Mi novela: Una fusión de Western y Ciencia Ficción

Hola, estoy escribiendo una novela por entregas en mi blog (que podéis encontrar abajo en mi firma) llamada Jinetes de Hierro. Actualmente llevo 7 capítulos de los 22 que tengo planteados y que por supuesto, se pueden leer gratuitamente.

No sé si la acabaré publicando en Amazón o no, puesto que mi máxima ambición es que la gente me lea, disfrute y opine. Es una bizarrada, una historia que mezcla el western crepuscular con el space opera y la colonización espacial, pero creo que me está quedando bien, al fin y al cabo llevo casi un año planeándola.

Comparto con vosotros el primer capítulo, espero que os guste. Saludos

CAPÍTULO 1: EL NOMBRE DEL JINETE

El paso de la yegua denotaba un ánimo tan lúgubre como el de su jinete. Era el tercer día de marcha sin probar bocado y además, el agua comenzaba a escasear. El jinete levantó su cabeza cubierta por un mugriento sombrero de ala ancha y miró al cielo de color rosa pálido, dominado por un sol implacable y carente de nubes. No había súplica ni desesperación en su mirada, sino más bien resignación. El paisaje que les rodeaba era tan poco halagüeño como el cielo. A pesar de no existir ninguna elevación, apenas se podía ver más allá de un centenar de metros debido al polvo que se extendía revoloteando ante ellos. Prácticamente no había vegetación, y sabía que las piedras del camino estaban haciendo mella en los cascos de su yegua, pobremente herrada. Morgan emitió un pequeño relincho a la vez que movía las crines, alterada. El jinete se inclinó y le susurró al oído mientras le acariciaba el hocico. El viaje le estaba pasando factura y estaba sedienta, pero no podía darle agua, no hasta la noche. Entonces ambos podrían permitirse beber. Hizo ademán de meter la mano en su poncho para sacar un cigarrillo, pero se lo pensó dos veces. Tenía la garganta demasiado seca.


El jinete tenía muchos nombres. En las calles donde se crió le conocieron como Ratnik. Ese era el nombre de guerra con que le bautizó el matón que le acogió bajo su ala cuando tenía apenas 9 años. Él le enseño a pelear y a sobrevivir, y a eso dedicó gran parte de su infancia y adolescencia. Durante muchos años, rompió huesos y se los rompieron. Robó, amenazó, traicionó y apuñaló en su nombre, hasta que una navaja en la garganta puso fin a su mecenazgo y el chico de 15 años que era decidió largarse de ahí en busca de tierras más fértiles donde su cuello no corriera la misma suerte que el de su patrón. Mintió sobre su edad (y sobre muchas otras cosas) y se inventó un nuevo nombre para poder unirse al ejército, el único lugar lejos de la calle donde sabía que podría hacer uso de sus habilidades y ganarse la vida con ello. Allí le llamaron de muchas maneras diferentes: recluta, cadete, escoria callejera y otras lindezas. Pero aquello nunca le amilanó. Lejos de hacerlo, demostró que estaba hecho para luchar y se ganó el respeto de compañeros y superiores. Cuando estalló la guerra, su valía y audacia no pasaron desapercibidas. No tenía ningún sitio al que volver y nadie le esperaba, y era por eso que luchaba sin miedo, con bravura pero con disciplina, sin nada que perder. La metralla de una granada enemiga le perforó un gemelo y el anular de la mano izquierda. Cuando llegó la ayuda médica se negó a que le atendieran antes que al resto de compañeros, aduciendo que eran solo heridas superficiales. Eso le valió los sobrenombres de Rasguño y de Will Nuevededos, si bien nadie los pronunció nunca con sorna. Pronto le llamaron Teniente, y, más tarde, Capitán. Podría decirse que aquellos fueron buenos tiempos. Pero muy en el fondo sabía que no lo eran.


Durante su estancia en el ejército, el hombre que tenía muchos nombres y ninguno, medró y consiguió por primera vez ser respetado sin ser temido. Eso era más de lo que había tenido nunca y debería bastar. Tendría que haberse dado por contento. Pero él no era un hombre como la mayoría. Las cosas que vio durante aquellos años, lo que tuvo que hacer… Él creía en la camaradería, en un orden dentro del caos, pero no compartía la ideología de sus camaradas, sus ambiciones. Y lo que era peor, era un hombre al que, por aquel entonces, aún le quedaba algo de escrúpulos y de moral, lo cual nunca fue del agrado de sus superiores, ni de los superiores de estos. Pensar por uno mismo es peligroso en un lugar hecho para seguir órdenes.


