cañones de 8 libras que variaron durante su vida operativa. Fue botada en 1810 en plenas Guerras Napoleónicas.

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Fragata de guerra Méduse.

Con la restauración de la monarquía, Luis XVIII quiso volver a poner en los altos puestos de su armada a originarios de la nobleza, aún a pesar de que muchos de ellos no tenían apenas experiencia.

Eso le pasó al comandante de nuestra fragata. Se trataba del vizconde Hugues Duroy de Chaumareys. Un error del que se lamentarían más adelante.

El naufragio de la Méduse

La fragata Medusa zarparía el 17 de junio de 1816 del puerto de Rochefort, en compañía de la corbeta Echo, bajo el mando del capitán Cornet de Venancourt, la gabarra Loire, mandada por el teniente Giquel Destouches y el bergantín Argus, bajo el mando del teniente Parnajon, este último buque había sido en su origen el HMS Plumper, pero fue apresado por los franceses en 1805 y puesto al servicio de su marina.

Su misión era retomar los puertos de Senegal, al sur de Mauritania, en la costa oeste africana. Estos territorios habían sido franceses hasta que los británicos los ocuparon durante la Guerra de los Siete Años (1756-1762), y ahora iban a ser devueltos.

La Méduse iba armada en flûte, un vocablo francés que designaba a todo tipo de buque que iba con menos artillería de la correspondiente, para así hacer sitio para estibar más carga y pasajeros. Entre ellos se encontraba el que iba a ser gobernador francés de Senegal, el coronel Julien-Désiré Schmaltz, su esposa Reine y una gran cantidad de soldados que iban a ser la guarnición de Saint-Louis. En total eran unas 400 personas, a todas luces un número excesivo.

Un comandante nefasto

Hugues Duroy de Chaumareys había sido recomendado para el puesto por sus contactos, no por su valía. El claro ejemplo de enchufado de toda la vida.

De avanzada edad (contaba con 77 años en el momento del desastre), era tildado por muchos de sus compañeros de profesión como déspota, incompetente y soberbio. Todas cualidades perfectas para acabar en el fondo del mar. Si a eso le unimos que no había pisado la cubierta de un barco en más de veinte años comprenderemos mejor lo sucedido.

El desastre

Al principio todo le fue bien a la flotilla. Pero casi al final del viaje, la Méduse navegaba demasiado adelantada al resto. Las órdenes de los superiores especificaban que Chaumareys debía reconocer el Cabo Blanco y llevar al resto de los buques a Saint Louis, lo cual ejecutaron estos sin percance alguno más tarde y en solitario.

Pero la Medusa navegaba sola, a demasiada velocidad por unas aguas con muchos bancos de arena y arrecifes.

Para colmo, en vez de optar por la prudencia, Chaumareys no sólo despreció la opinión de algunos pasajeros que conocían la zona, sino que pidió consejo a un tal Richefort, que solo era un filósofo, sobre la conveniencia de navegar por aquella zona.

El comandante francés era un zote en toda regla.

Richefort debió confundirse y creyó divisar el Cabo Blanco en el horizonte, cuando serían unas nubes bajas. Esto llevaría al desastre al subestimar por ello la proximidad del Banco de Arguin, frente a la costa mauritana.

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Era el 2 de julio y el teniente Maudet, que se había preocupado de sondear, advirtió a su jefe del peligro que corrían.

Por fin, el anciano comandante hizo caso y mandó cargar las alas y rastreras. Pero era demasiado tarde. Al amanecer del 4 de julio, la fragata Medusa varó y quedó inmovilizada a medio centenar de kilómetros de la costa.

Durante varios días trataron de sacar la nave de su atolladero, pero fue imposible. Las cosas se complicaron cuando el estado de la mar empezó a tornarse peligroso y el viento hizo estragos en el buque.

A bordo de la balsa de la Medusa
Se hacen a la mar
Sin botes suficientes para el abultado número de tripulantes y viajeros, se decidió abandonar el barco.

Hugues Duroy de Chaumareys decidió que se construyera una balsa y que los botes tirasen de la misma, en un intento por remolcarla. Hizo oídos sordos a cualquier otro tipo de propuestas.

Así se construyó a prisa una balsa con las abundantes tablas y maderas que la fragata les ofrecía. Esta era de 20 por 7 metros, y debía llevar a bordo a 149 personas. En los botes iba el resto, entre los cuales estaban el gobernador Schmaltz (que se reservó uno de los botes para él y los suyos) y, como no, el propio Chaumareys, que sin ningún tipo de vergüenza había dispuesto que los de más alto rango embarcasen en los pocos botes disponibles.

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Balsa de la Medusa

Ilustración de la balsa de la Medusa del libro «Relation complète du naufrage de la frégate La Méduse faisant partie de l’expédition du Sénégal en 1816», por A. Correard, H. Savigny, D’Anglas de Praviel y Paul C.L. Alexandre Rand des Adrets (dit Sander Rang). Reimpreso en 1968 por Jean de Bonnot éditeur.
A bordo de la sentenciada fragata Méduse se quedaron diecisiete tripulantes que así lo habían decidido. De estos sobrevivieron tres tras 54 días hasta que fueron rescatados.

Comienza la tragedia

La balsa de la Méduse no era grande para llevar a esa ingente cantidad de personas, pero era lo suficiente para que los botes no pudieran remolcarla, por lo que, en previsión de que cundiera el pánico en la misma y trataran de llegar a los botes, cortaron los cables y los dejaron a la deriva. Así, sin más.

El comandante de la fragata y el futuro gobernador de Senegal fueron los que se pusieron a salvo y dejaron atrás a sus hombres, en uno de los hechos más vergonzosos que se recuerden en el ámbito naval.

Empezaba así un calvario para los 149 supervivientes que se hacinaban en aquella frágil y pequeña embarcación improvisada. Estos, consternados por el abandono de los botes, sucumbieron al desánimo y el terror mientras que la balsa iba a merced de las olas y las corrientes.

De este número iban 120 soldados del ejército, incluyendo sus oficiales y 29 marineros y pasajeros (entre los cuales había una mujer). Los oficiales de marina se habían puesto a salvo en los botes.

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Reconstrucción de la balsa de La Méduse a escala 1:1 en el patio del Museo de la Marina en Rochefort Charente-Maritime Francia.

¿Y qué llevaba esta gente de provisiones? Como se puede uno imaginar, apenas tuvieron sitio para estibar algo. Seis barriles de vino y dos más pequeños de agua y alguna provisión de bizcocho.

Para colmo, antes de abandonar la fragata se habían preparado unos barriles con bizcocho, para así preservarlo de las olas, ya que en los barriles se mantendría estanco, pero con la precipitación y la negligencia del embarque en los botes y balsa, no los tomaron pensando que eran simples barriles vacios. De todos modos, está por ver si los hubieran podido embarcar, ya que con todo el peso que ya llevaban la balsa se sumergía más de lo debido.

Se fijó una orden, según números, para la distribución de nuestras miserables provisiones. La ración de vino se fijó en tres cuartos al día: no diremos más de la galleta: se consumió por completo en el primer reparto.

Savigny, Jean Baptiste Henri; Corréard, Alexandre.
Ante la falta de víveres, no es de extrañar que pronto se sucedieran enseguida las peleas.

El comandante de la balsa era un «aspirant» (guardiamarina) llamado Coudin. Era el único de la marina a bordo y, como se ve, no era ni oficial ni tenía experiencia. Y menos para esa situación. Había sido obligado a subir a bordo y comandar aquella balsa porque era el más antiguo de los aspirant de la fragata. Para colmo, tenía inutilizado su brazo derecho debido a una fuerte contusión recibida días atrás.

Al principio mantuvieron una actitud serena, hablando sobre cómo salir de aquel trance. Savigny, el cirujano que relató esta historia, junto con el ingeniero Corréard, indica que mantuvieron el coraje sólo pensando en poder vengarse de aquellos que los habían dejado abandonados.

Esta esperanza de venganza nos inspiró a todos por igual, y pronunciamos mil imprecationes contra quienes nos habían dejado presa de tantas desgracias y peligros. El oficial que comandaba la balsa no podía moverse, el Sr. Savigny se encargó de instalar el mástil; hizo que el palo de uno de los mástiles de la fragata se cortara en dos y se instalara.

Tenían la esperanza de que los otros botes hubieran llegado a la Isla de Arguin y que, tras desembarcar a su gente, volverían a buscarlos. Al menos eso pensaban.

Pero llegó la noche y allí no había aparecido nadie. Los ánimos se caldeaban y la mar se embravecía por momentos.

Rodado por las olas de atrás hacia adelante, y de adelante hacia atrás, y algunas veces precipitado en el mar, suspendido entre la vida y la muerte, lamentando nuestra desgracia, que seguramente perecerá, pero aún luchando por un fragmento de existencia con el cruel elemento que trata de tragarnos.

A las siete de la mañana el mar se había calmado un tanto y con las primeras luces del día pudieron ver la terrible escena de diez o doce infelices con sus extremidades enredadas en las aberturas que había entre las diferentes partes con que se componía la balsa. Y ahí se habían quedado.

Otros fueron arrastrados por el mar. No se sabía su número exacto, porque en el momento de repartir la exigua ración de vino, encontraron que varios soldados habían utilizado hasta tres veces los números de sus antiguos compañeros. Pero no se podían prevenir estos abusos porque no había suficientes oficiales para impedirlo.

No obstante, todo esto creó gran malestar y pronto se manifestaría en la siguiente noche.

El mar se había calmado algo pero seguían sin divisarse los botes.

El desaliento comenzó de nuevo a apoderarse de toda nuestra gente, y un espíritu rebelde se manifestó con gritos de furia. La voz de los oficiales fue totalmente ignorada.

Las noches sagrientas

Para colmo, el mar comenzó de nuevo a agitarse y sobrevino otra tempestad aún más terrible que la anterior. Montañas de agua les caían a cada momento.

Así, hubo peleas por hacerse con los mejores lugares, que era el centro de la balsa, ya que estar en el exterior suponía, como pasó, exponerse al peligro de ser llevado por las olas.

En el centro, la multitud era tal que algunos pobres hombres fueron sofocados por el peso de sus compañeros, que caían sobre ellos en todo momento.

Los soldados y marineros, aterrorizados por aquel peligro que creían insalvable, se dieron por perdidos. Y así decidieron aliviarse en sus últimos momentos con el vino que quedaba, bebiendo algunos hasta perder la razón.

No había fuerzas para contenerlos, por lo que el resto sólo pudo mirar. Esta turba cayó entonces sobre un barril que había en el centro de la balsa, haciéndole un agujero en un extremo con trozos de hojalata que habían traído de la fragata Medusa. Cada uno bebió bastante, hasta que el agua de mar penetró por el agujero y tuvieron que desistir.

El vino se les subió a la cabeza y, ya afectados por el peligro del mar y la falta de alimento, se volvieron contra los oficiales de los que querían deshacerse porque, según ellos, estos no deseaban acabar con aquel sufrimiento y destruir la balsa de una vez.

Esta locura hizo que un hombre, armado con un hacha de abordaje, se pusiera a cortar los cabos de la balsa. Era un asiático enorme del ejército colonial.

