La conocí una noche de invierno, tras una larga conversación y desde aquella noche no la volví a ver hasta unos meses después, que por casualidad, coincidimos en el pueblo. Ella parecía mucho más distante, aunque decía que seguía sintiendo algo por mi, pero la distancia entre ambos, (ella en Baracaldo y yo en Alcalá de Henares), nos echaba atrás a la hora de empezar una relación, por lo que la cosa quedó un poco en ascuas, yo sentía algo por ella y ella parecía sentir lo mismo por mi, pero surgía entre nosotros el eterno problema de “ojos que no ven, corazón que no siente”.
En aquellos meses sin vernos, no podía dormir, en clase estaba continuamente pensando en ella, en nosotros, en cómo iba a pasar todo aquel tiempo, para mi una eternidad, cruzado de brazos sin hacer nada, rindiéndome ante la distancia. Pasaron los días y la duda de cómo había quedado nuestra relación en nuestro último encuentro, absorbió mi tiempo, no dejaba de pensar si ella seguía sintiendo lo mismo por mí que en aquella fría noche, en la que por primera vez nuestras miradas se cruzaron y todo comenzó a ser distinto.
Aproximadamente sería el día 1 de abril de 1997, cuando no aguanté más, tenía que hacer algo, no podía seguir así, debía hablar con ella y aclarar de una vez por todas aquella absurda situación, ¿por qué si ambos sentíamos algo, no iba a poder ser?, ¿por qué rendirnos ante la maldita distancia?, ¿por qué no intentarlo al menos?. Me pregunté una y mil veces.
El teléfono era demasiado frío y yo demasiado tímido como para sincerarme a través de un trozo de plástico con cables, necesitaba mirar aquellos ojos otra vez mientras le contaba todo lo que sentía, sorprendentemente así me era mucho más fácil y no escondiéndome tras un cable. Siempre he pensado que las cosas importantes se deben decir a la cara, sin que nada distraiga las miradas, pues los ojos son las puertas que esconden la forma de ser de las personas y nos muestran sus reacciones, “una mirada puede llegar a decir más que mil palabras”. Por eso mismo, tenía que verla y cuanto antes.
Quizás hubiera sido más fácil coger un tren o el autobús, pero no, quien me conoce sabe que jamás me monto en un autobús, los odio, no me preguntéis por qué, pero siempre he preferido ir andando que coger el bus. En cuanto al tren, me encanta, es un transporte clásico, nostálgico, que produce una sensación extraña en el viajero, una metáfora tal vez, entre el curso de la vida y el curso de unas vías que se unen y se pierden en el horizonte. Pero aun así, descarté esta ultima opción, no podría ir y volver en el mismo día, no coincidían los horarios, además mis padres jamás me hubieran dejado quedarme a dormir solo por ahí, ¿cómo iba a pagar el hotel?, si apenas tenía para el billete del tren. Tan solo tenía 17 años y no tenía ingresos, excepto el poco dinero que me daba mi padre por ir al taller de vez en cuando, que se esfumaba la mayoría en el mantenimiento y las reparaciones de mi humilde vespino modelo F9.
Aquella moto la tenía impecable, pintada en azul metalizado, el asiento blanco tapizado en piel, un motor rectificado que junto con un variador de cobre la lanzaban a más de 90km/h. Era una gozada, que a día de hoy todavía conservo exactamente igual que en aquel entonces. ¿Sería capaz aquella maravilla de llevarme a Baracaldo y dejarme en el mismo día en Alcalá sano y salvo?
Estaba decidido el vespino sería mi medio de transporte, aquella moto azul surcaría llanos y montañas para llevarme junto a ella. -¡Qué viaje más emocionante!-, pensé. Mi rostro dio un giro de 180 grados, aquella idea había conseguido que olvidase aquella sensación, que como decía antes, absorbía todo mi tiempo y no me dejaba pensar en nada, aunque ahora, mi único pensamiento era preparar el viaje.
Mentiría si dijese que fue fácil preparar todo aquello, a cada paso que daba surgía un inconveniente nuevo, pero cuando alguien quiere de veras hacer algo, lo suele llevar a cabo poniendo todo el empeño e imaginación del mundo. Yo no estaba dispuesto a que aquella historia de amor muriese bajo la espada de la distancia y haría todo lo que estuviese en mi mano para verla lo antes posible.
