Hola, queridos foreros. Como podréis comprobar soy un clon de un usuario, que aunque apenas escribe prefiere guardarse las espaldas por si acaso alguien conocido me lee. Escribo esto solo por desahogo y estoy preparado para cualquier comentario de “pínchatela” (que ojala pudiera ser), “pringao” (que lo soy) y cualquier cosa que se os pase por la cabeza.
Mi historia es una historia amorosa más… otra de las tantas que abundan con la primavera y el calor por el rincón. No me considero una persona tímida, sino al contrario, es más, estoy como una puñetera cabra. Y me gusta mi actitud: desenfrenada, el alma de cualquier fiesta, si hay que bailar se baila y vergüenza ninguna. Al menos esa es la actitud que la gente me atribuye, para mi desgracia. Hace un par de años me habría descrito a la perfección, sin embargo alguien se cruzo en mi vida: una chica (llamémosla “sujeto C”). No era la más guapa, ni la más lista, pero desde que la vi siempre me atrajo. Su único problema es que es una mujer tremendamente simpática, muy guapa y, por qué no decirlo, bastante inteligente. Desde que nos conocimos entablamos una pequeña relación de amistad, lo normal entre compañeros de estudio: hablábamos de nuestras vidas, nos lo pasábamos bien y, en general, estábamos a gusto juntos. Pero ni ella ni yo pasamos de esa situación, o eso me creía.
Llegados a este punto os preguntaréis por qué no me lancé a la piscina y la intenté conocer mejor. Si os digo la verdad, no tengo respuesta para esa pregunta. En aquella época no creía en las relaciones de larga duración y valoré más la amistad que había de por medio. Un encaprichamiento, me dije. Llegó el verano y yo me marché lejos de la ciudad para estar con mi familia. Intenté perder el contacto con ella durante un tiempo, no quería hacer una tontería, fastidiarlo todo.
Con el nuevo curso volví a la ciudad. El verano y las montañas me habían hecho olvidar esos sentimientos que no quería tener. Los primeros días fueron bien. Hablamos sobre nuestros veranos, lo bien que lo habíamos pasado… lo normal en estos casos. Sin embargo, a la semana ya volvía a tener esa sensación. No había duda, me había enamorado… para mi desgracia. No dije nada a nadie (ni amigos ni familia) y aunque mantuve mi actitud hacia el exterior (de locura desenfrenada), ya no era el mismo. “Sujeto C” y yo seguimos hablando y continué haciendo el gilipollas delante de ella, dejándome en mala situación. ¡Qué tonto fui! Por suerte el curso acabó y me volví de nuevo con mi familia, fuera de la ciudad.
¿Qué debía hacer? ¿Decírselo y arriesgar nuestra amistad? No, no podía. “Ya la olvidarás en verano” me dije. ¡Pobre tonto!
En esta ocasión el verano no sirvió de nada. Como todos los años para septiembre volvía a la ciudad. El verla de nuevo sabía ante quien estaba, ante los sentimientos que yo me enfrentaba. Ese año fue distinto… este año ha sido distinto. Digamos que ella se encaprichó, o quizás se enamoró, no lo sé a ciencia cierta, de alguien (llamémosle “Sujeto SSMM”). Este señor y yo acabamos teniendo una pequeña relación de amistad. La verdad es que es un tipo cojonudo. Si alguien que no fuese yo tuviese que estar con ella, elegiría a ese chaval. “C” intento salir con “SSMM”, pero por suerte para mí o por desgracia él dijo que no. No le atraía “C”. Por mí parte, cada vez mis sentimientos eran más difíciles de guardar en silencio… “si regaste al viento recogerás tempestades” dicen en mi pueblo. ¡Y qué razón tienen! Poco a poco, paso a paso, mis mejores amigos saben que la chica me gusta, pero no de este modo. Me tienen por un mujeriego, un salido ¡Cuán equivocados se hayan!
Hace un par de días acabó el curso… Por fin. Sin embargo, este año había una novedad: cena y fiesta de fin de curso. ¡Esa sería mi oportunidad para lanzarme! Sí, eso iba a hacer. La noche llegó. Ese día iba más guapísima. Su vestido, sus zapatos, su pelo, sus ojos… todo. Fotos, sonrisas… un buen rato con los colegas y los compañeros antes de la cena. La cena, bien. Más fotos, más risas… Y por fin llegó la fiesta. Un pequeño garito, no es estaba nada mal. Un poco de baile, un poco de desenfreno, más risas, más fotos… Cada vez más cerca del momento deseado. Voy a pedir algo a la barra, preferiblemente con alcohol, cuando miro la hora. Ya eran cerca de las tres, el garito iba a cerrar. Deje la copa para otro momento. Al fin y al cabo llevaba años aguantando y tenía ganas de sacarme lo que tenía al exterior, no iba a necesitar el alcohol. Tras salir del local nos fuimos dispersando, cada uno con su grupo. Seguí a mi mejor amigo y a un par de colegas, “C” y “SSMM” entre ellos. De cualquier forma, en algún momento de la noche algunas personas se perdieron por el camino y acabamos solo 8 personas… entre las que no estaban los susodichos sujetos de investigación. La oportunidad se había esfumado. Ya no había posibilidad de decirle lo que yo sentía, o siento, o lo que sea que ocurra dentro de mi cabeza. Todo se había acabado, pero no era momento para llorar, ya habría tiempo para eso. Disfrutaba de lo que quedaba de noche hablando y haciendo el tonto en los columpios con mis amigos… hasta que alguien sacó el tema: “Jugarse la amistad por intentar tener una relación con alguien”. Por primera vez en mi vida mostré ante la gente de mí alrededor, sin ocultarme en un nombre falso o un clon, mis sentimientos, mi opinión. Algunas personas defendieron mi posición, mientras que otras hablaban decían “quien no juega no gana y no pierde”. No dieron las 7, la hora de los churros. Llegue al piso a eso de las 9 e intenté dormir. Muchas cosas se me pasaron por la cabeza hasta que por fin caí en las garras del sueño. ¡Llegue a la conclusión de que estaba equivocado! ¡Tonto, pedazo de tonto!
Como dije al inicio, esto solo era para desahogar mis sentimientos, y, bueno, que mi historia sirva para que la gente en una situación parecida vea que para ganar hay que arriesgar ciertas cosa y que no hacer nada y esperar a que el tiempo haga sus cosas no son la solución
Gracias por escuchar o leer.