Se había colocado, al principio, en medio de la balsa, y con cada golpe de su puño derribaba a los que se interponían en su camino; Nos inspiró el mayor terror, y nadie se atrevió a acercarse a él. Si hubiera habido media docena como aquel, nuestra destrucción hubiera sido inevitable.

Pero algunas personas, oficiales subalternos y pasajeros, deseosas de salvar la balsa se unieron. Los soldados amotinados sacaron entonces sus sables o cuchillos y avanzaron con resolución contra aquellos.

El primero de los amotinados cayó inmediatamente cuando trató de matar a un oficial. Esto echó para atrás al resto, que se replegó para pensar en la estrategia a seguir. Parecía que se lo habían pensado mejor, pero uno de ellos fingió que se apoyaba en la pequeña barandilla y con un cuchillo comenzó a cortar los cabos.

Alguien le vio y los oficiales y pasajeros lo atacaron. Un soldado salió al paso de un oficial y le amenazó con su cuchillo, pero este lo golpeó con facilidad y acabó en el mar junto con su camarada.

Tras esto el combate se hizo general.

Algunos gritaron tirar la vela, otros se arrojaron a cortar cuanto pudieron, dejando caer el mástil e hiriendo en un muslo a un capitán de infantería, que acabó en el agua arrojado por los soldados. Menos mal que algunos lo vieron y lo salvaron metiéndolo en un barril. Pero algunos sediciosos lo habían visto e intentaron sacarle los ojos con una navaja. El pobre Dupont, como así se apellidaba, lograría ponerse a salvo y, paradojas del destino, sería uno de los pocos que sobrevirían a aquella atroz aventura.

Hartos de tantas crueldades los oficiales y pasajeros cargaron con furia sobre aquella gente transtornada. Algunos trabajadores intentaron recomponer la balsa, pero fueron atacados por los sublevados.

Los amotinados que fueron repelidos nos dejaron en este momento un poco de reposo. La luna con sus rayos tristes iluminó esta balsa fatal, este estrecho espacio en el que se unieron tantas aflicciones desgarradoras, tantas angustias crueles, una furia insensata, un coraje tan heroico, los sentimientos más agradables y generosos de la naturaleza y la humanidad.

Sin embargo, la cosa no acabó ahí. Con la mar todavía embravecida los amotinados volvieron a la carga, pero fueron repelidos de nuevo. Abatidos, los soldados se vinieron abajo. Algunos de los cuales imploraron perdón, pero fueron ensartados inmediatamente. Ya era tarde para eso.

Pensando que ya se había restablecido el orden, los oficiales y pasajeros regresaron al centro de la balsa, aunque con las armas listas. Pero tras una hora, ya medianoche, los soldados y marineros reanudaron el ataque. Estaban totalmente enajenados, lanzándose sobre aquellos con sus sables y cuchillos. Aquella revuelta fue la más peligrosa.

Los amotinados que no tenían armas atacaron a mordiscos, provocando crueles mordeduras en algunos de los pasajeros, entre ellos el propio Savigny, que fue mordido en las piernas y un hombro. Pura brutalidad animal.

Los soldados se lanzaban al ataque repetidamente. Sobre todo iban a por los oficiales, algunos de los cuales, como al subteniente Lozach le tenían especial rabia, ya que este los había tratado con dureza cuando se encontraban de guarnición en la Isla de Rhé. Una y otra vez iba a por él. Lo cual supuso un enorme problema a la hora de salvarlo.

Al final, Coudin y otros consiguieron apaciguar las cosas y se llegó a una tregua forzosa. Lozach se había salvado, pero aquellos ataques habían costado la vida a entre 60 y 65 hombres.

Desesperación

La violencia causó estragos, pero el hambre los llevó a límites insospechados.

Aquellos a quienes la muerte había salvado en la noche desastrosa que acabamos de describir, cayeron sobre los cadáveres con los que estaba cubierta la balsa y cortaron pedazos, que algunos devoraron al instante. Muchos no los tocaron; Casi todos los oficiales eran de este parecer. Al ver que este horrible alimento había dado un gran vigor a aquellos que lo habían utilizado, se propuso al menos secar los trozos, para que fuera un poco menos desagradable su ingestión. Aquellos que tenían la suficiente firmeza para abstenerse de hacer aquello, tomaron una mayor cantidad de vino. Intentamos comer vainas de espadas y cajas de cartuchos. Logramos tragar algunos bocados pequeños. Algunos comieron lino. Otros piezas de cuero de los sombreros, sobre las que quedaba un poco de grasa, o más bien suciedad. Nos vimos obligados a renunciar a estos últimos medios. Un marinero intentó comer excrementos, pero no pudo tener éxito.

Algunos marineros españoles, italianos y negros, que se habían mantenido neutrales en el primer motín, hicieron caso de las habladurías de algunos soldados de origen africano, que aseguraron que estaban cerca de la costa africana y que, si lograban llegar, los llevarían a todos a salvo por aquellas tierras.

El primero que actuó fue un español, que se fue al centro de la balsa con un cuchillo y dio un grito invocando el nombre de Dios. Le secundó un soldado de infantería ligera, italiano. Se inició de nuevo un sangriento combate con hachas de abordaje, cuchillos y bayonetas. Y otra vez la balsa de la Medusa se llenó de cadáveres. Durante el combate, la única mujer a bordo cayó al agua, pero fue salvada por el aspirante Coudin y algunos pasajeros.

Tras aquella horrible noche los amotinados fueron repelidos y por fin pudieron disfrutar de algo de tranquilidad.

Sin embargo, aquel día sorprendieron a dos soldados bebiendo del único barril de vino que les quedaba por medio de una caña. Fueron condenados a muerte y arrojados al mar. Sólo quedaban 37. Y estos se encontraban en un estado deplorable.

Fue entonces cuando tomaron la terrible decisión de desembarazarse de los heridos graves que no tenían remedio, puesto que consumían unas provisiones que ya no les servirían de nada y sí al resto. Entre ellos estaban la única mujer a bordo y su esposo.

El rescate

La mañana del día 17 de julio, divisaron una vela en el horizonte. Se trataba del bergantín Argus, que los había encontrado de pura casualidad.

Cinco de los quince supervivientes murieron a los pocos días, entre ellos el subteniente Lozach que había sido objeto de la ira de los soldados amotinados y que no pudo reponerse de sus heridas y su estado calamitoso. El cirujano Jean Baptiste Henri Savigny se salvó milagrosamente, y gracias a él el mundo supo lo terrible de aquella experiencia.

Llama la atención, en el listado de supervivientes que añadimos a continuación, la presencia de un único soldado. Si nos fijamos, también sólo se salvaría un marinero. El resto de afortunados fueron oficiales y pasajeros.

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Relación de los 15 supervivientes de la balsa de la fragata Medusa. Fuente: libro de A. Correard y H. Savigny.
Savigny consiguió llegar a Paris y exigió la apertura de una investigación al ministro de Marina. Cuando el diario Journal des débats publicó la noticia en primera plana el 13 de septiembre fue lo que levantó el escándalo. Seguramente, como pasa tantas veces, si la prensa no se hubiera hecho eco de lo sucedido quizás los responsables del desastre hubieran salido indemnes.

Savigny y el ingeniero Corréard, escribieron un libro donde se narra su experiencia y que sirvió para que la gente supiera la verdad y exigiera cambios en la legislación francesa, sobre todo sobre los méritos de los oficiales para comandar buques de guerra.

Chaumareys fue juzgado y declarado culpable por incompetencia en la navegación y de abandonar el buque antes de que todos lo hicieran. No así de abandonar a los de la balsa. Se le condenó a tres años de prisión. Una cifra ridícula, que parecía más propia de un castigo por algo leve en vez de la tragedia que había ocurrido. Mientras, el gobernador Schmaltz se vio obligado a renunciar a su cargo debido al escándalo. Su actitud cobarde ante los hechos no pasó desaparcibido a nadie.

Como decíamos al principio de este artículo, el pintor Théodore Géricault realizó una impresionante pintura sobre este episodio en 1818, que puso de nuevo en boga aquel suceso y ha quedado para la posteridad. En Francia en un principio se le tildó de oportunista y la obra fue denostada por amplios sectores, no así en el resto del mundo que gracias a aquella maravilla pictórica descubrieron, los que no lo sabían ya, una de las mayores tragedias de la historia naval reciente.

Fuente:

Savigny, Jean Baptiste Henri; Corréard, Alexandre (1818). Realizado por orden del gobierno francés, que comprende una cuenta del naufragio de la Medusa, los sufrimientos de la tripulación y las diversas ocurrencias a bordo de la balsa, en el desierto de Zaara, en St. Louis y en el campamento de Daccard. A lo que se suman las observaciones adjuntas relativas a la agricultura de la costa occidental de África, desde el cabo Blanco hasta la desembocadura de Gambia . Londres: Cockburn.
No conocía esta historia. Muy interesante
https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2018-03-25/batalla-estupida-noche-austriacos-karansebes_1539487/

La batalla más estúpida: el día que los austriacos se atacaron a sí mismos


Cuando José II partió hacia lo que hoy es Rumanía, en su mente tenía la idea de ser recordado por siempre. Y lo consiguió, pero no por los motivos qué el pretendía. José II pasaría a la posteridad, sí, pero por ser el único comandante en derrotar a su propio ejército

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Foto: Los turcos y los austriacos se enfrentaron en numerosas ocasiones... pero esta no fue una de ellas.

AUTOR
HÉCTOR G. BARNÉS

25/03/2018 05:00 - ACTUALIZADO: 25/03/2018 16:12

Era la noche del 19 de septiembre de 1788, y alrededor de 100.000 combatientes del ejército austriaco pernoctaban en un campo cercano a Karánsebes, en la actual Rumanía, donde aguardaban los turcos. Sería una velada aciaga para los húngaros, serbios, croatas, italianos, rumanos, lombardos y eslovacos que componían la armada liderada por el propio emperador José II del Sacro Imperio Romano Germánico, que soñaba con grabar con letras doradas su nombre en la historia. Antes de que despuntase el alba, su ejército sufriría una gran cantidad de bajas –entre 1.000 y 10.000, según el grado de exageración de las fuentes– pero no a causa del ataque enemigo, pues no había ningún adversario. El ejército austriaco acabó consigo mismo.

La batalla de Karánsebes ha pasado a la historia como la que probablemente sea la más absurda de todos los tiempos. Desde luego, pocos enfrentamientos terminaron con un único derrotado: el único participante. Figura, por ejemplo, en el libro que el director de cine y documentalista Eric Durschmeid publicó el pasado año, llamado 'The Hinge Factor', es decir, el “factor bisagra”, en el que analiza cómo la casualidad (o, en este caso, la “estupidez”) han cambiado la historia. En este caso, un barril de aguardiente. Porque lo que ocurrió aquella noche en lo que hoy es Rumanía fue una mezcla entre malísima suerte y los problemas consustanciales a la composición del ejército austriaco, formado por soldados que no hablaban alemán, el idioma de los oficiales.

José II pasaría a la posteridad, sí, pero por ser el único comandante en derrotar a su propio ejército
Si esta historia ha llegado a nuestros días, a pesar de los esfuerzos austriacos por encubrir el escarnio, ha sido gracias al historiador Anton Johann Gross-Hoffinger, que publicó su biografía del emperador austriaco en 1847. Es decir, 59 años después de lo ocurrido, un tiempo más que suficiente para que el recuerdo del alemán estuviese un tanto magnificado. Aun virando hacia la exageración propagandística, sigue siendo una magnífica historia bélica que tuvo lugar en plena guerra austro-turca, la que enfrentó entre 1787 y 1791 al Imperio austriaco y el otomano por el control de los Balcanes. José II pasaría a la posteridad, sí, pero por ser el único comandante en perder ante su propio ejército.

