Dr. Ernesto Lammoglia escribió:El alcohólico es un enfermo, y no tiene más alternativa respecto a su padecimiento que la que puede tener un diabético o un paciente con cáncer.
Estamos hablando de una enfermedad para la cual no existe cura conocida, sin embargo, el padecimiento puede detenerse y controlarse.
Condiciona su enorme necesidad de ingestión de bebidas alcohólicas para "anestesiar" su sufrimiento.
Los alcohólicos tienen una personalidad inadecuada (un desorden de personalidad oculto), o sea una personalidad emocional deformada. Esto comprende el sector del temperamento y el carácter que va a dar origen a las emociones, los impulsos amorosos o agresivos, los sentimientos, la tendencia a valorarse a uno mismo, la seguridad, todo el registro de la sexualidad y las necesidades primitivas, como son el beber y el comer, bajo su enfoque de placer y no placer.
El alcohólico puede darse cuenta de que el alcohol "combate" su timidez, y tiene la impresión de que lo estimula y le da otra personalidad. En un estado de ansiedad o depresión el alcohol es, repito, como una anestesia y un relajante, y proporciona una tranquilidad y alegría ficticias; o bien, si se trata de un estado de inseguridad, "le da confianza" o le hace "olvidar". Si su sentimiento es de soledad, de incomprensión o de falta de afecto, en el alcohol encuentra compensación y éste adormece momentáneamente sus frustraciones.
El enfermo alcohólico está desamparado ante las exigencias de la realidad, se siente impotente para enfrentar adecuadamente las complejidades de la vida familiar, conyugal o profesional. Puede, por otra parte, estar dotado de una inteligencia destacada "generalmente por encima del común de las gentes" y ser capaz de lograr éxitos excepcionales en cierto terreno. Así, es fácil y frecuente encontrar el cuadro del fracaso en el hogar y el éxito en la vida laboral o intelectual.
En la personalidad alcohólica, se encuentra siempre un patrón de dependencia con ira reprimida, un sentimiento de ser rechazado por los padres y un intenso deseo de afecto. Existe también un sentimiento de culpa a causa del resentimiento que tienen hacia la vida o hacia los padres, así como un sentimiento de inferioridad a causa de su pasividad y dependencia.
El alcohol hace que el enfermo se sienta potente, cura la autoestima lastimada, y trae consigo el autoengaño infantil de la omnipotencia.
Está centrado en sí mismo y preocupado en grado superlativo en él, su imagen y su prestigio.
Basándose en la observación clínica, se pueden presenciar ciertos rasgos que caracterizan la personalidad alcohólica:
1. Inmadurez emocional. Crecerá en lo físico y en lo intelectual, no pudiendo - por razones obvias - "crecer" en lo emocional, lo que le da un carácter "infantiloide" y lo incapacita para gobernar sus frecuentes cambios emocionales.
2. Tendencia a crear dependencias emocionales. Su responsabilidad es casi nula y la difiere por naturaleza hacia otros, lo que lo hace, posteriormente, justificarse sistemáticamente y "culpar" a los demás de todo lo que le acontece;
3. Egocentrismo . El ego débil del enfermo alcohólico y su enorme necesidad de gratificaciones a corto plazo hacen del alcohólico un ser dispuesto y necesitado de ser el centro o de llamar la atención de todos cuantos le rodean y a costa en lo que sea, bueno o malo, permisible o no, saludable o enfermizo, y que le mejore sus condiciones de vida o que lo lleve a la muerte. El egocentrismo para muchos autores es el centro sintomático de la personalidad alcohólica. En A.A. se sabe que éste es compensado por un falso altruismo, muy al estilo de la "generosidad neurótica" de Karen Horney, que hace que el alcohólico dé algo siempre esperando recibir recompensa o reconocimiento.