Y entonces llegó el punto de inflexión en la guerra, lo que lo cambió todo. De forma súbita y mucho más cruel de lo que nadie se había atrevido a vislumbrar y su vida cambió por completo. Simplemente no lo vio venir. Su mundo se vino abajo, junto con las condecoraciones, la camaradería y el respeto. A partir de aquel momento, se vio obligado a huir, a moverse de un sitio a otro buscándose la vida de nuevo y desempeñando cualquier trabajo por el que le pagaran unas monedas o un plato caliente, escondiéndose y viviendo como un animal, con solo una cosa a la que agarrarse, la única constante en su vida: moverse hacia el oeste. Siempre hacia el oeste. Desde entonces había acumulado muchos nuevos nombres, casi uno por cada pueblo que visitaba. El último, Sully, le había traído suerte. No se había metido en problemas desde que lo consiguió, no sin esfuerzo, hacía unas cuantas semanas, así que decidió quedárselo algún tiempo. Además, que demonios, le quedaba bien. Lo usaría al menos hasta la próxima ciudad. Siempre y cuando consiguiera llegar con vida.


En la inmensidad del desierto, el silencio era tan implacable como el calor, así que, cuando un aullido metálico comenzó a crecer a través de la llanura, jinete y montura giraron sus cabezas. A menos de dos kilómetros de allí, una bestia alargada y de color plateado se movía a velocidad endiablada, emitiendo un sonido afilado. Pudieron ver su brillo incluso a través de la capa de polvo. Un tren. Sully miró entonces al sol. La máquina se movía hacia el Noroeste, no hacía el Norte, como cabría esperar. Arrugó aún más el ceño si cabe. La civilización se extendía. Quizá a ritmo lento, pero imparable. Pronto alcanzaría los lugares más inhóspitos e, irremediablemente, también acabaría alcanzándolo a él.


Poco después de que la enorme máquina hubo desaparecido en el horizonte limitado por el polvo y el vapor ardiente, Morgan emitió un bufido y cambio su rumbo bruscamente. Sully sonrió y soltó las riendas, permitiéndole dirigirse a donde quisiera. Había olido algo, algo importante. Recordó cómo se rieron de él cuando se dispuso a cruzar las llanuras a lomos de un caballo. Veríamos quien reía ahora.


Morgan aceleró el paso, dirigiéndose en ligera pendiente cuesta abajo hacia un lugar que Sully aún no alcanzaba a ver. Demasiado polvo. Pronto, el paisaje se volvió más abrupto y Sully se vio obligado a descabalgar para guiar a la yegua entre las cárcavas y los socavones del terreno. Sí se partiera una pata tratando de descender, sería el fin de ambos. Entonces pudo verlo, e incluso olerlo. Se trataba de una depresión del terreno cubierta por una ligera niebla. Aún estaba algo lejos, pero se distinguía vegetación. Y vegetación en un lugar como aquel significaba agua.

Refrenando el entusiasmo de la yegua y el suyo propio, Sully vigiló cada paso con cuidado mientras descendían, hasta que lo oyeron, y ninguno pudo resistirlo más. La cogió de las riendas y bajaron a pequeños saltos. Era el inconfundible sonido del fluir del agua. Si alguien los hubiera visto descender a saltitos los últimos metros hasta la verde rambla le habría dado la impresión de que bailaban una danza alegre. Y quizá no se equivocara.