Vino y lenguas extranjeras, mala mezcla
Pero ¿qué pasó exactamente aquella noche sin estrellas? Todo había empezado cuando una vanguardia de húsares, la caballería ligera húngara, cruzó el puente del Timis. Al otro lado no encontraron a esa cacareada horda de sangrientos turcos que, según señalaban los rumores, se les había ofrecido 10 ducados de oro por cada cabeza cortada. La moral del ejército no era la mejor: las arcas estaban vacías, la comida no llegaba, la malaria y la disentería había acabado con decenas de miles de hombres y la indecisión del emperador había hecho aflorar la inactividad. En otras palabras, los aguerridos soldados pasaban la mayor parte del día jugando a las cartas, peleándose unos con otros (aquello era un caldero de etnias) y bebiendo.

Así es como pasas a la historia en Wikipedia cuando tu ejército pierde los papeles.
Así que a eso es a lo que se dedicaron los húsares, a beber el aguardiente comprado a un grupo de gitanos errantes. Cuando poco después llegó la infantería, se encontró con que los húngaros se habían hecho con todo el alijo y no pensaban compartirlo. Fue en mitad de esa agria discusión por echarse un trago al gaznate cuando alguien disparó al cielo para asustar a sus adversarios. Fue como echar una cerilla a un bidón de aguardiente, pues en cuestión de segundos la caballería había desenfundado sus armas para comenzar a atacar a los soldados de infantería, mientras estos respondían con disparos. Ante el avance de los húsares, optaron por una útil estratagema: comenzar a gritar “¡turci, turci!” para que sus borrachos adversarios pensasen que el enemigo se acercaba. Así que consiguieron su objetivo y mucho más: no solo los beodos húsares intentaron escapar dando mandobles a diestro y siniestro, sino también los soldados que no se enteraban muy bien de qué iba la fiesta.

Los gritos de 'halt! halt!' (“¡alto! ¡alto!”) del oficial austriaco tampoco sirvieron de nada, sobre todo porque nadie le había enseñado la palabra a los soldados. A muchos de ellos les sonaba a algo parecido a “¡Alá, Alá!”, lo que provocó que siguiesen abriendo fuego a ese inexistente enemigo turco, que en realidad era sus compañeros de armas. El resto del ejército ya se había despertado, alertado por los disparos al otro lado del río: los turcos por fin habían llegado, pensaron. “El ruido de la batalla, los gemidos de los heridos y los gritos de agonía ayudaron a intensificar su terror”, escribe Durschmeid en el libro. El miedo invadió también a una manada de caballos de tiro, que tiraron la valla y salieron corriendo. A un comandante le pareció que sus pisadas sonaban a ejército turco, así que obligó a los suyos a abrir fuego… contra su propio ejército.

En pequeños grupos, los miembros del ejército se liquidaban unos a otros y, de paso, aprovechaban para saquear las casas y violar a las mujeres

“¡Los turcos, los turcos! ¡A cubierto!” eran los gritos que podían oírse en la noche cerrada, iluminada tan solo por los disparos de los cañones y los revólveres. En poco tiempo, un caos políglota se había desatado en la zona, convertida en Torre de Babel. El absoluto desconocimiento por parte de los miembros del ejército austriaco de los idiomas hablados por el resto de las facciones les hacía pensar que debía tratarse de infieles turcos y, por lo tanto, había que reaccionar pronto y matar o morir. Sin embargo, no hubo ni un miembro del ejército otomano que pisase el campo de batalla aquella noche. En pequeños grupos, los miembros del ejército se liquidaban unos a otros y, de paso, aprovechaban para saquear las casas cercanas y violar a las mujeres. Oficial o soldado raso, todos corrían similar suerte.

La vergüenza de un emperador
Mientras tanto, José II, el hombre que quiso cambiar para siempre el curso de la historia, se despertaba anonadado por los ruidos de destrucción y muerte que se elevaban a su alrededor. A duras penas a causa de sus enfermedades, consiguió subir a su caballo, del que fue descabalgado por la turba y arrojado al río. Consiguió escapar en otro podenco, ayudado por su guardia personal, pero la vergüenza nunca le abandonaría. “No sé cómo continuar”, explicaba en una carta enviada a su hermano, el archiduque Fernando, después de la batalla. “He perdido el sueño y paso la noche envuelto en oscuros pensamientos”.

'Puf, qué mal'. (José II, inmortalizado por Carl von Sales)
El emperador describió el episodio someramente en su correspondencia privada: “El pánico se extendía por doquier entre el ejército, entre la gente de Karánsebes, incluso en Temesvar, que se encuentra a unas 10 leguas de ahí”, escribió. “No puedo describir con palabras las terribles violaciones y asesinatos que presencié”. El futuro no sería muy brillante para el emperador, ya que fallecería apenas año y medio después. Sin embargo, y a pesar de los daños irreparables que sufrió el ejército, tanto físicos como morales al haber sufrido una de las carnicerías más absurdas de la historia, los austriacos liderados por el mariscal Ernesto Gedeón von Laudon recuperaron el Danubio de manos de los turcos.

Ello no borraría de las mentes de los supervivientes el escenario resultante, en el que abundaban cadáveres, miembros cercenados por los sables de los húsares, caballos muertos y bañados en ríos de sangre; un paisaje que, ahora sí, fue invadido por miles de turcos liderados por el visir que ganaron el dinero más fácil de su vida rebanando por decenas las cabezas de los caídos. La moraleja esta clara. Si vas a desplazar un contingente de 100.000 hombres a un país extranjero para librar uno de los grandes enfrentamientos militares de la historia, preocúpate por que tus soldados sean capaces de entenderse… Eso, y que compartan los cubatas durante las noches de fiesta.



LA TRAGEDIA DE DOOLOUGH (1849)


Entre 1845 y 1852 Irlanda fue devastada por el hambre. En ese período conocido como la 'Gran Hambruna' o 'An Gorta Mór', más de un millón de personas fallecieron a causa del hambre o de diversas enfermedades por la crisis de la patata, aunque sus secuelas pudieron padecerse durante muchos más años.

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Monumento en Dublin a la Gran Hambruna de 1845

El gobierno británico, que dirigía en aquella época la isla de Irlanda, vaciló a la hora de decidir la mejor manera de intentar paliar la situación de los campesinos irlandeses ante el drama que estaban viviendo. Algunos alegaban que la situación no era tan dramática, otros que no vendría mal una purga a la sobrepoblación que, según ellos, reinaba en la isla. En el condado de Mayo, el porcentaje de la población que dependía directamente de la patata para subsistir se estimaba que era del 90%.


Finalmente, el gobierno británico decidió que debía ser la propia sinergia del mercado la que solucionase el problema: se importó grano de la India pero se fue distribuyendo de manera paulatina para controlar su precio. Al mismo tiempo, se implantó un sistema de obras públicas de manera que la población pudiese ganarse el salario en lugar de esperar la caridad o las ayudas públicas. Las únicas personas que podían solicitar estas ayudas en forma de comida eran aquellas que poseyesen menos de un cuarto de acre de tierra.

ImagenEscena en la puerta de la casa de trabajo, c. 1846

En marzo de 1849, el coronel Hogrove y el capitán Primrose llegaron a Louisburgh para inspeccionar y comprobar la veracidad del estado de pobreza y desnutrición de los pobres que solicitaban la ayuda en aquel lugar, así como a entregar 3 libras de grano. Sin embargo, según una carta enviada a la Constitución del condado de Mayo el 5 de abril de 1849, estos dos inspectores se dirigieron directamente a Delphi Lodge, un alojamiento de cierto prestigio situado 18 kilómetros más al sur, en lugar de acudir a Louisburgh, dejando instrucciones para que los pobres acudiesen allí a la inspección la mañana del 31 de marzo.

600 personas a punto de fallecer de hambre acudieron hasta la casa-taller de Louisburgh para pedir algo de comida. Una vez allí, se les negó la entrada y se les comunicó que podían acudir a solicitar ayuda ante el comité creado a tal efecto, que se reuniría al día siguiente en Delphi Lodge. Se pusieron en camino a través de las montañas, bajo la lluvia, descalzos y con poco más que unos harapos por vestimenta.

"Obedeciendo esta orden, cientos de estos desafortunados esqueletos vivientes, hombres, mujeres y niños, se podrían haber visto recorriendo los 18 kms de distancia y luchando entre los pasos de montaña y los caminos para llegar al lugar acordado," decía la carta. Esa noche del 30 de marzo de 1849 llovía, el viento soplaba con fuerza y de vez en cuando caía aguanieve mientras los casi agonizantes caminaban hacia el sur.

Cuando llegaron a Delphi los que habían sobrevivido a la marcha, exhaustos, ateridos por el frío y empapados, se les comunicó que debían esperar a que los inspectores y miembros del comité finalizasen su cena. Y allí, sobre la hierba, sin que se les ofreciera un solo bocado de comida o unas ropas para protegerse de la húmeda noche, esperaron.

Finalmente aparecieron aquellos a quienes estaban buscando con la esperanza de que, tras comprobar su estado, concediesen la ayuda prometida. Sus palabras fueron que no había permisos para la casa-taller ni donativos de comida. Y dando la vuelta, que volvieran a sus hogares. Sin la misericordia humana o de la naturaleza, sin lugar donde descansar, sin nada que comer y sin ninguna otra opción, comenzaron el regreso a sus casas. El camino les condujo a través de un paso de montaña traicionero colgado sobre el lago de Doolough (lago negro).

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Estalló una fuerte tormenta en el mismo momento en que atravesaban la pendiente más alta. Debilitados por el hambre, el cansancio y el frío, cientos fueron barridos por el viento hasta caer al lago. Algunos de los que sabían nadar consiguieron llegar a la orilla, donde murieron congelados esa misma noche. El resto fallecieron ahogados.

A la mañana siguiente, cuando el comité tuvo noticias de lo ocurrido, envío un grupo de hombres a visitar el lugar. Cadáveres "tan numerosos como mazorcas de maíz en un campo en otoño" yacían a ambos lados del camino entre Louisburgh y Delphi, algunos con matas de hierba en la boca en un último intento desesperado por comer. Fueron enterrados en los lugares donde habían muerto. En Doolough, al haber tantos cadáveres, fueron directamente enterrados en una fosa común.

A día de hoy se desconoce el número exacto de personas que fallecieron esa noche, pero se cree que fueron 400 fallecidos.

En mayo de 1994, una organización contra el hambre llamada 'Action from Ireland' erigió una piedra conmemorativa y una cruz en el valle de Doolough con las siguientes inscripciones: "Para conmemorar a los pobres hambrientos que caminaron aquí en 1849 y caminan hoy en el Tercer Mundo" y las palabras de Gandhi: "¿Cómo puede el hombre sentirse honrado por la humillación de su prójimo?"

