Las flores del cerezo. (13º Capítulo).

Los gritos de alarma no tardaron en traspasar el silencio de la noche, y de pronto me encontré en un mar de flechas. Los dardos llovían a mí alrededor, y se clavaban delante y detrás de mí. En ese momento hubiera sido más peligroso que esas flechas alcanzaran a mi caballo que a mí mismo. Comenzábamos a alejarnos de los muros, y las puertas ya se abrían para dejar salir a mis perseguidores, cuando un trueno resonó en lo alto de una torre, y con una explosión de pólvora, un proyectil se alojó en el fardo de mis pertenencias.

Nunca había visto un arcabuz, pero si sabía lo que era, y también sabía que con cincuenta hombres armados con ellos se podía decantar una batalla. Eran llamados teppo, y aunque pesados y bastante voluminosos, sembraban el terror en las filas enemigas. Esperaba por mi propio bien que no tuvieran muchos, porque no me importaba enfrentarme a cinco hombres con espadas, pero un solo arcabucero podía acabar conmigo sin siquiera acercarse.

Miré hacia atrás y aunque ya estaba lejos del alcance de otro proyectil, un grupo de jinetes venía en mi persecución. Espolee al animal, para que no aflojara el ritmo, y dirigí su galope por el camino, buscando la desviación hacia el sur. Esto aparte de aproximarme a mi destino, me libraría de encontrarme con los ejércitos que acampaban más al norte. Giré por el camino, dejando el río a mi espalda. La distancia con mis perseguidores era mucho menor, y no tardarían en alcanzarme. Si me alcanzaban no podría hacerles frente, la partida era de al menos diez jinetes, pero no podía ser capturado, tenía que hacer algo y rápido. Si hubiera tenido mi arco, ya hubieran caído cuatro o cinco, pero lo abandoné en el bosque de cerezos.

No divisaba ningún bosque en el que poder internarme, ni peñas donde hacerme fuerte y enfrentarme a los soldados. El camino transcurría recto entre los cultivos. Y un poco más adelante subía en una pendiente pronunciada que me impedía ver más allá. El caballo no aguantaría mucho más y ya podía escuchar los cascos y los gritos detrás de mí. Al coronar la subida del camino, divisé algo a lo lejos, un grupo que cabalgaba despacio en nuestra dirección, pero desde tanta distancia no podía saber nada más.

Era mi única esperanza, si eran soldados, lo más probable en estos días, tendría que pasar a todo galope, y esperar que detuvieran a los perseguidores pidiendo una explicación. Si no eran soldados tendría que intentar conseguir un caballo de refresco o algo de ayuda. En cualquiera de los casos la situación era desesperada. Al menos moriría con honor y cumpliendo las ordenes de mi señor.

El grupo era más numeroso de lo que había pensado en un primer momento, al menos cincuenta hombres a caballo. No parecían soldados ni samuráis, más bien bandoleros, camorristas y demás calaña. Grupos que abundaban en el país, y que se dedicaban a asolar aldeas, extorsionar campesinos y asaltar a los viajeros. Ahora me encontraba entre los dos bandos, y si de algo estaba seguro es de que cuando se encontraran, no iban a pararse a hablar. Detuve mi caballo en mitad del camino, y me dispuse a esperar el desenlace de aquel encuentro. Los bandidos se detuvieron a unos pasos de mí, su jefe se adelanto, hasta dejar su montura frente a la mía.

- Buenas noches extranjero, - dijo con aire socarrón-, que asuntos te traen a estos parajes. Y el resto del grupo le acompaño con sonoras risotadas. Este comportamiento era normal en la gente de esta ralea, crecerse ante su adversario cuando eran superiores en número, y salir huyendo cuando sus presas demostraban un mínimo de valor.
- No pienso contestar ninguna pregunta de un ladrón y un cobarde. Ante esta respuesta, todos los rostros se tornaron serios y expectantes.
- Vaya, que tenemos aquí, un valiente o un loco, no puede tratarse de otra cosa. Como prefieres que acabemos con tu vida gusano, - y las risas se escucharon de nuevo-.
- En otras circunstancias esas palabras te hubieran costado la vida, pero sé que en breve me pedirás ayuda, porque los que me persiguen no van a tener tan paciencia como yo. - Me volví y le señale el grupo de soldados, que ya había llegado prácticamente a nuestra altura-.