El pequeño oasis no tenía una gran extensión y estaba cubierto de plantas que apenas levantaban medio metro del sueño, líquenes y charcas estancadas, pero a ellos les pareció un vergel exuberante. Localizaron pronto la fuente de agua. Una pequeña surgencia entre las rocas de la cual brotaba un chorro consistente de agua freática. Morgan se dirigió a él con la lengua fuera pero Sully tiró de ella con todas sus fuerzas. Primero había que tomar precauciones. Sacó un frasquito de cristal y retiró con cuidado el precinto. Entonces, lo llenó con el agua, volvió a taparlo y agitó con fuerza. Lo colocó delante de sus ojos y observó en silencio. Pronto, el agua adquirió un color azul claro. Aquello era bueno, pero no se permitió cantar victoria, pues apenas duró unos segundos y enseguida continuó oscureciéndose. Sully contuvo la respiración. Unas pequeñas vetas verdes comenzaron a aparecer en el fondo del tubo, que se fueron haciendo cada vez más grandes y más intensas, adquiriendo un color verde brillante, químico. La mano de Sully tembló y la yegua piafó nerviosa. Mantuvo la mirada fija en el frasco durante más de un minuto, totalmente inmóvil y sin emitir ni un sonido. Solo cuando estuvo seguro de que no habría más cambios en la coloración se permitió respirar de puro alivio. Soltó entonces a la yegua y le permitió beber y, cuando se hubo hartado, el bebió hasta que le dolió el estómago. Entonces sacó los odres y la cantimplora de entre las alforjas de Morgan y los llenó hasta arriba.


Azul quería decir que el agua estaba limpia, tanto más cuanto más claro era ese azul. Verde significaba que había impurezas pero se podía beber en casos de extrema necesidad, como sin duda era aquel. Si el agua se tornaba amarilla, sin embargo, había que evitar beber a toda costa. De no hacerlo, al individuo le arderían las tripas y no podría dejar de cagar durante horas. Y cuanto más cagase más se deshidrataría, lo cual le haría tener más sed y…Y aquello en un lugar como ese significaba una muerte segura.


Había un cuarto color, el rojo, muy poco habitual, por suerte. Si el agua se volvía roja en el frasco, había que huir del lugar a toda prisa y, si era posible, lavarse bien y deshacerse de sus ropas. Sully solo había visto como el frasco adquiría ese color en una ocasión hace ya mucho tiempo, y confiaba en no volver a verlo nunca.


Dejó a la yegua pacer mientras él se dedicaba a explorar el lugar. Había varias charcas de pequeño tamaño y sin apenas profundidad. Se agachó sobre ellas y no le gustó el reflejo que le devolvieron las aguas. Siempre había sido un tipo delgado, pero los huesos de su cara parecían más prominentes que nunca y ni siquiera su poblada barba parecía poder esconderlos. Sus hundidos ojos azules tampoco ayudaban. También necesitaba un corte de pelo con urgencia.


Sabía que no tenía mucho sentido, pero colocó una pequeña trampa para animales. Nunca se sabía. Aunque el lugar era algo más fresco que la inmensa llanura circundante, la humedad hacía que no pudiera dejar de sudar. Encontró dos tipos de arbustos con bayas. Unos de ellos no los había visto en su vida, y los otros los conocía bien. Los primeros eran muy probablemente venenosos, mientras que los segundos lo eran con toda certeza. Comprobó que no tenía ninguna herida abierta en la mano y cogió unas cuantas de estos últimos. Tuvo más suerte con la fauna local. Logró cazar algunas lagartijas y un par de ranas. Pensó en cocinarlas, pero debía ahorrar la poca madera seca que le quedaba. Lo cierto es que las ranas le parecieron insípidas y bulbosas y le costó una buena dosis de fuerza de voluntad tragarlas. Las lagartijas en cambio estaban crujientes y saladas, y constituyeron un buen bocado una vez que consiguió retirarles las escamas. Las primeras calorías en mucho tiempo devolvieron un poco el vigor a su cuerpo, aunque no hizo que le mejorara el humor. Llegó a los límites de aquel lugar para encontrar como el agua acababa goteando desde una cierta altura sobre un enorme erial unos pocos metros por debajo. Había pensado que quizá acabaría confluyendo en un arroyo mayor, pero nada más lejos de la realidad. El paisaje que se extendía ante sus ojos le pareció aún más sofocante que aquel del que provenían, así que decidió que darían media vuelta y continuarían por donde habían venido. Pensó que muy probablemente aquel pequeño oasis estaba destinado a morir a no mucho tardar, haciendo todavía más arduo el camino de muchos viajeros.


Volvió con Morgan, que estaba recostada junto al nacimiento del arroyo y estiraba el cuello para lamer del flujo de agua. La levantó tirando de las riendas, no sin esfuerzo y cierta pena. No faltaba mucho para que anocheciera y había que largarse de allí. Un lugar como este, con agua y algo que comer, sería un punto de reunión de depredadores, hombres y otras bestias. Deshicieron el camino y se pusieron de nuevo en marcha, ya con mejor ánimo. El día todavía daba para acercarse unos pocos kilómetros más al horizonte.


