Se quedó pensando el viejo sabio, con su mano derecha apoyada en la barbilla como si fuera una escultura de Rodin. Nos miraba con su mirada limpia, nos miraba sin prejuicios. Con ese pequeño par de ojos oscuros curiosos, iluminados por la chispa de la incertidumbre. Nos miraba a todos con semblante serio, y casi ninguno de nosotros nos atrevíamos a mediar palabra alguna. Algún niño reía, intentaba llamar su atención a gritos. Los flases de las cámaras fotográficas le hacían entrecerrar los ojos, algo cegados por la repentina luz.
Nos miraba con total naturalidad. No le extrañaba estar en aquel lugar. Ni estar sentado sobre la hierba, observándonos, viendo pasar una bonita mañana de verano en Berlín. Él estaba allí desde que podía recordarlo... Ya apenas extrañaba su lejano país, la siempre agradecida humedad de aquellas mañanas, ni tan siquiera la comida, pues la berlinesa había resultado ser tan buena como aquella, pero había algo que sí que extrañaba: su casa. Ese hogar donde se sentía libre y dueño de todo. Aquel hogar del que había tenido que huir...
Se nos cansaron las piernas de estar de pie, observando la delicadeza de las manos del viejo, su postura elegante, su mirada atenta, ... El color de su oscura piel, la similitud de todos sus gestos con los nuestros, de todos sus rasgos... Y decidimos proseguir nuestra visita por el zoo de Berlín, abrumados con la idea de encerrar a aquel gorila en una jaula, tan lejos de su tierra, de sus raíces...