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Cada año desde 1988 ha habido un paseo por esta ruta en memoria de los muertos Doolough y para resaltar el hambre de los pobres del mundo todavía hoy. El arzobispo Desmond Tutu lo ha hecho, los hijos de Chernobyl lo han hecho. También lo ha hecho el violoncelista de Sarajevo, Vedran Smailovic, que tocó el violín diariamente en su ciudad a pesar del fuego de francotirador en los años noventa mientras estaba bajo asedio. Y Kim Phuc - la mujer que se hizo famosa en las fotografías de ella como una niña corriendo desnuda y quemada por napalm en Vietnam - ella lo ha hecho también.

Al igual que los indios nativos americanos. Cuando se enteraron de la tragedia en 1849, los miembros de la tribu Choctaw recaudaron $ 710 que donaron al alivio del hambre irlandés. Lo hicieron porque la historia les recordaba su propia situación cuando, 18 años antes, fueron expulsados ​​de su tierra por el hombre blanco para dar paso a la moderna Oklahoma. Su marcha fue de unas 500 millas y perdieron vidas en el camino. La marcha de los indios se conoció como el Sendero de las Lágrimas.

En 1992 un grupo de irlandeses devolvió la bondad de los indios Choctaw caminando por el Sendero de las Lágrimas, recaudando un enorme $ 710,000 que donaron al alivio del hambre en África.

La conmemoración anual de los acontecimientos de marzo de 1849 que conducen a la tragedia de Doolough aseguran que el sacrificio de la gente en estas partes nunca será olvidado.
LA COSTA DE LAS CABEZAS CORTADAS.

(SACADO DE UN BLOG)

Smerwick, la costa de las cabezas cortadas

Hace algunas semanas, durante una noche de insomnio encendí la radio, y empecé a escuchar el programa Milenio 3, de Fríker Jiménez. A diferencia de lo que me ocurre con la versión televisiva del programa, Cuarto Milenio, disfruto bastante de este producto radiofónico, ya que el formato que Jiménez aplica a sus programas, a mi modo de ver, se ajusta mejor a las ondas radiofónicas que al tubo de rayos catódicos: y es que hay que tener en cuenta que, de toda la vida, una historia de miedo se ha transmitido mejor con una voz queda, apoyada como mucho por una buena lumbre, que con toda una parafernalia de imágenes que aturdan y distraigan al espectador del objeto central, que no deja de ser la historia en sí.

Decía, pues, que escuchaba a Jiménez narrar su historia. Y en este caso, la historia se situaba en la verde Irlanda. Y era, misterios y demás morralla efectista de relleno aparte, asaz truculenta. Y tan apasionante que se podía soportar el que quisieran llevar el agua a su molino ocultista.

Pongámonos en situación. 10 de septiembre del año 1580. Irlanda, durante las Rebeliones de Desmond. Un conflicto entre dos familias de ingleses viejos, los Fitzgerald de Desmond y los Butlers de Ormonde, enfrentados por conflictos de tierras e influencia del gobierno británico, acaba convirtiéndose en una guerra de religión en la que España mete la cuchara, con un doble objetivo: extender el ámbito de la Contrarreforma en las Islas Británicas, y hacer la puñeta a base de bien a la reina hereje Isabel I, promoviendo una rebelión en su patio trasero. 600 soldados españoles e italianos desembarcan en Smerwick, cerca de Dingle, donde una primera avanzada de tropas había desembarcado el 18 de julio del año anterior, y habían conseguido prender la llama de la rebelión en los condados de Munster, Cork, Kerry y Leinster, donde se consigue masacrar al ejército inglés en la batalla de Glenmalure. Las tropas, comandadas por el italiano Sebastiano di San Giuseppe, tratan de unirse al ejército insurrecto irlandés, pero fallan en su objetivo y son aisladas, por lo que San Guiseppe ordena batirse en retirada y refugiarse en el castillo de Dún an Óir.

Dún an Óir, o en español Fuerte del Oro, era una fortaleza situada en un viejo promontorio que databa de la Edad del Hierro, situado en las cercanías de la península de Dingle, y separado del resto de Irlanda por el monte Brandon, una de las montañas más altas de la isla. Las tropas españolas se encontraban, pues, aisladas por lo abrupto del terreno, además de por los 4000 hombres comandados por Lord Grey de Wilton, a lo que se añaden los navíos de guerra ingleses que bloqueaban la bahía de Smerwick y que, equipados con artillería pesada, empezaron a bombardear sistemáticamente la fortaleza.

Pese a contar con abundantes víveres, San Giuseppe decide, tras tres días de asedio, rendir el fuerte, en contra de los deseos de sus soldados, entre los que destaca la figura del español Hércules de Pisano, que intentó abortar la rendición intentando deponer y asesina a San Guiseppe. Asimismo, dos sacerdotes, uno irlandés y otro español trataron de sabotear la rendición, alterando la traducción entre ambas partes. Sin embargo, fueron descubiertos y crucificados.

Y es aquí donde termina el asedio y empieza la masacre. El conde de Grey, una vez que los soldados españoles e italianos han depuesto sus armas, ordena a sus hombres decapitar a los prisioneros. Dice la leyenda que durante dos días los soldados ingleses van decapitando, uno a uno, a los 600 soldados, más hombres, mujeres y niños irlandeses que se habían refugiado en el fuerte. Maniatados, unos junto a otro, mientras las cabezas de sus compañeros van siendo apiladas en un lugar que con el correr del tiempo pasaría a ser conocido como Gort na gCeann…el Campo de las Cabezas. El lugar de la masacre, por su parte, se conoce hoy en día como Gort a Ghearradh, el Campo del Corte.

Los cuerpos decapitados, por su parte, fueron arrojados al mar, desde el acantilado cercano a Dún an Óir y cuentan, que semana tras semana, muchos de ellos aparecían flotando en el mar, cerca de la bahía de Smerwick. Los lugareños les fueron dando, poco a poco, sepultura en las dunas que rodeaban la bahía, lo que ha provocado que aún hoy, cuando el temporal es muy fuerte y remueve la arena, salgan a la luz los restos de los desafortunados soldados de la expedición y de los pobres irlandeses que acudieron a buscar refugio bajo sus armas.

Hoy en día un sobrecogedor monolito, azotado por el viento y la lluvia, en el que aparecen doce cabezas cortadas, recuerda aquella infausta expedición.

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Por añadir un final ¨feliz¨ a la historia el director de los escuadrones de la muerte un tal Capitán Raleigh fué 30 años después decapitado por traición al conspirar contra el sucesor de Isabel I, James I. A alguien le suena Sir Walter Raleigh, el introductor del tabaco en Europa?. Pues eso.
Hoy en dia olvidamos esa parte del ser humano, donde dependiendo de nuestro entorno somos capaces de cualquier cosa.
Nosotros nos hemos criado y vivimos en un entorno de paz y bienestar, a pesar de que nos preocupen y jodan las miserias que podamos tener, no es comparable a nacer en otras epocas.

Eso me ha llevado a pensar en cuando se usa el termino "humanidad" con estas acepciones
5. f. Sensibilidad, compasión de las desgracias de otras personas.
6. f. Benignidad, mansedumbre, afabilidad.

Como si fuera la naturaleza primeria del ser humano, e ignorando que lo que se cuenta en estas historias muestra cualidades propiamente humanas, simplemtente es un faceta apaciguada por la tranquilidad general. Pero cuando no hay comida para todos, o el unico sitio seguro es el centro de la balsa... que le jodan al projimo que yo miro por mi.
https://www.xataka.com/medicina-y-salud/la-extrana-epidemia-de-baile-de-estrasburgo-que-afecto-a-400-personas-y-los-retos-de-la-medicina-moderna


La extraña epidemia de baile de Estrasburgo que aún reta a la medicina moderna


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15 Enero 2017 - Actualizado 30 Mayo 2017, 05:29
javier-jimenez JAVIER JIMÉNEZ
@dronte

A mediados de julio de 1518 la señora Troffea se paró en mitad de una calle de Estrasburgo y comenzó a bailar. Siguió bailando todo ese día y el siguiente y el de después. No atendía a razones, bailaba y bailaba sin parar. Al final de la semana, otras 34 personas se habían unido a la danza. Cuando acabó el mes, había 400 personas bailando en la ciudad.

La epidemia de baile de Estrasburgo mató cada día a unas 15 personas por infartos, ataques o simple extenuación. Hay decenas de anotaciones médicas, sermones dominicales, crónicas regionales y actas municipales sobre el asunto, pero nadie supo nunca por qué empezaron a bailar, ni por qué no podían parar de hacerlo. Hasta ahora que parece que la medicina ha encontrado la respuesta.

Las epidemias de la danza

No era la primera vez que pasaba. La Nochebuena de 1021, dieciocho personas comenzaron a bailar en la puerta de una iglesia de Cölbigk, un pequeño pueblo de Sajonia. El párroco, al comprobar que el estruendo no le dejaba continuar la misa, salió y les ordeno que callaran. Pero ellos lo cogieron y bailaron alrededor de él.

En 1247, un ataque similar ocurrió en Erfut, también en Alemania y poco después 200 personas murieron ahogadas cuando el puente sobre el que bailaban se hundió bajo sus pies en Maastricht, Países Bajos. Durante el siglo XVI, cuando las crónicas mejoraron, tenemos decenas de casos por toda Suiza, Francia, Países Bajos y el Sacro Imperio Romano.

¿Qué pasó en Estrasburgo?

Esa es una pregunta que nunca hemos sabido responder con exactitud. Ni esa epidemia, ni ninguna de las muchas epidemias de baile que hubo durante la Edad Media. Y no porque no lo hayamos intentado.

La primera explicación era que, en realidad, se trataban de danzas que se practicaban en pleno éxtasis ritual por algún tipo de secta herética. Vamos, un flashmob. Una explicación que, por otro lado, no se sostiene porque en ninguno de los casos intervino la Inquisición y, de hecho, nunca se les consideró herejes sino, a lo máximo, víctimas de una posesión demoníaca.

También se ha propuesto el ergotismo como solución. El fuego de San Antonio era una enfermedad muy extendida en aquella época en la que un hongo, el cornezuelo, infectaba el centeno como Pedro por su casa.


A partir de una sustancia del Cornezuelo se sintetiza el LSD por lo que parece lógico que un brote de ergotismo (una partida de pan en mal estado) pudiera originar este tipo de epidemias. El problema es que las sustancias químicas del cornezuelo podrían causar convulsiones y alucinaciones, pero no parece probable que puedan hacer que cientos de personas bailen durante días hasta llevarlos a la muerte.

Si hacéis una pequeña búsqueda en internet, veréis que la mayor parte de las descripciones de esta epidemia incluyen la palabra 'misterio'. Y sin lugar a dudas lo fue, hasta que John Waller, profesor de Historia de la Universidad Estatal de Michigan, tuvo una idea.

La explicación de la (historia de la) medicina contemporánea


Los años previos a 1518 fueron terribles para Estrasburgo y toda Alsacia. Hubo hambrunas muy serias en 1492, en 1502 y en 1511. La sucesión de inviernos extremos y veranos sofocantes hizo que 1517 fuera un año con una tasa altísima de mortalidad. Durante agosto de 1517, toda Alsacia se llenó de procesiones contra la posibilidad de un brote de peste u otra enfermedad.

