La cogí de la mano. Era una mano huesuda y fría, áspera y de vértices pronunciados. Acaricié sus nudillos con la yema de mis dedos. La miré a sus pequeños ojos acuosos, de pupilas difuminadas por un azul turquesa. Unos ojos infinitamente surcados de arrugas a su alrededor de tanto haber mirado. Descansaban sus párpados a medio camino entre el sueño y la realidad. Miraban a un punto fijo de la pared, más allá de mi rostro. Tomé su mano con firmeza y la acerqué a mis labios. Besé su anillo y sentí el frío del metal a través de mis dientes. La devolví a su regazo, donde quedó descansando junto a la otra, como un somnoliento gato.
Los asistentes se revolvieron como animales enjaulados. Su hija tan solo acertó a a ahogar un grito cuado el monótono latido de su corazón silenció. A su marido, que respiró aliviado, se le llenaron los ojos de lágrimas. Hubo un silencio eterno, espeso, mientras yo abandonaba la habitación. Nadie se percató.
Anduve por el corredor del hospital esperando de nuevo mi turno, pacientemente, en el que tuviera que volver a terminar con la vida de alguno de aquellos pobres condenados.





