El anciano

Cuando el anciano, de aspecto frágil, gritó, un latigazo de odio partió la habitación en dos. Era un hombre enjuto, de frente alargada y cabello lechoso, sin embargo, su interior era muy distinto a su apariencia. Su corazón había dejado de latir hacía mucho tiempo a causa de la enfermedad que padecía, y en consecuencia, sus pulmones dejaron de oxigenar sus arterias saturadas de colesterol.
Mucho tiempo; demasiado quizá, había pasado desde que pronunció su última palabra de amabilidad. El tiempo, aparentemente neutral, hizo que los vocablos afectuosos cogieran polvo en la trastienda, lustrando solo las palabras ofensivas para que siempre estuvieran listas para salir.
Es por ello que cuando el anciano de aspecto frágil, gritó, un latigazo de odio partió la habitación en dos retumbando en las paredes. Habían sido mucho años cultivándose en aquella disciplina. Muchos años; demasiados quizá, habían pasado desde que articulara el último vocablo agradable.
En todos aquellos años aparecieron niños, que se convirtieron a su vez en padres; que a su vez se convirtieron en abuelos. ¿Qué cambiaría una bisnieta? ¿Qué podría haber cambiado por nea nueva criatura rebosante de inocencia? ¿Qué se suponía que podía hacer ella?
Lo que se podía esperar. La pequeña empezó a sollozar. No conocía a ese hombre que la había hecho llorar. Tampoco sabía mucho de las personas a las que había hecho llorar antes. El anciano volvió a gritar, y la niña salió corriendo de la habitación en busca de sus padres; los nietos del anciano.
El hombre se había ido envenenando lentamente a medida que pasaba el tiempo: una palabrota por allí, un improperio por allá, pensamientos impuros y envidia. Su confianza fue creciendo a la vez que su carisma lo abandonaba. Se sentía cómodo al ver amedrentarse a los que le habían faltado el respeto anteriormente. Algo malo estaba sucediéndole, lo sabía; pero no le importaba. Ese nuevo «yo» era mucho mejor que el anterior, pensaba.
Tuvo hijos a los que quiso a su manera. Siempre pendiente para recriminarles cuando hacían algo mal, aunque asimismo nunca recibieron ningún elogio cuando lo merecían. Estos hijos tuvieron a su vez sus respectivos hijos con la esperanza de que un nieto despertaría la compasión del anciano, y volvería a ser el cariñoso hombre que un día fue. Dicha figura no era más que una historia que les contaba su madre antes de dormirlos algunas noches. Unas palabras que habían caído en el olvido a la vez que crecían y maduraban. Aquél que querían recuperar solo era un hombre que conocían por los relatos de su madre; un personaje, una ilusión que les daba esperanzas. Los nietos recibieron sino el mismo trato, uno peor, e inspirados por sus padres tuvieron retoños, confiando que una bisnieta despertaría de una vez por todas el aletargado corazón del anciano.
Lo que ellos desconocían es que el corazón había dejado de latirle por culpa de una enfermedad autoinmune. Y que nada de lo que ellos intentaran lo podría nunca curar.
Cuando la pequeña peonza corrió a los brazos de sus padres las comisuras del anciano se arquearon. Tosió virulentamente, sin borrar en ningún momento, la sonrisa de triunfo que formaban unos labios de papel de fumar.

Adjuntos

Este relato resulta muy cercano, me resulta muy cercano. He conocido gente así, que como bien explicas, aumenta la confianza y abandona su carísma.
Y ese final lo veo cada domingo en casa de mis abuelos :) :)

Un saludo, me ha gustado.
Jo, a mí este anciano me da algo de penita. Y es que a mí las personas mayores (por lo general) me transmiten algo especial. Quizá por su sabiduría de tantos años vividos, quizá por todo lo contrario, por no haber vivido esos años de la manera intensa que debían haberlos vivido pero claro...a saber cómo fueron sus vidas, a saber cómo fue la vida y el entorno de este anciano para convertirse en un hombre arisco y solitario. ¿Querría vivir de manera solitaria? Tal vez sí o tal vez optó por ello.

Lo que más me gusta de este escrito son las descripciones físicas y psicológicas que haces del anciano. Creo que están bien hechas pues yo puedo hacerme una imagen mental de él y eso es de agradecer siempre que se lee.

¿Por qué cuándo nos hacemos mayores cambiamos nuestras prioridades?

¿Por qué algunos ancianos agrian su carácter y creen demostrar que están bien solos cuándo en realidad lo único que quizá necesiten sea eso: compañía?

¿Por qué....?

¿Por qué es tan bonito leerte? :-)
aupikmin escribió:Este relato resulta muy cercano, me resulta muy cercano. He conocido gente así, que como bien explicas, aumenta la confianza y abandona su carísma.
Y ese final lo veo cada domingo en casa de mis abuelos :) :)

Un saludo, me ha gustado.


Ya lo siento, tío.

Estre, deberías ser firmadora profesional.
3 respuestas