En el caso concreto que nos ocupa, solo ha sido un pelotazo más en una ciudad muy pequeña que ya cuenta con cuatro hipermercados y 3 centros comerciales y parte de un diseño urbano mucho más ambicioso que está literalmente matando la vida de la ciudad, la vida de los barrios y llevando a la gente la dependencia total del coche y la huída hacia estos macrocentros.
Un ejemplo (que se habrá vivido en todas las ciudades donde se hayan implantado centros comerciales). Antes para ir al cine había que pasarlas canutas para aparcar cerca de él, en el centro de la ciudad, así que generalmente te movías en bus, quedabas en los bares de los alrededores, te tomabas un par de cañas y un par de pintxos y luego a disfrutar de la peli. Además, en una ciudad tan pequeña como ésta era inevitable tropezar con conocidos y tal.
Con la llegada de los gigantescos centros comerciales con sus macroaparcamientos de tropecientasmil plazas ha cambiado totalmente la cultura antedicha. Los barrios se mueren, ya no hay gente tomando el vermout, callejeando, mirando escaparates, comiendo pintxos y relacionándose e interactuando con los demás. ¿Dónde están/estamos? Pues en el puto centro comercial, donde no hemos tenido ningún problema en aparcar, y por eso hemos elegido ese cine. Además, aprovechando, nos hemos ido 5 horas antes de que empiece la película y hemos hecho la compra de la semana, que había un montón de ofertas según el catálogo de 50 páginas que nos buzonean a diario. En el rato que nos sobraba, nos hemos acercado al gimnasio (¡buah, pedazo instalaciones, y ese jakuzzi!!), que ya empiezan a colgar los michelines. Luego nos hemos pirado un rato a la zona de recreativas y hemos hechado unas carreras en un pedazo cacharro que ya lo quisieran tener en el Trocadero Center (los que hayais estado en Londres sabeis de qué os hablo). Luego a ver la peli y después, aprovechando ya que estamos, cenamos en cualquiera de los burguers del centro y luego, como tenemos un pedazo de bolera de 59 pistas que casualmente también está en el mismo centro comercial, culminamos el día ahí.
Todo esto en un ambiente ultracomercial, deshumanizado, artificial y, por supuesto, sin ningún tipo de trato humano, con consumidores-robot, cajeras-robot y ambiente robotizado. Todo el entorno dice: Compra, compra, compra, gasta, gasta.
Y así, señoras y señores, es como muere el espíritu de una ciudad, transformando inconscientemente ciudadanos en consumidores. Y si todavía hay tiendas recalcitrantes que se niegan a cerrar o bares que aún abren los fines de semana, pues nada, se les ahoga a impuestos y con horarios de cierre demenciales y nos encontramos con que la única alternativa que queda es... pues sí, el centro comercial. Yo las veces que he estado en uno de ellos (porque sí, he estado, y más de una vez, qué le vamos a hacer) me he sentido como un gilipollas. Como un yanki, ni más ni menos. Me veo fotocopiando su estilo de vida y me rebelo y me da rabia, porque a mí me gustaba mi ciudad como era. Vale, igual no tenía el tomate Orlando al precio de 2x1, pero coño, podía hablar con el tendero, que le conocía de toda la vida y dejarle al debo si me faltaba algo de pasta ese día. No era tan cómodo, no tenía todo tipo de artículos a mi alcance en un solo sitio, desde lechugas a zapatos, pero eso mismo hacía que el ambiente en las zonas de comercios fuera de bullicio y calor humano, de gente pululando de una tienda a otra.
No sé si me estoy explicando o lo que trato de decir es demasiado instrospectivo como para que se vea con claridad, pero a lo que voy es a que el comercio da mucha, pero que mucha vida a una ciudad, es en gran medida el que marca el pulso de sus habitantes y el tratar de cambiar sus hábitos para dirigirlos a los grandes grupos comerciales no solo mata a las pequeñas tiendas, sino que mata la vida de los barrios y, por qué no decirlo, nos convierte en ciudadanos un poco más gilipollas aún.