El terreno se volvió más pedregoso conforme el sol se iba poniendo. Aparecieron también los primeros signos de vegetación, lo cual era buena señal, aunque se tratara solo de yerbajos y plantas espinosas. Un ser alargado, similar a una serpiente, salió de entre las rocas reptando hacia ellos. Lejos de asustarse, Morgan aplastó la cabeza del animal con su pezuña, reduciéndola a pulpa. Sully la acarició en el cuello. Estaba claro que ella tampoco estaba para tonterías. La temperatura comenzó a descender rápidamente y Sully no lo pensó más. Divisó una pequeña elevación rocosa donde tendría una buena vista de la llanura y algo de protección por las rocas circundantes y se dispuso a montar el campamento para pasar la noche.


La yegua se tumbó con un bufido, casi de forma cómica. Lo primero que hizo Sully fue comprobar cómo seguía su pezuña. La levantó con cuidado y observó que la herida, aunque no parecía haber empeorado, seguía enrojecida y debía de doler. La limpió con un poco de agua y la secó, para después aplicarle el antibiótico y la pomada cicatrizante. Lo cierto era que estaba gastando todas sus medicinas en la yegua, pero no le importaba. Sin ella no conseguiría llegar a ningún sitio. Además, sabía muy bien que si le herían a él, muy probablemente nunca llegaría a aplicarse las medicinas. Entonces le acercó a Morgan algo del forraje que había conseguido en el oasis, básicamente raíces y plantas de porte bajo. No era gran cosa, pero la yegua no era precisamente quisquillosa y lo devoró todo con ganas. A la mañana siguiente se levantaría con energías renovadas.


La noche era inminente y Sully sintió un escalofrío por la columna. Exhaló aire y pudo observar el vaho fantasmagórico ante sus ojos. Pronto llegarían a temperaturas bajo cero. Sacó de entre las alforjas una manta mugrienta y se cubrió con ella, al igual que los cuartos traseros del caballo. La noche anterior habían aguantado, pero esta vez lo tuvo claro. Reunió la poca madera seca que le quedaba y se dispuso a encender un fuego. Es cierto que era peligroso. En un lugar así, sin apenas elevaciones ni otros puntos de luz, una hoguera podía ser divisada desde muy lejos. Pero congelarse durante la noche no era un panorama mucho mejor. En el desierto, los días era duros, pero las noches eran aterradoras. Cuando el fuego comenzó a crepitar, sacó una de las lagartijas que había atrapado y la acercó a las llamas. Comprobó que cocinarla no tenía un gran efecto sobre su sabor. Solo estaba más seca, pero aún así no le hizo ascos.


Una descomunal flatulencia de la yegua rompió el silencio de la noche, aunque no pareció ser suficiente para perturbar el sueño de Morgan. Sully pensó que de haber tenido el trasero en dirección al fuego, ambos habrían muerto carbonizados al instante. Bendita ella que al menos podía dormir. Él se ajustó el sombrero, encendió un cigarro y se recostó contra las rocas. La noche era clara y apenas podían verse estrellas. Eso no le gustaba, prefería las noches oscuras. Por algún motivo que no habría sabido decir, cuando la negrura cubría el desierto con su manto él se sentía más protegido, como si la total oscuridad hiciera que el resto del mundo se olvidara de él. En noches como aquella, sin embargo, no encontraba la paz. Venían a su cabeza todos los nombres que había tenido en su vida y traían consigo los recuerdos y las tortuosas historias que les acompañaban. Había un nombre, sin embargo, que le costaba recordar: Aquel con el que vino al mundo. Ese lo había usado tan poco… Dio una última calada al cigarro, soltó el humo con fuerza y este se elevó hacia el firmamento, hacia las dos lunas, Phobos y Deimos, que resplandecían en el cielo de Marte.


Si os ha gustado, en mi blog tenéis más capítulos, y subo más semanalmente.
Aiacos83 escribió:Hola, estoy escribiendo una novela por entregas en mi blog (que podéis encontrar abajo en mi firma) llamada Jinetes de Hierro. Actualmente llevo 7 capítulos de los 22 que tengo planteados y que por supuesto, se pueden leer gratuitamente.

