El Páramo de Sía-Capítulo 11

XI


Las cosas cambiaron mucho en los años siguientes. La Federación no volvió a flaquear tanto en combate como aquel primer ataque, y no siempre las fuerzas de Henry ganaban. La Federación se encontraba embotellada entre los furiosos ataques de Henry y la guerra con el Enemigo. Pero los ádahas no tardaron en encontrarse con un segundo problema al que combatir. Uno de sus planetas minas, un planeta grande y montañoso llamado Sía había sido tomado y ferozmente defendido por un grupo de mercenarios y contrabandistas a sueldo de un nuevo guerrillero de casta baja que se hacía llamar Prometeo. Y en verdad era un gran problema pues su estrategia en combate era siempre superior a la de los ádahas, y siempre sabían contrarrestar las increíbles y novedosas formaciones de Henry. Muchos altos cargos ádahas fueron ejecutados de manos del consejo. Pero el topo que les pasaba la información seguía sin aparecer. Y es que en verdad no era un espía. La lúcida mente de Henry había encontrado la manera de poder comunicarse con cualquier persona sin temor a ser interceptado por algún ádahas. En verdad, había descubierto cuán poderoso le habían creado y no había nadie entre los de su especie que pudiera entrar en su mente, era como si Henry hubiera creado un canal mental propio por el que correr libremente. Pero lo que más útil resultaba a Henry era que no solamente no había nadie que pudiera entrar en su mente, además él podía entrar en la que quisiera. Por el día se dedicaba a dilucidar complejos planes para derrotar a la Federación y a Prometeo, y por la noche conversaba con Daev y le explicaba como tenía que ganar a los ádahas. Enseguida el ejército de Daev entró en el punto de mira de los tratados de alianza interestelares, La Federación buscaba su apoyo, el Enemigo también, e incluso grupúsculos inferiores de monopolios económicos que buscaban en Prometeo una base política sólida. Y en verdad nadie le conocía. Nadie le había visto. Algunos incluso se pensaban que era el propio Daev el que lo ideaba todo. Aún así, miles y miles de hombres y mujeres desheredados, expulsados tiempo atrás por la Federación, miles de trabajadores explotados en las minas de los anillos exteriores abandonaban todo y corrían a alistarse en el ejército de Daev. Cada día increíbles números de personas desembarcaban en Sía para formar parte de esa cruzada que mantenía Prometeo, aunque no supieran por qué luchaba. Algunos creían que era por derrotar de una vez por todas a los ádahas, otros que era por devolverle a la Federación el golpe de cientos de años de monopolio. Otros simples fanáticos que veían en Prometeo de verdad la figura que ayudaría a los hombre a mejorar.

Así se encontraba Daev, todos los días, con larguísimas listas de desembarco a las que tenía que hacer frente, y con los partes de las batallas que libraban.

Sía era en verdad un planeta gigantesco. En él se extraían minerales de baja calidad, así que no era esa la razón por la que Henry veía indispensable el establecer su puesto de mando allí. Había enormes océanos que separaban las extensas formaciones continentales. Se trataba de un planeta de frecuentes lluvias, lo que hacía que las zonas que no fueran montañosas estuvieran siempre fangosas y encharcadas. Sin la menor opción de establecerse vida duradera allí. Hasta que llegaron los humanos. Entonces fuertes colonias se habían levantado en emplazamientos de ríos y montañas. La verdad es que eran pocos los asentamientos que los ádahas habían construido. Apenas un centenar de poblados mineros y una especie de capital administrativa a la que llegaban los cargueros que se llevaban los minerales. En pocos años Daev y su ejército habían acondicionado increíbles ciudades que resultaban habitables y comerciaban entre ellas. Aquel yermo planeta se había convertido en la capital del ejército que clamaba al nombre de Prometeo. Ahora más de la mitad de la gente que habitaba Sía ya no buscaban el dinero que Prometeo le ofrecía como mercenarios. Seguían a Daev por voluntad propia. Se montaron grandes parafernalias para hacer creer que Prometeo existía físicamente. Se construyó un enorme palacio en metal y piedra y una pequeña ciudad de abastecimiento propio. Cualquiera que estuviera allí pensaba en Prometeo como una imagen a seguir, y no se preocupaban de porqué no salía nunca. Pronto los ejércitos de Daev empezaron a avanzar comiendo por detrás el terreno a los ádahas mientras ellos seguían avanzando por el de los humanos de la Federación.