Los textos que tenemos de la época dejan claro que desde verano de 1517 hasta que Troffea se puso a bailar las enfermedades se cebaron con la población, el hambre se hizo más profunda y la ansiedad no hizo más que crecer. Lo que ocurrió en Estrasburgo, según Waller, fue un caso de psicosis colectiva inducida por el estrés.
¿ @Quintiliano eres tú ? Abandona ese cuerpo!!!
NWOBHM escribió:¿ @Quintiliano eres tú ? Abandona ese cuerpo!!!

Nah, le faltan lentejas y algún Ramon y Cajal para ser el.
https://www.lavanguardia.com/internacional/20180507/443342642059/august-landmesser-saludo-hitler.html

El trágico final del hombre que se negó a saludar a Adolf Hitler


28 Hace 80 años desapareció el rastro de August Landmesser, el hombre que no saludó a Hitler y se atrevió a casarse con una judía: una historia con finales dramáticos para todos los involucrados

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August Landmesser, con los brazos cruzados mientras decenas de personas hacen el saludo nazi a Hitler (Archivo)

CLARÍN
07/05/2018 14:02


La foto es famosa en el mundo entero. A pesar del paso del tiempo. En ella se ve a miles de personas saludando a Adolf Hitler en la Alemania nazi. Salvo un hombre. Ese hombre se llamaba August Landmesser.

El saludo adoptado por el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán debía ir acompañado del grito de ¡Heil Hitler!

Nadie se negaba a hacerlo. Por convicción o por miedo. Pero Landmesser se negó. Nacido el 24 de mayo de 1910 en Pinneberg, Alemania, el heroico rebelde era trabajador de la empresa Blohm + Voss, en Hamburgo.

El 13 de junio de 1936, Hitler participó en el bautismo de una nueva nave de la Armada alemana. Landmesser se mantuvo de brazos cruzados. Y entró a la historia

En 1931 se afilió en el Partido Nazi, aunque se cree que lo hizo para conseguir trabajo, ya que la afiliación era recurso esencial para obtener uno.

Pero en 1933 Landmesser se enamoró. Fue cuando se cruzó con Irma Eckler. Ella también se enamoró perdidamente pero llevaba consigo un estigma para esa época y ese lugar: era judía.

El amor supera todas las barreras y en 1935 la pareja se unió, aunque no legalmente ya que las Leyes de Nuremberg, promulgadas en aquella época impidieron que se casaran.

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August Landmesser (Archivo)

Landmesser fue expulsado del partido nazi. Al hombre no le importaba. Sólo le interesaban Irma e Ingrid, la hija que ambos tuvieron en octubre de 1935.

El 13 de junio de 1936, el Partido Nazi organizó el bautismo de una nueva nave de la Armada alemana en los astilleros de Blohm + Voss, en Hamburgo. Los obreros asistieron en masa y realizaron el saludo nazi. Salvo Landmesser, que se mantuvo de brazos cruzados. Y entró a la historia.

Esta foto se convirtió en un emblema del desafío. Pero fue su certificado de defunción en vida.

Al año siguiente, en 1937, Landmesser trató de huir de Alemania con su mujer e hija para dirigirse a Dinamarca. Fue detenido en la frontera y otra vez le impusieron las Leyes de Nuremberg, por las cuales fue acusado de “deshonrar a la raza” y de “infamia racial”.


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La identificación de Irma en el campo de concentración. (Archivo)

Un año después, Landmesser fue absuelto, pero obligado a romper su relación con Irma. El hombre no lo aceptó y su valentía le costó que lo enviaran tres años a un campo de concentración.

Irma, que estaba embarazada de él en ese momento, también fue detenida y llevada a un campo de concentración. Allí dio luz a la segunda hija de la pareja. Se llamó Irene. Su papá nunca pudo conocerla.

Irma fue separada de sus hijas y llevada a un campo de exterminio donde fue asesinada.

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Adolf Hitler (Archivo)

En 1941 Landmesser salió en libertad. No sabía donde estaban sus hijas, ni jamás se enteró que su mujer ya había sido asesinada. Pero su dolor no terminó allí. Fue reclutado y enviado al frente. Y nunca más se supo de él.

La historia de la pareja se mantuvo en secreto hasta 1996 en que fue dada a conocer por Irene. La pequeña había sido llevada a un orfanato tras separarla de la madre y más tarde fue adoptada.

Su hermana Ingrid tuvo más suerte. Vivió con su abuela materna.

En el actual 2018, el saludo fascista está prohibido en Alemania y Austria, y quienes utilicen la frase ¡Sieg Heil! (Viva la victoria) pueden ser condenados con hasta 3 años de cárcel. Otro tiempo. Una historia mejor.
http://www.articlesvally.com/worldwide/ ... -uncovered

Aquí la interesantísima historia de un campo de batalla intacto de la segunda guerra mundial en el Nueva Guinea actual aunque la historia tiene sus años. La cosa va sobre un mochilero australiano que hace trekking que se hizo amigo de una tribu la cual le indicó un lugar donde había sucedido una batalla bastante cruenta entre japoneses y australianos. Él esperaba econtrar lo típico un puñado de latas oxidadas y algunos casquillos pero no lo que vieron sus ojos cuando llegó al lugar, un campo de batalla abandonado tal como había quedado que le mostraba una escena más propia de Uncharted que de cualquier documental estilo ¨Oak Island¨ donde tienen que excavar mucho para encontrar una simple moneda.

Esqueletos tirados o apoyados en los árboles con todo su equipo (basicamente casco botas y correajes que no se pudrieron), casquillos y munición sin disparar o disparada por todas partes, toda clase de material militar y médico tirado de cualquier manera (era un rudimentario hospital militar), el sueño de cualquier arqueólogo. Soy un poco remilgado y he visto la web con las imágenes sin cargar así que aviso por si aparecen fotos escabrosas.

Kododa Trail es la zona por la que anda (una zona conocida para dar paseos para trekkers experimentados) y se espera que algún dia eso se convierta en una especie de museo, una vez retirados los muertos para ser devueltos a sus países, por supuesto.


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Actualizo: Vista la web salvo una foto de una calavera medio enterrada con su casco un poco abajo de todo en el artículo no hay fotos desagradables casi todas de éste estilo.
La primera independencia de Escocia naufragó en la selva panameña


La culpa fue de un plan para dominar el comercio mundial desde una colonia panameña

Escocia se arruinó y los ingleses les rescataron

A cambio renunciaron a su independencia

JULIO MARTÍN ALARCÓN Actualizado: 21/09/2014 00:53 horas

Una desastrosa aventura colonial, a miles de kilómetros de Gran Bretaña, acabó con la independencia política del Reino de Escocia en 1707. No hubo una guerra al uso aunque los escoceses batallaron contra el hambre, las enfermedades, el bloqueo comercial de los ingleses y los ataques de España. Los atrevidos colonos perdieron y murieron a millares. El resto del país se arruinó y la epopeya se tornó en una trágica lección de realidad.

El ambicioso proyecto de la Nueva Caledonia, en la jungla de Darién (la actual Panamá), arrastró a la muerte a muchos y a la bancarrota al resto, que tuvieron que ser rescatados por el Banco de Inglaterra después de dos años de miseria y penurias en los que perdieron un tercio del efectivo total del país. No salió gratis. Los ingleses exigieron a cambio de la suma la unificación de los reinos, lo que privaría a Escocia de su independencia política hasta hoy.

Desde 1606 habían compartido rey -la unión o doble corona- pero no parlamento ni destino. El precio que pusieron al país los comisionistas del parlamento escocés fue de 398.000 libras, la equivalencia que cubriera las pérdidas del desastre de Darién. Desde entonces fueron el socio pequeño de Inglaterra según la Union Act de 1707, que conformó, en esencia, el Reino Unido actual con un único Parlamento en Londres.

Es la historia del delirio colectivo de la Nueva Caledonia, el proyecto Darién, tal y como lo llamó su principal instigador, el intrépido inversor William Paterson, que antes había fundado el Banco de Inglaterra, el mismo que certificaría, irónicamente, el destino de Escocia. Ilusionó a un país entero, ansioso de una posición como la de sus acaudalados vecinos del sur, vendiendo un futuro de riqueza que vislumbró en forma de una estrecha franja de tierra entre dos océanos que serviría para acelerar la llegada de mercancías a Europa desde las Indias. «Una puerta mundial del comercio entre el Atlántico y el Pacífico, la llave del universo», como rezó su plan de marketing.

Un proyecto audaz

La fundación de una colonia escocesa en el istmo de Panamá era una idea audaz sobre el papel: aprovechar la geografía para controlar un buen pedazo del comercio marítimo mundial entre las Indias (Asia) y Europa. Dominando el territorio podrían regular el tráfico de mercancías, hurtando miles de millas de navegación por el Cabo de Hornos, en la Patagonia, y obteniendo un jugoso beneficio a cambio. Ellos transportarían por tierra las mercancías al otro lado para servir de puente en la ruta comercial. No calibraron, sin embargo, los enormes obstáculos: la dura competencia de los mares, teñidos de sangre en continuas guerras entre las potencias europeas; la falta de apoyos, logística y suministros, y la enemistad inmediata de su agraviado vecino.

William Paterson no era un chamarilero ni un vendeburras cualquiera, su valía en los negocios le precedía, pero el aura del iluminado le siguió de cerca. Había nacido en 1658 en la región de Dumfries y Galloway en el sur de Escocia -una localidad donde el no a la independencia ganó el pasado jueves con un 65%- y había triunfado en los negocios, erigiéndose como fundador del Banco de Inglaterra en 1694. Como patriota ambicionaba con su astucia sacar de una dura depresión económica a un país que amontonaba vagabundos en sus ciudades y en el que el hambre causaba estragos.

La combinación era nefasta: un respetable hombre de negocios con la solución para un pueblo acuciado por la necesidad. Cuando fundó en 1695 la Compañía de Comercio de Escocia con África y las Indias, que acabaría de dar forma al sueño de otra independencia, la que sólo proporciona la riqueza, llovieron los inversores de toda condición. Reunió 400.000 libras de la época, tanto de personas pudientes como de humildes que invirtieron todos sus ahorros.

Los inversores escoceses 'vendieron' su país por 398.000 libras, que cubrieron las pérdidas del negocio.
Los voluntarios tampoco escasearon: 1.200 para la primera expedición, que consistió en cuatro navíos que partieron el 4 de julio de 1698 del Leigh Port, y otros 1.300 en la segunda, un año después. Pero el paraíso no esperaba a los aventureros al otro lado del océano. Ni el lugar elegido era idóneo para la construcción de la Nueva Edimburgo, ni estaban preparados para el clima caribeño. «Un miserable pantano inútil tanto para una fortificación como para cultivo, ni siquiera como lugar donde echarse a descansar», escribiría un abatido Paterson.

Pronto comenzaron a sufrir el intenso calor y las torrenciales lluvias y con ellas las enfermedades. No tenían qué comer, ni medios para obtener alimentos. Para empeorar las cosas, no hubo ni rastro del maná: los barcos cargados con mercancías no aparecieron. Cualquier atisbo de red comercial estaba por hacer. La trampa se cerró cuando tuvieron que enfrentarse al resto de la pesadilla. Inglaterra prohibió a todas sus colonias de Ultramar comerciar con Nueva Caledonia. Cinco años antes habían vetado a sus ciudadanos invertir en la nueva aventura por la amenaza que representaba para la Compañía de las Indias Orientales. España, por su parte, estudió enviar una expedición de combate por haber ocupado un territorio que figuraba como parte de la Corona. Cuando supieron la noticia los colonos emprendieron la huida aterrados.