Todavía recuerdo la cara que puso mi gran amigo Luis (luipermom), cuando le dije que me iba a Baracaldo con un vespino, no pudo más que soltar una carcajada, pensando que estaba de broma. Sabía de sobra que aquella chica me gustaba de verdad y que no hacía más que pensar en ella, a él le había pasado algo parecido hacía poco y creo que comprendía perfectamente lo que sentía, por lo que decidió darme todo su apoyo. Aquella situación, sin duda, unió nuestra amistad más que nunca. Luis, al igual que yo, es un soñador, un romántico empedernido que sabe captar la esencia de las personas, no conformándose únicamente con observar el aspecto físico de alguien, sino que va mucho más allá, es capaz de ver, como decía antes, a través de las puertas que esconden las miradas.
De todos los problemas, el que menos inconvenientes dio, fue el de la mecánica de la moto, estaba perfecta, el mecánico se regocijaba al hablarme de ella. En una ocasión sin saber nada del tema me dijo: -Con esto vas hasta donde quieras, ¡no falla!-. Bastante me dijo, ¿no?, aunque aquel buen hombre cómo iba a saber lo que estaba tramando. Por otro lado me planteé la duda de las gasolineras, si hubiera una distancia mayor entre una y otra de unos 50 Km. sería un inconveniente añadido, ya que la autonomía del vespino raramente alcaza los 60 Km., por lo que tuve que estudiar detenidamente todo el recorrido, calculando todas las distancias y aproximar el consumo de cada tramo. No fue fácil, ni mucho menos, me costó dedicarle unas dos horas todos los días, desde aquel día uno hasta la fecha clave, “Sábado 26 de Abril de 1997”, ese sería el gran día.
Salvando dificultad tras dificultad, se me ocurrió escribir un librillo de autoayuda a mi mismo, curioso ¿no?, en el que detenidamente daba soluciones pensadas minuciosamente ante todos los problemas que pudiesen surgir, aunque siempre la realidad supera a la ficción. En fin, que aquel librillo estaba lleno de números de teléfonos, nombres y lo más importante, los consejos de uno mismo. Recuerdo uno, que decía: “Si la moto se avería en Burgos y no hay forma de arreglarla.....Forma de proceder......llamar a amiga de mi madre, nombre: Cecilia, nº de teléfono.......”. Era realmente gracioso leer aquello, quizás a alguien le pareciese absurdo aquella idea, pero sabía muy bien, que ante una situación de tensión, por ejemplo un accidente, el ser humano respondía de manera instintiva, dejándose llevar por el nerviosismo y no siempre en la buena dirección, por eso mismo escribí aquella guía.
-Sábado 26-, pensaba una y otra vez, -¡qué ganas tengo de que llegue el gran día!-. Elegí ese día precisamente porque mis padres se iban al chalet, <
Viendo que mi viaje corría serio peligro, no me quedó más opción que recurrir a mi amigo Luis, que desde aquí le pido el más sincero de los perdones por todo el lío en el que le metí. Pero prefiero que de todo aquello os hable él mismo:
“Cuando Joe (Alvfer) me comentó lo que tenía en mente, me sorprendió como a todo el mundo, pero no lo vi como una locura ni nada parecido, sino como el intento de materializar un sueño de libertad; un modo de escapar de la rutina diaria que pintaba en tonos grises nuestra vida en aquellos días. Viendo las cosas desde ese punto de vista, me impliqué al máximo en el proyecto y prometí ayudarle en lo que estuviera en mi mano.
En aquellos días, Joe y yo éramos amigos, pero ni mucho menos como ahora; nos conocíamos desde hacía poco tiempo, y no teníamos la confianza que ahora tenemos el uno en el otro; pero de lo que no me cabe duda es que gran parte de la amistad que nos une hoy en día proviene de aquel proyecto del que parecía que los únicos seguros de su éxito éramos él y yo...
Recuerdo bastante bien cómo fue aquello : un día Joe me dijo un poco por encima lo que pensaba hacer y que necesitaba que alguien le echara una mano para que sus padres no se enteraran de nada; yo decidí echarle una mano y al día siguiente vino con un tocho de hojas que debería “ensayar”. El tema era que tenía que contar una historia creíble a su madre (a la cual yo ni conocía por aquel entonces) para que Joe tuviera una coartada y así poder irse a Bilbao mientras sus padres se pensaban otra cosa. La historia que tuve que ensayar e interpretar delante de su madre a grandes rasgos es como sigue :
Al parecer mis padres se habían comprado un chalet en una urbanización que hay en un pueblo muy cerca de Alcalá de Henares, y el día que Joe se iba a marchar de viaje era mi cumpleaños. El caso es que yo le invitaba a una fiesta que iba a celebrar en el supuesto chalet, sólo que había un problema, y es que todavía no nos habían puesto el teléfono y (esto es lo más fuerte del asunto) ¡¡ la calle en la que estaba el chalet no tenía nombre !! Luego había otros detalles como que íbamos a madrugar muchísimo ese día para ver amanecer desde un parque natural cercano que había por allí y tal, y que la fiesta sería ese día hasta las tantas... vamos, que la fiesta iba a durar desde primera hora de un día hasta la del siguiente; 24 horas “non-stop”
Todo esto puede parecer fácil de memorizar, pero es que la historia no era lineal; es decir : lo que Joe trajo era una especie de “árbol de posibilidades” por las que podía discurrir la conversación. De modo que los ensayos eran del tipo “si mi madre dice esto tú dices esto otro; pero si te contesta esto, tienes que responder aquello...”. Era la locura, y nos saltamos unas cuantas clases para prepararlo durante unos días, pero finalmente, aquello me quedó más o menos claro y llegó la hora de actuar ante el público.