A las afueras de las ciudades afloraban kilométricas extensiones de campamentos en los que la administración tomaba nota de todas las familias y personas que venían a establecerse en Sía mientras los hombres de Daev iban levantando nuevas viviendas. En el extra radio de cada ciudad de Sía y de cada planeta tomado se levantaban campamentos militares en los que el juego, el alcohol y las juergas eran tan habituales como los entrenamientos y los reabastecimientos. Daev había divido a todos sus hombres en unidades de combate de veinte personas. Miles y miles de unidades de combate de veinte personas. Dentro de cada una había un comandante, un sargento, un cabo y diecisiete soldados, de entre los que había dos lanzallamas, uno que llevaba un cañón pesado de los que se transportaban en los tanques, uno con ametralladora pesada y el resto con rifles boot o armas de fuego. La verdad es que el ejército de Daev no contaba con unidades blindadas de tierra, y muy pocas para el combate en vuelo bajo, todas las tenían que capturar. Lo que más sorprendía al enemigo era la brutalidad de aquellos hombres gigantescos que vestían con cazadoras de cuero y que disparaban mientras avanzaban a lo loco. Lo único que podía esperar quién se enfrentase a ellos era poder pararles antes de que aquellos locos llegaran hasta su posición para entrar en el cuerpo a cuerpo, pues la brutalidad y la fuerza de aquellos animales era tal que cualquier objeto que tomaran era más peligroso que cualquier arma especializada en cuerpo a cuerpo que tuviera soldado alguno. En muchos combates se veían grandes explosiones producidas por los cañones que portaban los mercenarios y como de entre aquel fuego saltaban los mercenarios de asalto con los ojos inyectados en sangre, la barba de tres días, la cazadora de cuero, el pelo a lo loco y los tatuajes, utilizando tuberías, barras de acero, espadas gigantescas, cadenas y demás para aplastar a los soldados que tenían enfrente. Los lanzallamas iban siempre los primeros y en verdad era una táctica que ningún mariscal de campo sabía describir a Henry con exactitud después de cada derrota.

Daev se encontraba en una nave de reconocimiento bastante lejos de Sía, explorando las cercanías de Dorus en el octavo sistema. La nave no era mucho mayor que un biplaza de la Federación, pero era muy veloz. Aunque se encontraran en un sistema de mercenarios, o quizá precisamente por eso, habían desplegado las banderas de Prometeo. Daev iba sentado detrás de los pilotos escrutando la pantalla de rastreo.

-Señor, ya le dijimos que podíamos hacer esto nosotros, debe volver y vigilar como va la guerra
-No se preocupe Mayor, todas las noches nos pasarán el parte de guerra. Creo que ya se donde está, acérquenme a aquel planeta pequeño, aquel verdoso. No creo que tarde más de un par de días en encontrarlo, si me pasara algo, quiero que vuelvan en seguida y se lo comuniquen a Jits, él sabrá que hacer.

-Señor, no creo que eso sea buena idea

-Por favor, Mayor...

-Como quiera, señor.

Le acercaron a Shenn, una especie de planeta algo más pequeño que la Luna. Cuando estuvieron cerca, Daev saltó. Saltó al vacío del espacio con su traje de salto. Completamente negro, con un casco que medía la presión, las distancias y la velocidad. Automáticamente las coordenadas que habían sido programadas antes del salto hicieron que Daev se precipitara a toda velocidad hacia el planeta. Se estiró y puso los pies por delante. Sintió mucho calor cuando atravesó la atmósfera, pero el traje especialmente diseñado le salvó de morir desintegrado. Una vez atravesada la atmósfera, Daev se giró y se puso paralelo al suelo mirando hacia abajo. La velocidad era menor y llegado el momento el paracaídas se abrió.

Cuando llegó al suelo se deshizo del traje exterior y se quedó con la protección de combate. Al pulsar una tecla del lateral del casco un símbolo apareció en la pantalla del cristal. Se puso a caminar hacia ella. Mientras escudriñaba a su alrededor con el rifle boot cargado. El planeta era bastante parecido a Sía, pero con la dureza en el terreno propia de Senetria.

La falta de vida allí hacía difícil caminar siguiendo camino alguno, por que no existían, por eso se le hacía tan pesado andar a Daev a través de aquellos espesos bosques. Todo el planeta parecía un bosque gigantesco, al menos la porción de él que aparecía en el mapa de la pantalla del casco de Daev. Avanzó con premura, sin detenerse y a un ritmo continuo. A mitad de tarde encontró un claro en el oscuro bosque, y decidió acampar. Reunió unas cuantas ramas y hojas secas, encendió un fuego, trazó el perímetro de defensa en un círculo de tres metro de radio desde la hoguera y se acomodó para cenar. Se comió tres comprimidos energéticos y dos tabletas de carne. Cargó el rifle boot y se recostó cerca del fuego. Antes de dormirse se puso a mirar las estrellas que se veían a través del claro de árboles. Muchas de ellas se movían a grandes velocidades. Eran los gigantescos cruceros que se dirigían a cualquier parte a recoger mercancía o pasajeros. Se quedó dormido mientras pensaba en Henry, en Ray y en Jihe.

