Las flores del cerezo. (17º Capítulo).

La ciudad de Osaka, era impresionante, o por lo menos eso me pareció a mí, puesto que era mi primera visita a una gran ciudad. Las casas se amontonaban, sin dejar espacio para las calles, formando auténticos laberintos de callejuelas. En mi primera mañana en la ciudad, me dedique a pasear, por aquellos laberintos, y a conocer poco a poco los lugares que me interesarían. Tracé diferentes rutas hasta el palacio del Gobernador desde la posada donde me alojaba, y también visité varias dependencias de la guardia de la ciudad.

Cuando estuve cansado de andar de un lado para otro, busque un lugar donde comer. En el mercado, me recomendaron una casa de comidas en la parte alta de la ciudad, a la espalda del palacio.

Caminé despacio hasta allí, y no tardé en encontrarla, era muy conocida, y a todo el mundo que le pregunté me indicó con precisión. Estaba ya cerca de la casa, cuando escuche un alboroto en un callejón a mi derecha. Unos chiquillos entraban corriendo por el, y dentro en un amplio patio interior se congregaba un considerable gentío. Me pudo la curiosidad, y me abrí paso entre la muchedumbre para poder ver que ocurría.

Allí en medio del patio, pude ver a dos samuráis dispuestos a pelear. Estos duelos eran frecuentes, a pesar de estar prohibidos en la ciudad. A veces el honor importaba más que un castigo, aunque a veces este fuera la muerte. Uno de los contendientes, era visiblemente mayor en edad que el otro, y de menor estatura y corpulencia. Vestía un kimono de seda, y en la espalda podía verse un bordado muy fino, que representaba un cerezo en flor, aquello me llamó fuertemente la atención, aquel árbol siempre me había transmitido gran serenidad, y empezaba a aparecer en mi vida cuando algo importante iba a pasar. El kimono era de color verde oscuro y en el solo resaltaba el bordado de la espalda, y el obi del samurai que era de un rojo brillante, en el iban prendidas dos espadas. Ambos sables eran de una belleza excepcional, la katana tenia una funda negra trenzada con hilos de oro, y hacia juego con el kodachi de menor tamaño. Las empuñaduras de nácar no eran frecuentes salvo en los nobles y nadie solía utilizarlas porque solían ser una reliquia familiar.

El samurai más joven parecía arrogante y seguro de su victoria, como si su adversario no tuviera nada que hacer de antemano. Se le notaba tenso y trataba de amedrentar a su rival con palabrería. Sus vestiduras contrastaban con las de su rival, estaban raídas y sucias y apenas se distinguía su color. El resultado de la contienda era claro antes de que empezara, estaba convencido de que el samurai con más edad terminaría con el duelo en breve, pero sentía curiosidad por verle combatir.

No podía apartar la vista del anciano, su gesto era serio y no denotaba tensión, parecía concentrarse en su adversario, y estar aislado de todo cuanto le rodeaba. En cierto modo me recordaba a mi maestro, tenía aquella serenidad que solo los grandes samuráis poseían, y que les diferenciaba de los demás.

Nadie en sus cabales se hubiera enfrentado a aquel hombre sin mediar provocación, pero parecía que el otro samurai no estaba en su sano juicio. Increpaba sin cesar al anciano, y gastaba bromas con los que le rodeaban, acusando a su oponente de ladrón y diciendo que aquellas espadas que llevaba eran suyas.

Al oír aquella acusación, pareció reaccionar, y con voz firme, se dirigió a los allí reunidos sin prestar atención a su rival:

- No consentiré que nadie toque estas espadas, juré protegerlas y lo haré aún con mi vida-. - Este bastardo se aprovecha de ello porque sabe bien que no debo desenvainarlas, no estaríamos aquí perdiendo el tiempo, si yo tuviera un sable con el que destriparle-.
- Calla vejestorio, - respondió el aludido-. - No dices más que mentiras, seré yo quien te destripe, y recuperaré lo que es mío-.

