La terraza del olvido.

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Hola a quien lo lea.

El cielo nublado, como un mar filmado en los años 20, pone techo a los pensamientos. En la terraza de un bar, en la plaza más famosa de la ciudad, los turistas descansan sus aquejados pies mientras los camareros danzan equilibrismos con la bandeja llena de bebidas y tapas. El viento comienza a corretear cerca del suelo, jugando, viento travieso. Los papeles salen volando con él, los peinados dejan de serlo y las faldas dejan de cumplir con el contrato no verbal que tienen con sus compradoras.

Mi café caliente quema placenteramente mis labios mientras las hojas secas del suelo dan forma a un remolino de viento, como pintura encima del hombre invisible, que camina entre las sillas y mesas haciendo diabluras.

Algunos intuyen y marchan a guarecerse, otros continúan con la mirada ensimismada en la calle o en sus compañeros de conversación... en la vida. El cielo despierta, un relámpago ilumina la plaza, un gran flash que calla a las diminutas y perdidas almas que estamos bajo él. Callamos a la espera del respetado trueno, el silencio antes de...

El cielo se resquebraja encima nuestro, potente, voluminoso e intimidante, el trueno sigue ronroneando largos segundos tras la ira inicial antes de susurrar y perderse a lo lejos. Un segundo flash apuñala el cielo en capilares haciendo a la gente gritar y correr apresuradamente.

La lluvia llega fría y rechoncha en sus gotas, inundando tazas de café, platos de patatas bravas y devolviendo a la nostálgica mar a los calamares aprisionados por bollos de pan.

Me quedo en la terraza solo, un loco más, dejo caer mi cabeza hacia atrás, cierro los ojos y me empapo, disfrutando del respeto y temor de escuchar a los truenos.


Un saludo.
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