Los primeros seis meses murieron cerca de 300: unos 70 durante la travesía y el resto por las enfermedades. La tasa se elevó a uno cada 10 días en marzo. De los barcos que intentaron regresar a Escocia, sólo llegó uno, el Caledonia, con Paterson a bordo, que había perdido a su mujer.

Otros 1.300 incautos

Entretanto, otros 1.300 futuros colonos de la miseria embarcaban en una nueva expedición, incautos del destino de sus compatriotas. Cuando contemplaron las ruinas devoradas por la jungla intentaron reconstruir el sueño. Para evitar la amenaza de incursiones de España decidieron atacar el fuerte de Toubacanti, alcanzando una pequeña victoria.

La acción determinó a la corte del menguante Carlos II a tomar cartas en el asunto. Envió una flota de guerra a Nueva Caledonia y le dio la puntilla al asentamiento con un asedio de más de un mes. Se rindieron en abril de 1700. En menos de dos años todo había terminado. Del total de 2.500 sólo sobrevivió un centenar. El dinero se desvaneció con su fracaso.

El comercio de ultramar había atrapado la imaginación de los escoceses porque era clave en los siglos XVII y XVIII. La economía giraba en torno a los productos y materias primas que circulaban con destino a Europa desde las colonias explotadas con esclavos. Sólo fueron convidados al boyante negocio, antes en exclusividad para los ingleses, cuando renunciaron a su independencia siete años después del desastre. Las consecuencias de la aventura de Darién habían sido una losa, las pérdidas en recursos humanos y financieros les hundieron hasta que aceptaron la ayuda inglesa, un proyecto que acariciaba el reina Ana, que había sucedido a Guillermo en 1702.

Escocia se integró en el que acabaría por convertirse en el flamante Imperio Británico del siglo XIX, la potencia hegemónica de los mares. El nuevo Reino Unido les proporcionó nuevas oportunidades. Puede que ahora se repita la historia, un fracaso que reporte beneficios para ambos países como ha anunciado Londres.
“La rapada de Chartres” retratada por Robert Capa se llamaba Simone Touseau

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HELENA Y ÁNXEL 17 DE ENERO DE 2013


La joven que ocupa el centro visual de la foto es Simone Touseau. Tiene 23 años y lleva en brazos a su hijo, un bebé de menos de un año. Antes del paseo público de escarnio y venganza a Simone le habían rapado el pelo al cero y marcado la frente con un hierro candente. El pueblo la acusaba de “colaboración horizontal” con los nazis, es decir, de haber mantenido relaciones sexuales con un militar alemán en los años de la ocupación de Francia.

Un paso frente a la muchacha, con boina y una bolsa de tela, camina su padre, George Touseau. Tras él, semioculta, también rapada a la fuerza, marcha su esposa, Germaine, madre de Simone. Toda la familia es sometida a la humullación.

La fecha y el lugar son conocidos: tarde del miércoles 18 de agosto de 1944 en la calle Beauvais (que en la actualidad se llama Docteur Jacques de Fourmestraux) de Chartres, la ciudad francesa de la prefectura del Loira que goza de la bien merecida fama de una catedral gótica iluminada por un conjunto de vidrieras —considerado por algunos como el más bello de Europa— donde una virgen “linda, rubia y con los ojos azules”, como dicen con orgullo los hijos del pueblo, propone los méritos de grandeza, humildad, pureza, compasión, experiencia, serenidad, tristeza, sonrisa y majestad. En la foto, tomada muy cerca del templo, no hay un ápice de ninguno de esos valores. La imagen, sin gota de piedad, es la de una purificación por la vía del escarmiento.

Quizá ya se hayan percatado ustedes de que el momento es coincidente con la liberación de París. El fotógrafo había entrado en Francia diez semanas antes, el 6 de junio de 1944, incrustado en las tropas estadounidenses que desembarcaron en la Playa de Omaha, en la operación militar de Normandía que precipitó la caída de Hitler. El reportero, asignado por la revista Life, estaba a punto de cumplir 30 años y, aunque se llamaba Endre Friedmann Erno, todos le conocían como Robert Capa.

La foto, que ha sido llamada La Tondue de Chartres (La rapada de Chartres), tiene el don de la oportunidad que le sobraba a Capa, al que avisaron de la celebración en Chartres de juicios populares y sin garantías en contra personas acusadas de haber colaborado o mantenido relaciones con los nazis. El reportero salió corriendo con una cámara Contax. No llegó a tiempo para asistir a varias ejecuciones sumarias in situ, ni al trabajo de un peluquero local que rapó a doce mujeres que ejercieron, según el tribunal del porpulacho, la “colaboración horizontal”, pero hizo la foto de Simone Touseau, su hijo y sus padres acompañados por la turbamulta de adultos y niños. La imagen dió la vuelta al mundo.

Gérard Leray y Philippe Frétigné, vecinos de Chartres, quieren reconstruir los detalles de una imagen demasiado cargada de emoción irracional. Gracias a ellos sabemos que la chica rapada había trabajado como intérprete para el ejército nazi desde 1941 y que se había liado con un soldado, del que sólo conocemos el nombre de pila: Erich. Cuando él, destinado al frente del este, resultó herido en combate, Simone se trasladó a Munich para acompañarlo en la convalencencia. Fue en la ciudad bávara donde se quedó embarazada. Dedicidió regresar a Francia en 1943. Tanto la chica como sus padres, según las acusaciones verbales de algunos vecinos, simpatizaban con el Partido Popular Francés del filonazi Jacques Doriot.

Madre e hija fueron internadas en la cárcel y juzgadas, esta vez con garantías procesales, en un proceso por traición que sólo concluyó en 1947. La sentencia condenó a Simone a diez años de degradación nacional, la figura punitiva establecida tras la guerra que dejaba sin derechos y convertía en ciudadanos de segunda a los colaboracionistas. Simone se entregó a la bebida y murió en 1966, a los 44 años. El bebé al que lleva en sus brazos en la foto vive todavía en Chartres, pero ha cambiado de identidad.

La foto, de una crueldad porosa y eterna, abre algunas líneas de debate sobre las irracionalidad de la justicia popular y la necesidad de cabezas de turco que justifiquen los pecados colectivos. Casi siempre, como resulta revelador, se trata de personas débiles. Alguien ha señalado, no sin razón, el contraste del caso de Simone Touseau con los de, por ejemplo, Maurice Chevalier y Édith Piaf, que cantaron para los alemanes ocupantes; Pablo Picasso, que siguió residiendo, pintando y vendiendo óleos en su apartamento parisino durante buena parte de la ocupación nazi; el cineasta Marcel Carné, que no dejó de rodar películas, o la mecenas millonaria Gertrude Stein, que no se cortó un pelo (¡y era judía!) en mostrar su admiración por Hitler.

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Lo peor de la foto es ver la sonrisa de satisfacción de mujeres y niños ante una escena tan desagradable. Tuvo que ser algo similar al desfile sambenito, de condenados por la inquisición, en el que le colocaban capirotes y les hacían desfilar por plazas y calles. No basta con condenar al acusado, hay que humillarlo.

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Anfitrión escribió:
NWOBHM escribió:¿ @Quintiliano eres tú ? Abandona ese cuerpo!!!

Nah, le faltan lentejas y algún Ramon y Cajal para ser el.


y magnesio. falta magnesio. :-P

muy interesante este hilo. hay cientos de estas historias. la mayoria ya las habia leido alguna vez.
dinodini escribió:“La rapada de Chartres” retratada por Robert Capa se llamaba Simone Touseau

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HELENA Y ÁNXEL 17 DE ENERO DE 2013


La joven que ocupa el centro visual de la foto es Simone Touseau. Tiene 23 años y lleva en brazos a su hijo, un bebé de menos de un año. Antes del paseo público de escarnio y venganza a Simone le habían rapado el pelo al cero y marcado la frente con un hierro candente. El pueblo la acusaba de “colaboración horizontal” con los nazis, es decir, de haber mantenido relaciones sexuales con un militar alemán en los años de la ocupación de Francia.

Un paso frente a la muchacha, con boina y una bolsa de tela, camina su padre, George Touseau. Tras él, semioculta, también rapada a la fuerza, marcha su esposa, Germaine, madre de Simone. Toda la familia es sometida a la humullación.

La fecha y el lugar son conocidos: tarde del miércoles 18 de agosto de 1944 en la calle Beauvais (que en la actualidad se llama Docteur Jacques de Fourmestraux) de Chartres, la ciudad francesa de la prefectura del Loira que goza de la bien merecida fama de una catedral gótica iluminada por un conjunto de vidrieras —considerado por algunos como el más bello de Europa— donde una virgen “linda, rubia y con los ojos azules”, como dicen con orgullo los hijos del pueblo, propone los méritos de grandeza, humildad, pureza, compasión, experiencia, serenidad, tristeza, sonrisa y majestad. En la foto, tomada muy cerca del templo, no hay un ápice de ninguno de esos valores. La imagen, sin gota de piedad, es la de una purificación por la vía del escarmiento.

Quizá ya se hayan percatado ustedes de que el momento es coincidente con la liberación de París. El fotógrafo había entrado en Francia diez semanas antes, el 6 de junio de 1944, incrustado en las tropas estadounidenses que desembarcaron en la Playa de Omaha, en la operación militar de Normandía que precipitó la caída de Hitler. El reportero, asignado por la revista Life, estaba a punto de cumplir 30 años y, aunque se llamaba Endre Friedmann Erno, todos le conocían como Robert Capa.

La foto, que ha sido llamada La Tondue de Chartres (La rapada de Chartres), tiene el don de la oportunidad que le sobraba a Capa, al que avisaron de la celebración en Chartres de juicios populares y sin garantías en contra personas acusadas de haber colaborado o mantenido relaciones con los nazis. El reportero salió corriendo con una cámara Contax. No llegó a tiempo para asistir a varias ejecuciones sumarias in situ, ni al trabajo de un peluquero local que rapó a doce mujeres que ejercieron, según el tribunal del porpulacho, la “colaboración horizontal”, pero hizo la foto de Simone Touseau, su hijo y sus padres acompañados por la turbamulta de adultos y niños. La imagen dió la vuelta al mundo.

Gérard Leray y Philippe Frétigné, vecinos de Chartres, quieren reconstruir los detalles de una imagen demasiado cargada de emoción irracional. Gracias a ellos sabemos que la chica rapada había trabajado como intérprete para el ejército nazi desde 1941 y que se había liado con un soldado, del que sólo conocemos el nombre de pila: Erich. Cuando él, destinado al frente del este, resultó herido en combate, Simone se trasladó a Munich para acompañarlo en la convalencencia. Fue en la ciudad bávara donde se quedó embarazada. Dedicidió regresar a Francia en 1943. Tanto la chica como sus padres, según las acusaciones verbales de algunos vecinos, simpatizaban con el Partido Popular Francés del filonazi Jacques Doriot.

Madre e hija fueron internadas en la cárcel y juzgadas, esta vez con garantías procesales, en un proceso por traición que sólo concluyó en 1947. La sentencia condenó a Simone a diez años de degradación nacional, la figura punitiva establecida tras la guerra que dejaba sin derechos y convertía en ciudadanos de segunda a los colaboracionistas. Simone se entregó a la bebida y murió en 1966, a los 44 años. El bebé al que lleva en sus brazos en la foto vive todavía en Chartres, pero ha cambiado de identidad.

