Lo prometido es deuda, aquí teneis el capítulo 7.
CAPÍTULO 7
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Tander llegó a su casa pasadas ya las diez de la noche. Shela, Ashla y Daniel le esperaban despiertos.
- Fue un día duro, ¿verdad? –se interesó Ashla mientras le servia el plato de comida.
- Sí, hemos hallado a respuesta de muchos interrogantes, aunque muchos otros quedan por averiguar; tuvimos que recurrir al libro sagrado –respondió Tander con tono de voz cansado.
Ashla y Shela se quedaron perplejas, para ellas el libro sagrado era conocido por los relatos de sus antepasados, pero nunca imaginaron que sería consultado, y menos aún por alguien tan cercano. Daniel sin embargo, no captó la magnitud de la situación.
Tander por otro lado se hallaba cansado aunque satisfecho, ya que había conseguido averiguar muchas cosas; entre ellas la familia de la niña predicha.
- Ahora buscamos a un hombre predicho, un elegido. Mañana os lo relataré con más detalle. Pero lo que está claro es que vivimos en tiempos cruciales para la identidad del valle de la luz.
Tander había creado expectación con sus palabras. Todos se miraban entre sí pensando en la magnitud de esta nueva situación o incluso el riesgo que corrían.
Daniel comenzó a sentir la mirada de Tander y unas palabras en su cabeza:
wx sxhghv vhu ho hohjlgr, txladv hvh vhd ho prwlyr sru ho txh hvwdv dtxl
(tú puedes ser el elegido, quizás ese sea el motivo por el que estás aquí)
Daniel se sorprendió de lo que le dijo Tander, no podía entender cómo podían creer en antiguas profecías ni pensar que él iba a ser un elegido. Él, “el Dani”, ¿en qué cabeza cabría esperar algo de él?
- Acompaña a Daniel al cuarto de invitados –ordenó Tander a Shela interrumpiendo los pensamientos de Daniel.
Shela acompañó servicialmente a Daniel hasta un cuarto en la planta de arriba de la casa. Llevaba una lámpara de aceite en la mano que le servía para iluminar vagamente por donde andaba; al llegar a la habitación le dio la lámpara a Daniel.
- Que tengas una buena noche Daniel –le deseó con una cálida sonrisa.
- Gracias, que descanses –respondió Daniel.
Daniel entró en la habitación, el suelo de madera crujía levemente al peso de sus pasos. Había una cama de tamaño normal en un rincón de la habitación y, junto a ella, una pequeña ventana que daba a la calle, por la que se veía como comenzaba a llover y donde ningún alma quedaba ya. «Mañana será otro día» se dijo Daniel suspirando tras lo que se acostó, pensando que quizás al día siguiente se levantaría en su casa, o en un hospital o ni siquiera despertaría.
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