Un viento frío le despertó. El traje de combate le preservaba de temperaturas de hasta –35º sin necesidad del casco. Daev imaginó que debía estar cerca de esa temperatura porque empezaba a sentir el frío en sus piernas. Entonces reparó en que tenía la cara completamente congelada. El hielo y la escarcha le cubrían las mejillas y el pelo. El fuego se había apagado hace rato. Se incorporó sintiendo el dolor en la piel de la cara y buscó su casco. O se lo conseguía poner pronto, o moriría congelado. El casco no estaba. Miró alrededor y vio que el perímetro de seguridad estaba caído en el suelo y roto. Se le aceleró el corazón y cogió el rifle boot. Esto tiraba por tierra la teoría de Daev de que no había vida en el planeta. De repente una sombra saltó delante de él cruzando de lado a lado. Daev se echó hacia atrás y apuntó alrededor con el rifle. Algo se movió tras él, se giró, disparó y cuando el rayo impactó contra algo salió despedido un terrible chillido y un olor a quemado fue lo único que quedó en la silenciosa noche. Se incorporó y escrutó en rededor. Empezó a caminar hacia la humeante mancha tendida en el suelo mientras tiritaba. Empezó a sentir como su cuerpo se iba congelando. Cuando llegó a donde había disparado palpó un pequeño animal peludo. Era algo parecido a un lobo pequeño con la cabeza más grande. Al incorporarse de nuevo su bota chocó contra algo que salió rodando medio metro. Se giró y se agachó a comprobar que era. ¡El casco!. Se levantó y se lo puso enseguida olvidando el rifle en el suelo. Activó inmediatamente el sistema de compensación térmica y el traje le devolvió inmediatamente a la temperatura normal de su cuerpo. Después activó la visión nocturna y se encontró literalmente rodeado por decenas de esas pequeñas criaturas que le miraban con ansia y, seguramente, hambre. En realidad no eran parecidas a lobos, eran más bien pequeños perros bípedos que raramente necesitaban las patas delanteras para apoyarse. Estas patas eran anchas y su extremos estaban provistas de unas especies de uñas. Se tambaleaban hacia delante y atrás. Estaban por todos lados. Rápidamente se lanzó al suelo rodando para recoger el rifle boot. Lo puso en fuego automático, lo apoyó contra el costado y con la otra mano sacó la pistola. En ese momento se lanzaron a por él todos a la vez y Daev se puso a disparar contra todos dando vueltas. Empezaban a caer al suelo pero cada vez había más. Daev salió corriendo en una dirección abriéndose paso a través de los animales con el fuego del rifle mientras notaba las uñas de lo que iban agolpándose detrás de él. Corrió con todas sus fuerzas mientras iba soltando disparos hacia atrás. Corría en dirección a la marca que había señalada en la pantalla. Pronto se dio cuenta que ya no le seguían. Por más que miraba con el zoom hacia atrás no había rastro alguno de los animalitos que le seguían. Volvió a darse la vuelta y vio en el suelo cientos de restos de aquellos bichos. Alguno muy antiguos, otros más recientes sin la cabeza, o mordidos una sola vez. Fuera donde fuera donde estuviera, a sus perseguidores no les gustaba mucho el trato que allí recibían. Sintió entonces un fortísimo golpe en la cabeza y salió rodando por el suelo perdiendo la pistola. Se incorporó como pudo y escuchó un rugido. Apuntó con el rifle hacia su procedencia y solo vio una enorme mole de pelo que se acercaba hacia él. Disparó pero el rifle hizo el temido sonido de carga de energía insuficiente. Rodó hacia un lado hasta que un potente zarpazo lo mandó despedido contra un árbol. Daev sacó un proyectil antitanque de su pechera y cuando el animal saltó sobre él se lo hundió en el pecho y lo activó. El detonador empezó a pitar señalando la inminente explosión y Daev luchaba por soltarse de la presa que aquél monstruo le hacía mientras gritaba de dolor. Al fin consiguió salir de entre sus brazos y saltó hacia arriba apoyándose en el cuello del animal justo en el momento en que el proyectil hacía explosión. La honda expansiva lo lanzó varios metros hacia delante y hacia arriba hasta que aterrizó contra el duro suelo, algo que no le sentó muy bien a sus costillas.
Cuando se le pasó el mareo se incorporó. Recogió el rifle y la pistola de entre la asquerosa alfombra de tripas y fluidos internos de aquel monstruoso animal y les cambió las cargas energéticas. Entonces lo vio, entre unos matorrales y bajo el esqueleto de un animal pequeño, lo que había venido a buscar. La pequeña caja de metal algo deformada por la erosión y el roce de haber entrado en atmósfera pero con su contenido a salvo. La baisa de Tehis que había soltado desde la nave antes de morir.

La guardó en la mochila, buscó un claro grande que encontró un par de kilómetros al oeste y envió por radio las coordenadas de su posición para que la nave bajara a por él.
Genial capítulo, por fin aparece Sía.... por lo cual deduzco que estamos a la mitad del relato.... o incluso menos....

Por lo demás.... esta tarde te cuento todo.... pero me he parecido muy bueno ;)
Muy bueno teu!!! has añadido una escena que podría ser riquísima, visualmente, impresionante.

Ale, a seguir con ello.

Saludos.
2 respuestas