La foto, de una crueldad porosa y eterna, abre algunas líneas de debate sobre las irracionalidad de la justicia popular y la necesidad de cabezas de turco que justifiquen los pecados colectivos. Casi siempre, como resulta revelador, se trata de personas débiles. Alguien ha señalado, no sin razón, el contraste del caso de Simone Touseau con los de, por ejemplo, Maurice Chevalier y Édith Piaf, que cantaron para los alemanes ocupantes; Pablo Picasso, que siguió residiendo, pintando y vendiendo óleos en su apartamento parisino durante buena parte de la ocupación nazi; el cineasta Marcel Carné, que no dejó de rodar películas, o la mecenas millonaria Gertrude Stein, que no se cortó un pelo (¡y era judía!) en mostrar su admiración por Hitler.

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Lo peor de la foto es ver la sonrisa de satisfacción de mujeres y niños ante una escena tan desagradable. Tuvo que ser algo similar al desfile sambenito, de condenados por la inquisición, en el que le colocaban capirotes y les hacían desfilar por plazas y calles. No basta con condenar al acusado, hay que humillarlo.

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Muchas gracias. Este va a ser un magnífico ejemplo para todos aquellos tentados de que las turbas tengan el más mínimo poder decisorio
GXY escribió:
muy interesante este hilo. hay cientos de estas historias. la mayoria ya las habia leido alguna vez.


Postea alguna interesante de conocer qué no se haya puesto aún por aquí.
https://www.eldiario.es/economia/duque- ... 80228.html

Historia del primer pelotazo inmobiliario en España: El Duque de Lerma


Mano derecha de Felipe III, le convenció de cambiar la capital de Madrid a Valladolid, pero antes compró allí terrenos y palacios a precio de saldo que vendió con grandes plusvalías. Cinco años después repitió la operación antes de volver a establecer la Corte en Madrid

Pasó de defender (interesadamente) a los moriscos a promover su expulsión cuando le compensaron por ello, una decisión con efectos económicos catastróficos en algunas regiones

Acabó cayendo en desgracia y se ordenó cardenal para escapar de ser ajusticiado por su discípulo y sucesor, el conde-duque de Olivares


El Jesús Gil del siglo XVII

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Comprar un terreno, empresa o propiedad y ver cómo se multiplica su valor en poco tiempo puede ser cuestión de suerte o de olfato para los negocios. Pero también puede deberse al acceso a información privilegiada o incluso a tener el poder suficiente como para manipular la realidad y las políticas a conveniencia.

Es lo que hizo Francisco de Sandoval y Rojas (Tordesillas, 1553 – Valladolid, 17 de mayo de 1625), duque de Lerma, en pleno Siglo de Oro. Adquirió medio Valladolid por poco dinero. Después, convenció al Rey Felipe III para que trasladara allí la capital del Reino (con la excusa de los peligros de la peste y la insalubridad de Madrid). Entonces, vendió a los cortesanos y a la propia Corona los terrenos y palacios en Valladolid a un precio muy superior al que él había pagado cuando era una ciudad más.

Pero no se detiene ahí. Con el cambio, los precios se desploman en Madrid. En ese momento empieza a comprar propiedades aquí a precio de saldo. Cinco años más tarde vuelve a persuadir a Felipe III de la necesidad de un traslado y regresan a Madrid con todo el séquito de nobles y funcionarios (se calcula que se habían trasladado entre 10.000 y 15.000 personas, según relata la web Madrid Villa y Corte).

Antes, la que todavía hoy es la capital había hecho un "donativo" de 250.000 ducados a la Corona que el propio Lerma se embolsó en parte. En total, distintas fuentes calculan que el noble compró propiedades por 80.000 maravedíes y obtuvo 55 millones en estas operaciones. Es el primer "pelotazo" urbanístico a gran escala del que se tiene noticia en España, del que se desconoce qué grado de conocimiento o implicación tenía el propio Rey.

"Hay que verlo con los ojos de la época", justifica Claudio García, técnico de la Oficina de Turismo de Lerma. Sin duda Sandoval (primer apellido del duque) no era el primer ni el último noble que se aprovechaba de su posición, pero su caída en desgracia final favoreció que haya pasado a la historia como el gran especulador que fue. Aunque según algunos estudiosos simplemente fue víctima de una gran conspiración para desacreditarle por parte de sus enemigos, entre los que se contó su propio hijo.

El duque de Lerma fue un personaje todopoderoso, fascinante y corrupto que vivió entre los siglos XVI y XVII. Era el hombre de confianza del Felipe III, un rey abúlico y poco centrado en asuntos de Estado, que decidió delegar el poder político en el duque, su valido, 24 años mayor que él. "Le llevaba de la mano donde quería", dice García sobre el influjo de Sandoval en un rey interesado sobre todo en la caza, el teatro y los juegos de mesa.

"Hoy se llamaría tráfico de influencias. Siempre se le ha visto como al más especulador de la Historia. Es verdad que se aprovechó de su posición, pero no es un político actual: no representa al pueblo, sino a su casa nobiliaria, y su obligación era enriquecerla", afirma Gustavo Peña, también técnico de turismo en Lerma.

Caída en desgracia
En 1607 se había producido una suspensión de pagos por parte de la Hacienda Real, que no era capaz de hacer frente a la devolución de la deuda. Este deterioro económico aún más acusado por la expulsión de los moriscos fue clave para la caída en desgracia del duque. La Reina Margarita, esposa de Felipe III, propicia un proceso para investigar la corrupción del duque de Lerma al que rápidamente se incorporan declarándose como perjudicados nobles y personalidades de la época.

En 1621, el mismo año que muere Felipe III, Rodrigo Calderón de Aranda, principal colaborador y testaferro de Sandoval, es torturado y posteriormente ajusticiado en la Plaza Mayor de Madrid acusado de delitos tan diversos como enriquecimiento ilícito, brujería y asesinato. A la sombra del duque de Lerma había acumulado enormes riquezas y odios, casi tantos como su valedor.

En este contexto, y acorralado por enemigos como su propio hijo, el Duque de Uceda, que aspiraba a sucederle, Lerma solicitó a Roma y obtuvo en 1618 el capelo cardenalicio. La inmunidad que le confirió este cargo le sirvió para escapar de la cárcel o el cadalso. Este giro de los acontecimientos inspiró unas coplas populares: "Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se viste de colorado".

Su hijo es nombrado valido, con apoyos como el del conde-duque de Olivares, que empezó siendo uno de los hombres de Sandoval hasta que decidió cambiar al bando ganador del vástago. Más tarde Olivares le arrebató el cargo y fue el poderoso valido de Felipe IV.

El duque de Lerma sufrió un breve destierro en Tordesillas y acabó sus días en Valladolid a los 72 años, no sin antes conspirar, sin éxito, para obtener un cargo de más importancia y remuneración en la diócesis de Toledo.
Hiroo Onoda, la historia del último soldado japonés en la IIGM que se rindió... en 1974

Onoda quedó escondido con otros tres soldados en la isla de Lubang, donde estuvo luchando oculto durante varias décadas... hasta que su superior le dio la orden de deponer las armas


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Foto: Momento en el que Hiroo Onoda entrega su espada en 1974 en señal de rendición. (Reuters)



Por Rubén Rodríguez
17/08/2020 - 13:23 Actualizado: 17/08/2020 - 18:12

Corría el 9 de marzo de 1974 y parecía ser un día más en Filipinas. Sin embargo, esa fecha sería recordada como uno de los capítulos más extraño de la historia y, en concreto, de la Segunda Guerra Mundial. Aunque pueda parecer mentira, casi veinte años después del fin del conflicto bélico seguía existiendo un soldado japonés oculto en plena jungla que seguía luchando por el honor de su país, creyendo que sus superiores irían a buscarle allá donde quedó oculto en el país en el que estaba destinado cuando comenzó la guerra. Esta es la increíble historia de Hiroo Onoda. Nacido en Kamegawa el 19 de marzo de 1922, Onoda comenzó a trabajar con solo 17 años como obrero en la China ocupada por el ejército imperial, pero solo tres años después iba a cambiar su vida diametralmente. Con solo 20 años, tras conocer que Estados Unidos había entrado en la Segunda Guerra Mundial, Hiroo Onoda no dudó en alistarse en el ejército. Tras dos años de entrenamiento, fue enviado en 1944 a la isla filipina del Lubang. Allí comenzó su misión en el conflicto bélico, pero lo que no sabía es que realmente iba a vivir toda una vida escondido en plena jungla por una cuestión de honor y de respeto hacia su país.


Cuando llegó a Filipinas, la misión principal que Onoda recibió fue tratar de destruir todas las instalaciones y comunicaciones tanto marítimas como aéreas de la isla de Lubang. Durante varios meses, ese fue su cometido principal hasta que, repentinamente, sus superiores cambiaron las órdenes: ya no había que debilitar al enemigo, el objetivo principal no era otro más que preparar la evacuación de todas las tropas japonesas de la isla. Sería en febrero de 1945 cuando los norteamericanos llegaron a Filipinas, momento en el que se acabó con la resistencia de las tropas niponas: los que no se habían marchado, fueron detenidos por EEUU. Sin embargo, Onoda recibió una extraña orden: el mayor Yoshimi Taniguchi, jefe de este lugarteniente, le ordenó que se escondiera en la isla y que siguiera luchando hasta el final de su vida, prometiéndole que en algún momento volverían para rescatarlo. Dicho y hecho, Onoda se escondió en la jungla con otros tres soldados japoneses, cuyo objetivo principal pasó a ser hacer pequeños actos de sabotaje. Así, aunque la Segunda Guerra Mundial acabó oficialmente en septiembre de 1945, un pequeño grupo de cuatro soldados continuaban luchando por Japón escondidos en Filipinas.

Y Japón, consciente de que contaba con numerosos grupos de soldados como el de Onoda repartidos por diversos puntos del planeta, comenzó una campaña de comunicación para hacer saber a sus soldados que había terminado la guerra. Onoda recibió la noticia, pero no se la creyó, pensando que se trataba de propaganda norteamericana para acelerar su rendición. Por esa razón, siguieron robando alimentos, saboteando puntos estratégicos y eliminando enemigos. Se calcula que el grupo de Onoda acabó con la vida de unos 35 aldeanos. Sería en el año 1950 cuando uno de los tres soldados a las órdenes de Onoda decidió huir de su grupo y entregarse a las fuerzas filipinas, creyendo que efectivamente había acabado la contienda. Tras dar a conocer la existencia de su grupo, los soldados filipinos no dudaron en buscar a los otros tres refugiados, y no sería hasta 1954 cuando conseguirían abatir a otro de los miembros de este comando. Increíblemente, sería en 1972 cuando las fuerzas armadas consiguieron también acabar con la vida del tercero de los soldados, quedando solo vivo Onoda, oculto en la jungla.