Fui con Joe a la tienda de su madre y allí me presentó por primera vez como “su amigo Luis, el del cumpleaños” y yo empecé con mi discurso. La verdad es que no recuerdo muy bien la cara de la madre de Joe, pero debía ser algo así como : “¿de donde ha salido este cuentacuentos?”. Pero el caso es que por suerte o por no indagar demasiado y hacerme pasar un mal rato pareció conforme con el tema y no puso excesivas reticencias a dejar que Joe asistiera a mi gran fiesta de cumpleaños...
Eso sí, apareció un problema de vital importancia poco antes del día del viaje, y es que el padre de Joe no se mostraba muy conforme con que Joe se llevara la moto, y le dijo que él le acercaría en coche. Sobra decir que si eso ocurría, poco viaje iba a hacer Joe, ya que la moto se quedaría en casa y le tendría que acercar a un chalet que sólo existía en nuestra imaginación... por suerte, Joe es un tipo muy ingenioso, y en pocos segundos sacó de la manga una historia que no se le hubiera ocurrido ni al mejor de los novelistas. Lo que le dijo a su padre es que a la fiesta iban también chicas, y que una de ellas le gustaba mucho, así que se llevaba la moto para poder darla una vuelta y así fardar un poco. Ante esas razones de peso, su padre cedió a que se llevara su moto ya que eso contribuiría a que su hijo ligara como un machote ibérico. Menos mal, problema salvado!
Y nada, sólo decir que las horas que Joe estuvo por la carretera el día del viaje fueron unas de las peores de mi vida, ya que si le pasaba algo malo, me sentiría muy culpable y sus padres posiblemente querrían matarme a pedradas... la verdad es que me tomé unas cuantas tilas aquel día; pufff...
Y ahora os dejo con la narración, la cual me he leído ya de principio a fin y os aseguro que no tiene desperdicio. Espero que la disfrutéis tanto como yo lo hice al leerla...”
Joe y Bob. Foto de ambos
Desde luego no hay duda de que Luis salvó mi empresa de la quiebra total, gracias a él, el motor del vespino rugiría radiante aquella mañana del día 26. Pero mientras tanto los días caminaban con parsimonia, parecía que no iba a llegar nunca el gran día. En el Instituto, la voz se corrió rápidamente, hasta el punto que la gente comenzó a hacer apuestas, la gran mayoría decía que nunca llegaría a Bilbao y que si conseguía llegar, no podría volver, la moto se estropearía allí mismo, tan solo tenía cuatro puntos a favor, los de mis cuatro amigos más allegados, que me dieron su voto de apoyo, aunque sabía perfectamente que hasta ellos tenían serias dudas de mi triunfo. Pero me daba igual, estaba totalmente convencido de que lo lograría, de que aquella tarde de Abril iba a estar con ella y eso lo cambiaría todo.
En aquellas noches no podía dejar de recordarla, me preguntaba una y otra vez qué haría cuando la viese, qué cara de sorpresa pondría cuando apareciese con el vespino. Ella por supuesto no sabía nada de nada, lo cual, pensé, era arriesgado, ya que imaginaos la situación, si tras llegar a Baracaldo ella no estuviera, porque justamente ese fin de semana se había ido a algún sitio. Aquello tenía que tener alguna solución, debía por todos los medios enterarme de donde iba a estar ese fin de semana, sin que ella supiese que iba a ir, así que decidí llamarla. De una forma muy indirecta conseguí saber que estaría allí, por supuesto ella no podía imaginarse la situación que le esperaba.
Quizás para matar el tiempo, que por cierto se hacía eterno, me puse a escribirla una carta, era una de esas cartas románticas que uno escribe más con el corazón que con la cabeza y que realmente no recuerdo bien el contenido, pero si el final: “Bueno te dejo, que estoy planeando un viaje del que ya te contaré”. Ésta carta llegaría justamente el día anterior a mi visita a Euskadi, era en realidad un anticipo de lo que le esperaría al día siguiente.

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