4. Incapacidad de amar. Esta verdadera esterilidad afectiva ha de ser correlacionada también con la carencia de neurotransmisores encargados de la regulación de los sentimientos, y explica el porqué, como dice Horney, del dilema entre la incapacidad neurótica de querer y la angustia necesidad de ser querido, y obliga al enfermo emocional a creer en el amor como un sedante o paliativo de su angustia, sobrevalorando su importancia en la vida de relación, y dándole un especial y equivocado lugar en la búsqueda del sentido de su vida. Esta incapacidad la compensa el enfermo, con una creciente habilidad para aparentar que ama y que se manifiesta en muchos casos, muy conocidos algunos, como capacidad para escribir, hacer poesía o componer canciones, que hablen - sólo eso - de lo "mucho que ama".
5. Homosexualidad latente.
6. Labilidad o endebles emocional. La fragilidad o la nula capacidad el enfermo para "gobernar" sus emociones e integrarlas correctamente a sus patrones conductuales de vida es otra característica del alcohólico. No puede regular las emociones que le genera su propia mente. Este síntoma podría ser llamado "debilidad de carácter", que observan muchas madres en niños con la predisposición genética al alcoholismo y que después, al ser víctimas o espectadoras de las explosiones del alcohólico ya en la adultez, llaman paradójicamente a estos aspavientos o respuestas desproporcionadas, "carácter fuerte".
7. Conducta impulsiva. " (actitudes y conductas cambiantes, y a veces impredecibles).
8. Angustia patológica o existencial. La probable carencia de endorfinas hace del alcohólico un ser extraordinariamente vulnerable a sus emociones y, siendo el miedo la emoción natural más intensa y negativa en el ser humano, en el alcohólico esta sensación se encuentra a ultranza, constituyendo una verdadera "sombra" que acompaña al alcohólico en cualquier actividad o circunstancia, por intrascendente que ésta sea. La compensación o respuesta habitual y quizás, hasta "fisiológica", del miedo es la agresión o la hostilidad.
9. Soledad existencial. Del mismo modo como el alcohólico tiene miedo a todo y a nada, se siente sólo siempre. Así esté rodeado de una multitud o acompañado por sus pensamientos.
Hay en él, como en el niño, una necesidad constante de estar en compañía de los seres que dice "querer" (dependencias) exigencias neuróticas de afecto y hasta de "posesión" del tiempo o del interés del supuesto amigo. Esto se inicia desde la su infancia
10. Mitomanía y mundo fantástico. La valía y la importancia que se da el alcohólico producen relatos consecuentes a una "capacidad y valor" en los que la regla es falsear la realidad. Su historial caracteriza, entre otras cosas, por el énfasis que da a su iniciativa personal en aventuras y situaciones difíciles o peligrosas, para las que en todo momento su habilidad, decisión y valor, son un alto mérito. Como cualquier mitomanía, llegan a creer ellos mismos en los cuentos que se han imaginado, combinando la falsificación de la memoria, con la fantasía.
11. Tendencia a la manipulación. Incapacitado para aceptar la realidad de su estado emocional, el alcohólico intenta "manejarla" de la misma manera que su mente lo maneja a él; es decir, a través del auto engaño y la autosuficiencia (que es el peor síntoma de su falta de conciencia de su enfermedad). El enfermo "aprende" a engañar, disimular, a fingir actitudes, a ser un verdadero histrión, para conseguir sus fines primordiales.
Al principio, busca simplemente la satisfacción de sus necesidades emocionales de afecto primarias, ya en la adolescencia, sus crecientes necesidades de sexo.
12. Incapacidad para integrarse a los grupos humanos . La falta de aceptación que el niño con personalidad alcohólica posee, se debe tanto a su manera distorsionada y desproporcionada de concientizar sus defectos de carácter, como a los constantes juicios o criticas de que es víctima, tanto de sus familiares como de sus compañeros de escuela o conocidos.
Se le ha tachado de "raro", de "diferente", de "loco” y esto lo ha tornado en un ser desconfiado de su capacidad para ser aceptado por los demás.
En la pubertad o al inicio de la adolescencia, el alcohólico "invierte" el orden de las relaciones interpersonales, y entonces llega a la conclusión de que él no es el que ésta mal, sino que es un ser “tan especial” que los demás (que son el resto de la humanidad), son un hato de retrasados mentales que ignoran la clase de "genio" que la naturaleza ha creado y que es él (obviamente), y que por lo tanto no son dignos de ser tomados en cuenta por él.