No hubo tiempo para más, los soldados cayeron sobre nosotros al galope, y a pesar de su inferioridad abrieron brecha en las filas de los sorprendidos bandidos, eran hombres de armas, más experimentados y curtidos enfrentados a simples campesinos. Sin darme apenas cuenta, estaba en medio de mi primera batalla. Era inútil tratar de organizar aquella tropa de vagos y rateros, con lo que intenté nivelar las cosas a mi manera.

Los soldados bien organizados cerraban filas en torno a su capitán, y se abrían paso entre los desorganizados y sorprendidos forajidos, que rompían filas y retrocedían. El jefe que me había hablado había sido el primero en caer, y le habían seguido muchos de sus hombres. Pero aún así, los hombres del fuerte eran dos veces menos.

Mi objetivo era el capitán, me abrí paso como pude entre los hombres y los caballos, y situé mi montura paralela a la suya. Su mirada se cruzó con la mía y eso le bastó para comprender que yo no era un simple bandido. Con un brusco golpe trabamos nuestras espadas, y forcejeamos tratando de derribarnos mutuamente de la cabalgadura. Mi rival era fuerte y bien adiestrado, una cicatriz le cruzaba la cara recordando viejas batallas, vestía una armadura y un yelmo negros. Nuestros caballos se encabritaron, pero ninguno de los dos perdió el equilibrio. La mano de mi adversario se dirigió a su cintura, y aferró un pequeño tanto, la hoja del puñal centelleó, y la estocada pasó cerca de mi mejilla.

Solté mi mano derecha de la katana, y con un rápido movimiento, empujé la mano de mi enemigo apuntando el puñal hacia su cuello. El capitán, pudo a duras penas resistir mi empuje, y tuvo que soltar la espada para asir con las dos manos el cuchillo. Con mi katana libre en la mano izquierda, me fue fácil hundirla en el costado de la armadura traspasándola. Un grito de furia, y un estertor de sangre fue lo último que vi en su cara, antes de perderlo de vista entre las patas de los animales.

Me incorporé sobre los estribos, tratando de ver como se desarrollaban las cosas. A parte del capitán otros tres soldados habían caído y el resto unos trece estaban completamente rodeados. Mi enfrentamiento me había llevado a la retaguardia de los bandidos, y aprovechando el tumulto pude alejarme del grupo. Sin mirar atrás me aleje de la batalla, con un regusto amargo, no por las ansias de lucha, si no por abandonar a aquellos hombres a su suerte y en inferioridad. En otras circunstancias, hubiera tomado partido a su favor pero eran tiempos de guerra y ellos mis enemigos.

Más que una batalla, había sido una escaramuza, aunque al menos habrían muerto treinta hombres. La suerte me había sacado del atolladero en el que me había metido, poniendo aquellos bandidos en mi camino. Ahora nadie se acordaría de mí, y en el fuerte se preocuparían de los bandidos olvidando un hombre solo que se saltó su vigilancia.

CONTINUARÁ.
Pues si, al final nos has dado la accion prometida:)
El combate mano a mano esta bastante bien narrado, parece que se te da bien representarlos.
El tema de los arcabuces da mucho juego teniendo en cuenta lo facil que es matar con ellos sin saber nada del arte de la guerra:( , supongo que volveran a aparecer.
Muy bien esos dialogos, ahora se entienden al 100%
Muy bueno como todos, se nota que sabes de lo que hablas.

Bye
ole, ole y ole. Vaya escritor tenemos en el foro! La escaramuza perferctamente narrada, pero esperaba la primera batlla, y no me ha defraudado, mas bien al reves.
Vaya vicio que tengo...XD
3 respuestas