No sé si la acabaré publicando en Amazón o no, puesto que mi máxima ambición es que la gente me lea, disfrute y opine. Es una bizarrada, una historia que mezcla el western crepuscular con el space opera y la colonización espacial, pero creo que me está quedando bien, al fin y al cabo llevo casi un año planeándola.

Comparto con vosotros el primer capítulo, espero que os guste. Saludos

CAPÍTULO 1: EL NOMBRE DEL JINETE

El paso de la yegua denotaba un ánimo tan lúgubre como el de su jinete. Era el tercer día de marcha sin probar bocado y además, el agua comenzaba a escasear. El jinete levantó su cabeza cubierta por un mugriento sombrero de ala ancha y miró al cielo de color rosa pálido, dominado por un sol implacable y carente de nubes. No había súplica ni desesperación en su mirada, sino más bien resignación. El paisaje que les rodeaba era tan poco halagüeño como el cielo. A pesar de no existir ninguna elevación, apenas se podía ver más allá de un centenar de metros debido al polvo que se extendía revoloteando ante ellos. Prácticamente no había vegetación, y sabía que las piedras del camino estaban haciendo mella en los cascos de su yegua, pobremente herrada. Morgan emitió un pequeño relincho a la vez que movía las crines, alterada. El jinete se inclinó y le susurró al oído mientras le acariciaba el hocico. El viaje le estaba pasando factura y estaba sedienta, pero no podía darle agua, no hasta la noche. Entonces ambos podrían permitirse beber. Hizo ademán de meter la mano en su poncho para sacar un cigarrillo, pero se lo pensó dos veces. Tenía la garganta demasiado seca.


El jinete tenía muchos nombres. En las calles donde se crió le conocieron como Ratnik. Ese era el nombre de guerra con que le bautizó el matón que le acogió bajo su ala cuando tenía apenas 9 años. Él le enseño a pelear y a sobrevivir, y a eso dedicó gran parte de su infancia y adolescencia. Durante muchos años, rompió huesos y se los rompieron. Robó, amenazó, traicionó y apuñaló en su nombre, hasta que una navaja en la garganta puso fin a su mecenazgo y el chico de 15 años que era decidió largarse de ahí en busca de tierras más fértiles donde su cuello no corriera la misma suerte que el de su patrón. Mintió sobre su edad (y sobre muchas otras cosas) y se inventó un nuevo nombre para poder unirse al ejército, el único lugar lejos de la calle donde sabía que podría hacer uso de sus habilidades y ganarse la vida con ello. Allí le llamaron de muchas maneras diferentes: recluta, cadete, escoria callejera y otras lindezas. Pero aquello nunca le amilanó. Lejos de hacerlo, demostró que estaba hecho para luchar y se ganó el respeto de compañeros y superiores. Cuando estalló la guerra, su valía y audacia no pasaron desapercibidas. No tenía ningún sitio al que volver y nadie le esperaba, y era por eso que luchaba sin miedo, con bravura pero con disciplina, sin nada que perder. La metralla de una granada enemiga le perforó un gemelo y el anular de la mano izquierda. Cuando llegó la ayuda médica se negó a que le atendieran antes que al resto de compañeros, aduciendo que eran solo heridas superficiales. Eso le valió los sobrenombres de Rasguño y de Will Nuevededos, si bien nadie los pronunció nunca con sorna. Pronto le llamaron Teniente, y, más tarde, Capitán. Podría decirse que aquellos fueron buenos tiempos. Pero muy en el fondo sabía que no lo eran.


Durante su estancia en el ejército, el hombre que tenía muchos nombres y ninguno, medró y consiguió por primera vez ser respetado sin ser temido. Eso era más de lo que había tenido nunca y debería bastar. Tendría que haberse dado por contento. Pero él no era un hombre como la mayoría. Las cosas que vio durante aquellos años, lo que tuvo que hacer… Él creía en la camaradería, en un orden dentro del caos, pero no compartía la ideología de sus camaradas, sus ambiciones. Y lo que era peor, era un hombre al que, por aquel entonces, aún le quedaba algo de escrúpulos y de moral, lo cual nunca fue del agrado de sus superiores, ni de los superiores de estos. Pensar por uno mismo es peligroso en un lugar hecho para seguir órdenes.