Esto, no otra cosa, lo aísla emocionalmente y en forma fatal del resto del mundo: de sus padres, sus compañeros, su familia y más tarde de la esposa, los hijos y patrones o subordinados.
13. Incapacidad para asimilar las experiencias. Es por esto que después de una "cruda" o síndrome de abstinencia al alcohol, el alcohólico vuelve a beber a pesar de haberse sentido unas horas antes, al borde de la locura o de la muerte.
14. Incapacidad para tolerar la frustración. Primero culpa, tiene resentimientos y luego se siente culpable. Cuanto mayor es la frustración, mayores son los resentimientos y consecuentemente los sentimientos de culpa; tanto así, que éstos últimos lo llevan inexorablemente a la auto conmiseración que no es otra cosa que los resentimientos hacia sí mismo.
15. Incapacidad para tolerar el sufrimiento. , hay una baja producción de endorfinas encefálicas, que precisamente entre sus efectos más destacados, tiene el de ayudar a resistir el sufrimiento físico y emocional. De tal forma, la constitución del alcohólico, le hace imposible modular sus respuestas ante estímulos afectivos (Hangell y Tunuing) y responder con una gran ansiedad ante la presencia de conflictos (Jellinek, 1960), o bien ante todo tipo de disturbios, o simplemente de pensamientos negativos que le genera su mente y que le causan tensión. Todo esto le hace vivir en una constante lucha por resolver la dicotomía entre sufrir y dejar de sufrir, que da origen a los dos rasgos que le siguen y que constituyen la culminación de un síndrome, antes de iniciar la carrera alcohólica o la fuga, a través de alguna droga.
Estos dos síntomas son:
16. Vivir sufriendo y sufrir viviendo. Al respecto Kessel, en su libro Alcohólicos Anónimos, transcribe el historial de una alcohólica que dice así:
"... mi carrera de alcohólica empezó muchos años antes de ponerme a beber. Hasta donde alcanza mi recuerdo, mi personalidad ofrecía un terreno abonado para mi carrera de alcohólica. Vivía enfadada con todo el mundo, iba a contracorriente con la vida, con la gente en general".
Este “vivir sufriendo y sufrir viviendo”, no constituye un juego retórico, sino una descripción concreta de la incapacidad del alcohólico para disfrutar por más que su circunstancia se encuentre muchas veces colmada de satisfactores emocionales o materiales.
17. Tendencia a la evasión, y Desde su más tierna infancia, el alcohólico buscará las más precoces o prematuras formas de evasión el "soñar despierto", fantasías.
18. Beber. Este desasosiego, esta inaceptación y su necesaria compensación, el autoengaño, lo van llevando lenta, pero implacablemente hasta la fuga final, hasta lo único que encuentra como paliativo temporal, como "anestésico" para sus emociones: el alcohol; por ello, inexorablemente el joven con predisposición genética al alcoholismo, con el tipo de personalidad que hemos descrito hasta aquí, tiene que beber.
Es importante que el niño se haga consciente de que tiene una condición especial con la que él nació y que no es culpa de nadie. El sólo hecho de saber que sus rasgos corresponden a una patología genética los alivia muchísimo. Cuando se pasan buscando culpables a todo lo que les pasa, sólo se desgastan por que finalmente eso no soluciona ninguno de los problemas.
Pero si a este ser vulnerable, además se le pasea el alcohol por enfrente en todas las actividades cotidianas, y se le bombardea con la publicidad que tenemos hoy en día, se le está propiciando su propia destrucción. Presionar a un alcohólico a que beba es como presionarlo a que se dé un balazo, y sin embargo, no sólo hay la costumbre de “invitar” una copa, se “presiona” para que otro beba.
Así, tenemos a un enfermo de nacimiento que al llegar a la adolescencia, y muchas veces desde la infancia, se encuentra no sólo con el acceso a alcohol, sino con el mensaje de que “hay que tomar”. Aprende esto mucho antes de recibir la información correcta o sospechar que está enfermo. Ha crecido viendo beber, rodeado de la bebida y siendo invitado constantemente.