Os pongo a continuación un extracto de un trabajo que hice sobre las armas nucleares y los que se expone una hipótesis sobre lo que allí pasó (si a algún admin le parece que sobra, que lo quite, pero creo que viene al pelo)
hillhill escribió: La misteriosa explosión de Tunguska
Según comentan las crónicas de la época, el 30 de Junio de 1908 un gran meteorito cruzaba los cielos de Siberia central. Su impacto fue visible en muchos kilómetros a la redonda, y aparentemente sus efectos provocaron extraños sucesos luminosos en todos los cielos del mundo y quedo también registrado en los sismógrafos de Londres.
Leonid Kulik, organiza en 1927 una expedición en busca del meteorito siberiano, cuyo lugar de impacto nadie había visto ni localizado hasta entonces. Pero al llegar allí se encuentra con que no hay cráter de meteorito, pero en un radio de varios kilómetros sólo hay los restos de miles de árboles derribados por una fuerza brutal.
No existe documentación publicada anterior al año 1946 referente al fenómeno de Tunguska ni dentro ni fuera de Rusia. Lo cual puede indicar que la realidad pudo fácilmente ser otra: en 1946 Stalin se encuentra en el máximo apogeo de su poder y le interesa muy poco que los americanos descubran Tunguska, una enorme muestra de la vulnerabilidad de su imperio soviético: la huella del ataque con una bomba atómica realizado por los alemanes el 23 de Febrero de 1945.
Todas las investigaciones realizadas en los últimos cincuenta años apuntan a una hipótesis imposible en 1908: una explosión nuclear. Es muy probable que Stalin hay tejido una trama para modificar la fecha de nacimiento del fenómeno Tunguska, falsificándolo en más de 40 años. No hay documento alguno publicado, anterior a 1945, que hable o se refiera a dicha explosión, en ningún idioma, incluido el ruso.
Todas las fotografías existentes de Tunguska muestran un espectáculo idéntico: la devastación sin precedentes de una gigantesca masa forestal.
Dichas fotografías son al menos de 1927, según las propias fuentes soviéticas, año en el que según se dice Leonid Kulik descubrió el sitio tras realizar su prosaica y afortunada expedición en trineo, atravesando miles de kilómetros de bosque impenetrable. Las fotografías aéreas son, según las fuentes, algo más tardías, de finales de los años treinta. Sin embargo ofrecen el mismo espectáculo: desolación total, ninguna recuperación forestal a pesar de haber transcurrido más de treinta años del suceso.
A partir de 1946, la recuperación del bosque de Tunguska parece casi instantánea, al igual que ocurrió en los años siguientes al bombardeo de Hiroshima, por efecto de la radiación.
Pero tenemos un buen ejemplo cercano: En 1980 se produce la explosión volcánica del monte St. Helen, situado en el estado de Washington, en el extremo noroeste de los Estados Unidos. Una fuerza un millón de veces mayor que la del fenómeno de Tunguska hace desaparecer media montaña, y destruye y derriba millones de árboles en un radio de decenas de kilómetros. Pero la secuencia de fotografías realizadas con posterioridad revelan la casi total y espectacular recuperación de los bosques vecinos al volcán en solo quince años.
Sin embargo, casi cuarenta años después de la misteriosa explosión de Tunguska, en 1946, el aspecto del devastado panorama forestal es aún idéntico al de los bosques de St. Helen en 1981, solo un año después de la catástrofe americana. Algo parecido ocurre en Hiroshima: pero por efecto de la radiación, se produce un crecimiento vegetal acelerado en el área previamente destruida por la bomba atómica. De ser cierta la hipótesis soviética de la historia de Kulik, en 1927 la recuperación del bosque de Tunguska tendría que haber sido casi completa.
Todo parece indicar que la explosión de Tunguska no pudo ocurrir en 1908: Se trata de una sofisticada falsificación de los servicios secretos de Stalin, que ocultaron las huellas de la misteriosa deflagración tras la cortina de humo de la caída de varios metereoritos ocurrida a principios de siglo en un área indeterminada de Siberia.
En cuanto a los motivos del ataque, cuando en 1943 le fue mostrado a Adolf Hitler el funcionamiento del nuevo y revolucionario caza a reacción Me262, reaccionó de una forma aparentemente ilógica: decidió convertir el nuevo caza en un bombardero táctico, ante la sorpresa y consternación de los militares presentes. Hitler veía en aquel caza la posibilidad de mostrar a sus enemigos que aún podía atacarles y bombardearles con total impunidad, al igual que hacían los aliados usando los gigantescos raids de bombarderos que azotaban Alemania.
Otro tanto ocurrió con el misil V-2. Aun siendo una maravilla técnica, militarmente la V-2 fue un fracaso absoluto. Provocó más muertos entre las tropas encargadas de su manejo y construcción que como resultado de su impacto en territorio enemigo. Muchos, entre ellos el propio ministro de armamentos Albert Speer, sabían que en aquellos momentos el programa de cohetes era un inmenso gasto superfluo para el Reich, pero Hitler lo veía de otra manera.
La V-2 era para él un "arma diplomática", un instrumento que podía forzar a los aliados a una tregua o a firmar una paz provocada por el miedo. Hitler nunca envió las V-2 contra los soviéticos, ya que simplemente no consideraba que esa fuera una medida de presión contra Stalin y su ejército, disperso y casi indiferente a la destrucción y las perdidas humanas.
Para Hitler la bomba atómica era en esencia otra "arma diplomática" para cambiar de raíz el curso de los acontecimientos y descubriendo por primera vez una forma de hacer política que más adelante todo el mundo llamaría "política de disuasión nuclear".
No había forma de dañar seriamente a los soviéticos con una sola bomba atómica, ya que su industria y su ejército estaban dispersos por la inmensidad soviética.
Otra cosa habría sido que Hitler hubiera dispuesto de varios cientos de bombas como la de Hiroshima, que, bien empleadas en el frente del este podían haber desintegrado buena parte del ejército Ruso. El riesgo que corrían los alemanes era mínimo, en caso de que la bomba no explotara al ser lanzada sobre Tunguska. El artefacto atómico quedaría perdido en el denso y desierto bosque siberiano, sin posibilidad de ser recuperado y reutilizado de forma inmediata por los soviéticos.
Bombardeando intencionadamente una zona desértica de Siberia, Hitler evitaba incrementar el odio y la represalia que las tropas rusas, ya en territorio alemán, estaban mostrando contra la población y el ejército germano conquistados. Con la explosión en Tunguska advertían a Stalin y sus aliados de la existencia del arma atómica.
El objetivo de Hitler era esencialmente otro: persuadir a los anglo-americanos de que era mejor firmar un acuerdo, o de lo contrario podía bombardear Nueva York o Washington, objetivos aéreos equidistantes a la lejana Tunguska, si tomamos como punto de referencia el centro de Europa. Hitler confiaba en que los rusos hablaran inmediatamente a los americanos de la explosión de Tunguska, y que después ellos sacaran conclusiones al medir las distancias, y descubrieran que podían ser susceptibles a un ataque atómico nazi.
En la mente de Hitler, Tunguska era por tanto el sitio ideal para dejar caer la primera bomba atómica operativa de la historia, una bomba idéntica a la de Hiroshima.
Pero una vez más, sus sofisticadas expectativas geopolíticas chocarían con el pragmatismo elemental de sus enemigos angloamericanos y rusos, que rara vez cedieron o entendieron las complejas maquinaciones políticas hitlerianas.