Y entonces llegó el punto de inflexión en la guerra, lo que lo cambió todo. De forma súbita y mucho más cruel de lo que nadie se había atrevido a vislumbrar y su vida cambió por completo. Simplemente no lo vio venir. Su mundo se vino abajo, junto con las condecoraciones, la camaradería y el respeto. A partir de aquel momento, se vio obligado a huir, a moverse de un sitio a otro buscándose la vida de nuevo y desempeñando cualquier trabajo por el que le pagaran unas monedas o un plato caliente, escondiéndose y viviendo como un animal, con solo una cosa a la que agarrarse, la única constante en su vida: moverse hacia el oeste. Siempre hacia el oeste. Desde entonces había acumulado muchos nuevos nombres, casi uno por cada pueblo que visitaba. El último, Sully, le había traído suerte. No se había metido en problemas desde que lo consiguió, no sin esfuerzo, hacía unas cuantas semanas, así que decidió quedárselo algún tiempo. Además, que demonios, le quedaba bien. Lo usaría al menos hasta la próxima ciudad. Siempre y cuando consiguiera llegar con vida.


En la inmensidad del desierto, el silencio era tan implacable como el calor, así que, cuando un aullido metálico comenzó a crecer a través de la llanura, jinete y montura giraron sus cabezas. A menos de dos kilómetros de allí, una bestia alargada y de color plateado se movía a velocidad endiablada, emitiendo un sonido afilado. Pudieron ver su brillo incluso a través de la capa de polvo. Un tren. Sully miró entonces al sol. La máquina se movía hacia el Noroeste, no hacía el Norte, como cabría esperar. Arrugó aún más el ceño si cabe. La civilización se extendía. Quizá a ritmo lento, pero imparable. Pronto alcanzaría los lugares más inhóspitos e, irremediablemente, también acabaría alcanzándolo a él.


Poco después de que la enorme máquina hubo desaparecido en el horizonte limitado por el polvo y el vapor ardiente, Morgan emitió un bufido y cambio su rumbo bruscamente. Sully sonrió y soltó las riendas, permitiéndole dirigirse a donde quisiera. Había olido algo, algo importante. Recordó cómo se rieron de él cuando se dispuso a cruzar las llanuras a lomos de un caballo. Veríamos quien reía ahora.


Morgan aceleró el paso, dirigiéndose en ligera pendiente cuesta abajo hacia un lugar que Sully aún no alcanzaba a ver. Demasiado polvo. Pronto, el paisaje se volvió más abrupto y Sully se vio obligado a descabalgar para guiar a la yegua entre las cárcavas y los socavones del terreno. Sí se partiera una pata tratando de descender, sería el fin de ambos. Entonces pudo verlo, e incluso olerlo. Se trataba de una depresión del terreno cubierta por una ligera niebla. Aún estaba algo lejos, pero se distinguía vegetación. Y vegetación en un lugar como aquel significaba agua.

Refrenando el entusiasmo de la yegua y el suyo propio, Sully vigiló cada paso con cuidado mientras descendían, hasta que lo oyeron, y ninguno pudo resistirlo más. La cogió de las riendas y bajaron a pequeños saltos. Era el inconfundible sonido del fluir del agua. Si alguien los hubiera visto descender a saltitos los últimos metros hasta la verde rambla le habría dado la impresión de que bailaban una danza alegre. Y quizá no se equivocara.


El pequeño oasis no tenía una gran extensión y estaba cubierto de plantas que apenas levantaban medio metro del sueño, líquenes y charcas estancadas, pero a ellos les pareció un vergel exuberante. Localizaron pronto la fuente de agua. Una pequeña surgencia entre las rocas de la cual brotaba un chorro consistente de agua freática. Morgan se dirigió a él con la lengua fuera pero Sully tiró de ella con todas sus fuerzas. Primero había que tomar precauciones. Sacó un frasquito de cristal y retiró con cuidado el precinto. Entonces, lo llenó con el agua, volvió a taparlo y agitó con fuerza. Lo colocó delante de sus ojos y observó en silencio. Pronto, el agua adquirió un color azul claro. Aquello era bueno, pero no se permitió cantar victoria, pues apenas duró unos segundos y enseguida continuó oscureciéndose. Sully contuvo la respiración. Unas pequeñas vetas verdes comenzaron a aparecer en el fondo del tubo, que se fueron haciendo cada vez más grandes y más intensas, adquiriendo un color verde brillante, químico. La mano de Sully tembló y la yegua piafó nerviosa. Mantuvo la mirada fija en el frasco durante más de un minuto, totalmente inmóvil y sin emitir ni un sonido. Solo cuando estuvo seguro de que no habría más cambios en la coloración se permitió respirar de puro alivio. Soltó entonces a la yegua y le permitió beber y, cuando se hubo hartado, el bebió hasta que le dolió el estómago. Entonces sacó los odres y la cantimplora de entre las alforjas de Morgan y los llenó hasta arriba.