Un descubrimiento histórico
En 1974, un japonés llamado Norio Suzuki, amante de este tipo de historias, decidió emprender un viaje hacia Filipinas para tratar de descubrir si Onoda existía o no y no solo lo descubrió, sino que fue capaz de encontrarle. Tras comunicarle que la Segunda Guerra Mundial había acabado casi 30 años antes, el soldado nipón se negó a abandonar el lugar hasta que su superior diera la orden. Por esa razón, Suzuki tuvo que volver a Japón en busca del mayor Taniguchi, a quien llevó a Filipinas para dar la orden: 'Soldado, deponga las armas, la guerra ha terminado'. Tres décadas después, Onoda regresaba a Japón, donde comprobó con estupor que aquel país que había dejado en 1939 había cambiado por completo: rascacielos, vehículos, tecnología, calles abarrotadas… Su país había perdido los tradicionales valores y había pasado a ser más materialista, algo que no fue capaz de asimilar. Esta situación le llevó a decidir irse a vivir a Brasil, donde estuvo trabajando durante unos años como granjero e incluso llegó a casarse. Solo unos años después, decidió volver a intentar iniciar una vida en su país. De vuelta en Japón, decidió sacar provecho de su vivencia durante la Segunda Guerra Mundial. Así, en primer lugar, creó una escuela de supervivencia enfocada hacia los más jóvenes, donde les enseñó todo tipo de técnicas que él utilizó durante más de tres décadas para sobrevivir en los lugares más peligrosos y solitarios del mundo; poco después, decidió escribir una autobiografía llamada 'Sin rendición: mi guerra de 30 años', en la que contaba su experiencia vital; e incluso llegó a inspirar una película llamada 'El último soldado imperial'. En 2014, con 91 años, fallecía Onoda, el soldado japonés que se rindió 30 años después de que lo hiciera su país.
Magnifico hilo. Le seguiré
Se echan de menos hilos así en Misce. Siempre me impresionó la historia de la fragata Medusa, y me perturbó el cuadro. Seguiré este hilo.
Bokassa I, el último emperador de Africa



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En su coronación gastó unos 20 millones de dólares de los años 70 y que era el equivalente a una cuarta parte del PIB del país y a pesar de las numerosas invitaciones cursadas a diversos jefes de Estado, tan solo el primer ministro de Mauricio, un pequeño Estado insular del océano Índico, asistió al evento.


Alfred Lopez
4 de marzo de 2014

Nuestro planeta ha contado a lo largo de toda la Historia con una serie de personas que al llegar a los cargos más importantes de sus respectivos países se convirtieron en personajes extravagantes, tiranos o sumamente peculiares. Las excentricidades de algunos de ellos han dado tanto de sí que se han llegado a escribir centenares de libros, artículos e incluso guiones cinematográficos.

La mayoría de estos personajes, tal y como han llegado al poder, se autonombran con un pomposo título que les haga destacar por encima de los demás, aparte de realizar una serie de actos que dejaba entrever que algo no estaba bien en la cabeza de dicho individuo.

Como es conocido, la gran mayoría han pasado a la posteridad por ser unos dictadores déspotas y llenos de caprichos. Sin ir más lejos en España, el General Franco se autoproclamó pomposamente como ‘Caudillo por la Gracia de Dios’, siendo uno de esos símbolos de extravagancia que le caracterizó el iracompañado a todos lados con una reliquia que contenía la mano incorrupta de Santa Teresa de Jesús, debido a la profunda religiosidad y superstición que padecía.


Pero casos de excentricidades en los mandatarios hay cientos y el que hoy os traigo al Cuaderno de Historias es uno de los que más estragos hizo durante las dos décadas que gobernó su país: Jean-Bédel Bokassa.

Llegó al poder mediante un golpe de Estado que dio el 1 de enero de 1966 en la, por aquel entonces, colonia francesa del Congo , deponiendo al presidente David Dacko y liderando el país como dictador absoluto. Lo curioso del caso es que su golpe fue apoyado desde el gobierno de George Pompidou y posteriormente por el de Valéry Giscard d'Estaing, del que se hizo amigo personal e invitó a su palacio en más de una ocasión.

Este beneplácito desde el Palacio del Elíseo facultó a Bokassa para sentirse cada vez más poderoso, lo que lo llevó una década más tarde a autocoronarse como Emperador del Imperio Centroafricano (nombre con el que rebautizó país).

Su coronación la copió milimétricamente a la que había realizado Bonaparte cuando se coronó como Napoleón I. Bokassa organizó unas fatuas celebraciones llenas de lujo y derroche, mientras la inmensa mayoría de los habitantes del país se estaban muriendo de hambre por culpa de la miseria por la que pasaban.

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Una celebración en las que se gastó aproximadamente unos 20 millones de dólares de los años 70 y que era el equivalente a una cuarta parte del PIB del país.

Pero cuanto más poderoso se sentía más crueldad y represión ejercía sobre su pueblo, aniquilando familias enteras tan solo porque uno de sus miembros era opositor al régimen. Lo que también iba en aumento era su excentricidad… se hizo hacer un inodoro de oro macizo en el que se sentaba para realizar sus deposiciones.

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El vestuario, capas, corona y toda la parafernalia que tenía también era de lo más extravagante.

A pesar de todos los abusos de poder que ejercía, desde Francia permanecían callados y le dejaban hacer. Giscard d'Estaing de vez en cuando lo visitaba, iban a cazar juntos e incluso recibía algún que otro regalo en forma de diamante.

La buena relación con Bokassa era esencial para los franceses, ya que el Imperio Centroafricano les proporcionaba gratuitamente el uranio que tanta falta les hacía para llevar a cabo su programa nuclear, debido a que en aquella época la Guerra Fría estaba en uno de sus momentos más álgidos.

Hacia finales de los años 70 comenzó a extenderse el rumor que apuntaba al canibalismo del emperador Bokassa y múltiples eran las leyendas que explicaban cómo solicitaba a sus cocineros que le preparasen para comer restos humanos de enemigos que había mandado ejecutar.



Se creó alrededor de este excéntrico mandatario toda una serie de mitos e historias a cuál más increíble, no pudiéndose demostrar la mayoría de ellas, aunque muchas estaban en el boca a boca de los centroafricanos. Tomó a 17 mujeres como esposas, con las que tuvo un total de 55 hijos y su palacio estaba lleno de riquezas y elementos realizados en oro macizo.

La cada vez mayor impopularidad de Bokassa y el hecho de no tener un respaldo internacional sólido provocó que el gobierno francés tuviese que dejar de prestarle el apoyo incondicional que hasta aquel momento había tenido con él. Pocos eran los que abiertamente sí habían mostrado sus simpatías por el dictador, pero no se trataba de los aliados más adecuados: Videla por parte de Argentina, Ceausescu en Rumanía o Gadaffi por Libia.

Uno de los actos más despreciables realizados por Bokassa fue cuando ordenó asesinar a un centenar de escolares, de entre 8 y 16 años, que se habían negado a vestir un uniforme escolar que él mismo había diseñado. Esto animó a los franceses a intervenir y poner fin a los excesos del dictador.

Mientras estaba visitando Libia en un viaje oficial, el 20 de septiembre de 1979, se dio un golpe de Estado con la ayuda del ejército francés que derrocó al dictador, volviendo a colocar como presidente a David Dacko.

Aunque consiguió huir y no ser apresado, decidió volver al país en 1986 con la intención de presentarse a las elecciones, siendo detenido y juzgado entre otras cosas por asesinato, tiranía y apropiación indebida de grandes sumas de dinero del erario público.

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A pesar de que en un principio también constaba la acusación de canibalismo, ésta tuvo que ser retirada por la fiscalía por falta de pruebas concluyentes, quedando como un simple rumor todo aquello que se decía respecto al tema.

Fue condenado a muerte, pero posteriormente se le conmutó la pena por la de cadena perpetua y posteriormente por la de 20 años de prisión. Falleció en 1996 e incomprensiblemente se le organizó un funeral de Estado con la misma pomposidad con la que vivió.

Extensión del Imperio centroafricano, con 3 millones de habitantes (1976):

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Muy interesante el hilo [beer]
La fotografía más famosa de la historia de la Ciencia: la Conferencia Solvay


Publicado por ^DiAmOnD^ | 28 febrero, 2007

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A lo largo de la historia de la Ciencia ha habido muchas reuniones de científicos de todas las ramas que la componen. De entre todas ellas ha habido muchas en las que han coincidido grandes genios y muchas de ellas han pasado o pasarán a la historia. Un buen ejemplo de ello es el ICM 2006 celebrado en Madrid el año pasado. En él se produjo la consagración definitiva de Terence Tao, entre otros, como matemático de talla mundial. Pero probablemente el hecho que hará que este congreso pase a la historia de la Ciencia sea la confirmación de la demostración de la conjetura de Poincaré por parte de Grigori Perelman y el rechazo de la medalla Fields por parte del matemático ruso.

Pero aun con estos condicionantes esta reunión de matemáticos no es la que podríamos considerar como la más importante de la historia de la Ciencia. De hecho podemos decir sin miedo a equivocarnos que, al menos hasta al día de hoy, la reunión de científicos que ostenta esa posición de privilegio es la quinta Conferencia Solvay, organizada, al igual que las cuatro anteriores, por el químico belga Ernest Solvay.

Las conferencias Solvay comenzaron en 1911 y la última de ellas tuvo lugar en 2005. La quinta conferencia, la que ocupa este post, data de octubre de 1927. Su temática fue Electrones y fotones. En esta reunión podemos encontrar a Albert Einstein, a Niels Bohr o a los padres de la recién nacida en aquellos tiempos mecánica cuántica, entre los que podemos destacar a Werner Heisenberg y a Erwin Schrödinger. Simplemente con estos asistentes la reunión ya habría pasado a la historia como una de las más importantes de todos los tiempos, pero aún hay más. A ella asistieron 29 científicos, de los cuales 17 habían sido o acabaron siendo premios Nobel.

De ella se conserva esta foto en la que aparecen todos los asistentes. Dada la importancia de todos ellos esta foto está considerada como la fotografía más importante y famosa de la historia de la Ciencia:

Quinta conferencia Solvay

Asistentes:

Fila superior: A. Piccard, E. Henriot, P. Ehrenfest, Ed. Herzen, Th. De Donder, E. Schrödinger, J.E. Verschaffelt, W. Pauli, W. Heisenberg, R.H. Fowler, L. Brillouin

Fila intermedia: P. Debye, M. Knudsen, W.L. Bragg, H.A. Kramers, P.A.M. Dirac, A.H. Compton, L. de Broglie, M. Born, N. Bohr

Fila inferior: I. Langmuir, M. Planck, Marie Curie, H.A. Lorentz, Albert Einstein, P. Langevin, Ch. E. Guye, C.T.R. Wilson, O.W. Richardson

Como podréis comprobar a tenor de los genios que podemos ver en la fotografía no exageramos para nada cuando decimos que se considera esta reunión como la más importante de la historia.

Pero hay más. Irving Langmuir, premio Nobel de Química 5 años años después, en 1932, grabó imágenes de este acontecimientos. El vídeo se conserva y lo podéis ver en Youtube en este enlace.



Y como no podía ser de otra forma terminamos el artículo comentando una anécdota de esta reunión. Aquí está:

La anécdota de aquel encuentro la protagonizaron las dos figuras de la época: Einstein y Bohr. Cuando ambos discutían sobre el principio de incertidumbre de Heisenberg, el primero hizo su famosa objeción:

«Dios no juega a los dados»

a lo que Bohr replicó:

«Einstein, deja de decirle a Dios lo que debe hacer»
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