Dos viejos viajan juntos en el autobus, uno frente a otro, como los últimos 45 años. Ella, enjuta y encorbada, se queja de viajar en el sentido contrario al de la marcha. Con un gruñido, su marido indica que se levante para cambiarse los asientos. En el baile giratorio y tembloroso, mientras se agarran a las barras rojas, no se miran a los ojos. Se sientan finalmente y cada uno gira la cabeza hacia a un lado, con el fin de evitar encontrar sus miradas en ese incómodo reconocimiento diario. Él mueve la cabeza de lado a lado. Sus arrugas se profundizan en su entrecejo y las comisuras de sus labios dibujan un enfado que se prolonga casi hasta su mentón. De repente, él le reprocha algo. Ella responde. El rostro del viejo se refleja en la ventanilla a través de la que mira a ninguna parte, con el ceño fruncido.
En la siguiente parada sube una pareja joven y sonriente. Él es alto, rubio y corpulento y ella, más menuda y morena. Su singularidad reside en que ambos son ciegos. Bromean con el autobusero, quien les tiene que ayudar a validar el tiquet. Caminan a tientas, guiándose a través de las barras rojas, hasta encontrar un espacio libre justo delante de mí. Ambos se cogen de la mano. Ella le da un beso en el cuello y es correspondida con otro en la mejilla. Comienzan a hablar entre ellos. Ríen.
Es en la siguiente parada donde debo bajarme, no sin antes apagar mi mp3 para escuchar lo que estaba sucediendo: Los viejos siguen en silencio. Los jóvenes también. Desde la puerta, giro la cabeza y veo que los jóvenes han juntado sus cabezas y los viejos, siguen mirando al vacío, uno a cada lado.



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