Azul quería decir que el agua estaba limpia, tanto más cuanto más claro era ese azul. Verde significaba que había impurezas pero se podía beber en casos de extrema necesidad, como sin duda era aquel. Si el agua se tornaba amarilla, sin embargo, había que evitar beber a toda costa. De no hacerlo, al individuo le arderían las tripas y no podría dejar de cagar durante horas. Y cuanto más cagase más se deshidrataría, lo cual le haría tener más sed y…Y aquello en un lugar como ese significaba una muerte segura.


Había un cuarto color, el rojo, muy poco habitual, por suerte. Si el agua se volvía roja en el frasco, había que huir del lugar a toda prisa y, si era posible, lavarse bien y deshacerse de sus ropas. Sully solo había visto como el frasco adquiría ese color en una ocasión hace ya mucho tiempo, y confiaba en no volver a verlo nunca.


Dejó a la yegua pacer mientras él se dedicaba a explorar el lugar. Había varias charcas de pequeño tamaño y sin apenas profundidad. Se agachó sobre ellas y no le gustó el reflejo que le devolvieron las aguas. Siempre había sido un tipo delgado, pero los huesos de su cara parecían más prominentes que nunca y ni siquiera su poblada barba parecía poder esconderlos. Sus hundidos ojos azules tampoco ayudaban. También necesitaba un corte de pelo con urgencia.


Sabía que no tenía mucho sentido, pero colocó una pequeña trampa para animales. Nunca se sabía. Aunque el lugar era algo más fresco que la inmensa llanura circundante, la humedad hacía que no pudiera dejar de sudar. Encontró dos tipos de arbustos con bayas. Unos de ellos no los había visto en su vida, y los otros los conocía bien. Los primeros eran muy probablemente venenosos, mientras que los segundos lo eran con toda certeza. Comprobó que no tenía ninguna herida abierta en la mano y cogió unas cuantas de estos últimos. Tuvo más suerte con la fauna local. Logró cazar algunas lagartijas y un par de ranas. Pensó en cocinarlas, pero debía ahorrar la poca madera seca que le quedaba. Lo cierto es que las ranas le parecieron insípidas y bulbosas y le costó una buena dosis de fuerza de voluntad tragarlas. Las lagartijas en cambio estaban crujientes y saladas, y constituyeron un buen bocado una vez que consiguió retirarles las escamas. Las primeras calorías en mucho tiempo devolvieron un poco el vigor a su cuerpo, aunque no hizo que le mejorara el humor. Llegó a los límites de aquel lugar para encontrar como el agua acababa goteando desde una cierta altura sobre un enorme erial unos pocos metros por debajo. Había pensado que quizá acabaría confluyendo en un arroyo mayor, pero nada más lejos de la realidad. El paisaje que se extendía ante sus ojos le pareció aún más sofocante que aquel del que provenían, así que decidió que darían media vuelta y continuarían por donde habían venido. Pensó que muy probablemente aquel pequeño oasis estaba destinado a morir a no mucho tardar, haciendo todavía más arduo el camino de muchos viajeros.


Volvió con Morgan, que estaba recostada junto al nacimiento del arroyo y estiraba el cuello para lamer del flujo de agua. La levantó tirando de las riendas, no sin esfuerzo y cierta pena. No faltaba mucho para que anocheciera y había que largarse de allí. Un lugar como este, con agua y algo que comer, sería un punto de reunión de depredadores, hombres y otras bestias. Deshicieron el camino y se pusieron de nuevo en marcha, ya con mejor ánimo. El día todavía daba para acercarse unos pocos kilómetros más al horizonte.


El terreno se volvió más pedregoso conforme el sol se iba poniendo. Aparecieron también los primeros signos de vegetación, lo cual era buena señal, aunque se tratara solo de yerbajos y plantas espinosas. Un ser alargado, similar a una serpiente, salió de entre las rocas reptando hacia ellos. Lejos de asustarse, Morgan aplastó la cabeza del animal con su pezuña, reduciéndola a pulpa. Sully la acarició en el cuello. Estaba claro que ella tampoco estaba para tonterías. La temperatura comenzó a descender rápidamente y Sully no lo pensó más. Divisó una pequeña elevación rocosa donde tendría una buena vista de la llanura y algo de protección por las rocas circundantes y se dispuso a montar el campamento para pasar la noche.


