por ártica 02 Jul 2008 01:33
Somos seres efímeros. Quiero decir, una vez ardemos en la boca urgente de cualquier nombre propio, apenas tenemos tiempo para rememorar nuestra vida tras una cortina de humo, no sé, como si fuese algún tipo de metáfora sobre la inexistencia. No siempre nos consumimos del todo entre los dedos amarillos, ni nos rendimos de pronto ante la caída física hacia el suelo. Tenemos sentimientos. Yo besaría sin duda los labios grises de James Dean.
Pero somos algo más, somos la escisión de un mal día de invierno, una bandera que divide la tierra en dos tipos de tierra, una especie de estrella de david cosida en los labios y tal vez un tatuaje negro en el pulmón izquierdo. Somos la disputa en los bares y las tabernas del hombre que sostiene un palillo entre los dientes y maldice mientras suda una camisa blanca de botones desabrochados, asoman los pelos por la camisa, huele a virilidad la camisa. La disputa también de aquel otro que tiembla en la calle y exhala humo y vaho a un mismo tiempo, desterrado de una oficina con olor a pino durante unos minutos al día. Y él, que no hace si no maldecir, al igual que el anterior, cae súbitamente al recordar con pasión el carmín que alguien dejó sobre otra colilla que no es la que ahora sostiene. Somos la tensión entre individuos iguales.
Podemos crear odio. Tenemos el poder para levantar una revolución mental, y quizá, tal vez, empecemos por las cocinas, en el silencio verbal de cucharas que tropiezan contra el plato de sopa caliente, tal vez. El mundo no es tan grande. Llegará el día en el que estemos prohibidos, en el que seamos ilegales y perseguidos y fundemos una ciudad de cancerígenos que erijan himnos apropiados. Hasta entonces colgaremos carteles sencillos que digan, En este establecimiento no están permitidos fumadores, o Aquí sí eres bienvenido. Y quizá entre líneas una pregunta trágica sobre el ser humano.
La revolución está cerca, pero nunca fuimos conscientes de que fuésemos a provocar una guerra tan sencilla, sin escombros en los que perder nuestros zapatos ni desgastar las manos, es decir, que no habrá calles marchitas ni paredes desconchadas, en realidad, con carteles que inciten a ponerse de nuestro bando, si no una guerra de palabra, con la que nos sentiremos extranjeros en todas partes, extranjeros de nosotros mismos. Y tan sólo nos quedará ya el aburrimiento de morirnos.