Nada más terminar de hablar, se abalanzó sobre su oponente, dando un grito y esgrimiendo la katana por encima de su cabeza. El anciano permaneció impasible, daba la sensación de que se dejaría matar, antes que faltar a su palabra desenvainando para protegerse. Cuando todo el mundo creía que aquella estocada lo partiría por la mitad, se movió ágilmente hacia un lado, y zancadilleó al otro samurai, que cayó de bruces contra el suelo entre las risas de los allí reunidos.

A pesar de su destreza estaba claro que tarde o temprano el anciano no podría defenderse, y decidí que aquello no era justo, y cuando el caído se hubo incorporado y se preparaba para un nuevo ataque, me abrí paso hasta el centro del patio. Todos los asistentes, ambos contendientes incluidos, se quedaron en silencio, dirigiéndome miradas de curiosidad.

- Aquí tienes una espada, si es que quieres aceptarla, - le dije al anciano-, pero tendrá que ser mí kodachi, ya que no entrego a nadie mi katana-.
- La aceptaré con gusto, - respondió con una sonrisa-. Cogió con firmeza el sable que le tendía, y dedicó una cínica mirada a su agresor, que con pánico en los ojos contemplaba la escena.

El duelo debía haber acabado en ese momento, pero aquella imitación de samurai desarrapado debía apreciar muy poco su vida. Porque sus ojos se llenaron de ira, y dando una salto se precipitó sobre mi. Antes de que yo reaccionará, el sable que había entregado al viejo, relampagueó y detuvo la estocada. Con un rápido movimiento apartó la katana y girando la muñeca desarmó al atónito atacante. Envainó mi kodachi y me lo entregó.

Antes de que nada más pudiera pasar alguien gritó que se aproximaba una patrulla de la guardia. El patio quedó vacío en cuestión de segundos y hasta el samurai derrotado había desaparecido. Con un gesto el anciano me invitó a seguirle, y juntos nos dirigimos hacia la casa de comidas cercana Aquello me animó, porque estaba hambriento, y no quería perderme los famosos tallarines de Osaka.

Nos sentamos en una mesa apartada, y el anciano samurai se presentó como Riu Saeba, y me prometió contarme la historia de aquellas espadas después de comer, porque no quería interrumpir con la conversación el deleite de saborear los mejores tallarines de todo el Japón.

CONTINUARÁ.
Sigues escribiendo tan bien como antes, pero lo mejor de todo es que ahora desarrollas mejor las escenas. La narracion es mucho mas pausada que al principio:)
¿Espadas de una familia noble? seguro que tienen bastante historia detras.
Un saludo.
Como siempre gracias Temjin...

Si los demás seguis leyendo esto por favor un post de vez en cuando para saber que seguis por aquí :( :( ;) ;)

Salu2.
Me parece interesante. La verdad es que tienes un universo propio, y eso es muy bueno.
Me gusta la descripción de los primeros párrafos, cuando describes la ciudad parece que la conoces, parece sacada de un diario donde apuntas tus impresiones.
Sólo te pongo una pequeña pega. Creo que usas demasiadas comas, y eso rompe un poquito el ritmo. En la mitad del relato tus frases son por momentos un poquito más largas, y creo que gana mucho. Bueno, es una opinión personal;)

Saludos Delbruck
Ya me estaba desesperando, menos mal¡¡¡¡¡¡¡¡¡

Muy bien Delbruck, espero el proximo capitulo.
Vale veo que seguis por aquí, musax gracias. Vuestras opiniones y sugerencias las tomó siempre al pie de la letra, que yo en esto soy el más novato de los novatos. Y gracias por ejemplo a la ayuda de katolo y Temjin está quedando más creible.

prado agradezcó especialmente cualquier consejo que corrija mi forma de escribir, es lo que peor llevo, cualquier cosa que se te ocurra dila por favor.

Salu2.
Originalmente enviado por Delbruck
Como siempre gracias Temjin...

Si los demás seguis leyendo esto por favor un post de vez en cuando para saber que seguis por aquí :( :( ;) ;)

Salu2.


Tarde pero a tiempo. ;)

MUY bueno por cierto, el capítulo
no me esperaba algo antes de que visitara al shogun, asi que estoy mas intrigado que antes....
a
7 respuestas