La yegua se tumbó con un bufido, casi de forma cómica. Lo primero que hizo Sully fue comprobar cómo seguía su pezuña. La levantó con cuidado y observó que la herida, aunque no parecía haber empeorado, seguía enrojecida y debía de doler. La limpió con un poco de agua y la secó, para después aplicarle el antibiótico y la pomada cicatrizante. Lo cierto era que estaba gastando todas sus medicinas en la yegua, pero no le importaba. Sin ella no conseguiría llegar a ningún sitio. Además, sabía muy bien que si le herían a él, muy probablemente nunca llegaría a aplicarse las medicinas. Entonces le acercó a Morgan algo del forraje que había conseguido en el oasis, básicamente raíces y plantas de porte bajo. No era gran cosa, pero la yegua no era precisamente quisquillosa y lo devoró todo con ganas. A la mañana siguiente se levantaría con energías renovadas.


La noche era inminente y Sully sintió un escalofrío por la columna. Exhaló aire y pudo observar el vaho fantasmagórico ante sus ojos. Pronto llegarían a temperaturas bajo cero. Sacó de entre las alforjas una manta mugrienta y se cubrió con ella, al igual que los cuartos traseros del caballo. La noche anterior habían aguantado, pero esta vez lo tuvo claro. Reunió la poca madera seca que le quedaba y se dispuso a encender un fuego. Es cierto que era peligroso. En un lugar así, sin apenas elevaciones ni otros puntos de luz, una hoguera podía ser divisada desde muy lejos. Pero congelarse durante la noche no era un panorama mucho mejor. En el desierto, los días era duros, pero las noches eran aterradoras. Cuando el fuego comenzó a crepitar, sacó una de las lagartijas que había atrapado y la acercó a las llamas. Comprobó que cocinarla no tenía un gran efecto sobre su sabor. Solo estaba más seca, pero aún así no le hizo ascos.


Una descomunal flatulencia de la yegua rompió el silencio de la noche, aunque no pareció ser suficiente para perturbar el sueño de Morgan. Sully pensó que de haber tenido el trasero en dirección al fuego, ambos habrían muerto carbonizados al instante. Bendita ella que al menos podía dormir. Él se ajustó el sombrero, encendió un cigarro y se recostó contra las rocas. La noche era clara y apenas podían verse estrellas. Eso no le gustaba, prefería las noches oscuras. Por algún motivo que no habría sabido decir, cuando la negrura cubría el desierto con su manto él se sentía más protegido, como si la total oscuridad hiciera que el resto del mundo se olvidara de él. En noches como aquella, sin embargo, no encontraba la paz. Venían a su cabeza todos los nombres que había tenido en su vida y traían consigo los recuerdos y las tortuosas historias que les acompañaban. Había un nombre, sin embargo, que le costaba recordar: Aquel con el que vino al mundo. Ese lo había usado tan poco… Dio una última calada al cigarro, soltó el humo con fuerza y este se elevó hacia el firmamento, hacia las dos lunas, Phobos y Deimos, que resplandecían en el cielo de Marte.


Si os ha gustado, en mi blog tenéis más capítulos, y subo más semanalmente.


Te animo a que te autopubliques en Amazon. No he podido leerlo entero, pero te aconsejo que te busques lectores beta serios, que te den buenos consejos y que te pongas en manos de alguien que entienda de corrección para que te revise lo ortotipográfico.
¡Gracias por el comentario! ¿Lo dices porque has encontrado muchos errores? jeje.

Un saludo!
Aiacos83 escribió:¡Gracias por el comentario! ¿Lo dices porque has encontrado muchos errores? jeje.

Un saludo!


De nada :) Es un consejo muy elemental que doy porque a todos no salen errores y fallos. Yo el primero, que digo en dos frases: "¿Vas a comer? Porque Pepito ya se fue a comer" Y cosas así. Por eso estoy muy concienciado sobre las revisiones y, sobre todo, que te la haga una persona que entienda del tema.

¡Un saludo!
3 respuestas