"La noche que me volví gente"

LA NOCHE QUE ME VOLVÍ GENTE

He cambiado. Hasta esa noche no sabía decir en qué sentido lo había hecho, ni en qué medida, pero estaba claro desde hacía tiempo que algo en mí no era lo mismo. Ahora sí lo sé. Sé en qué he cambiado y sé cuánto. Y maldita sea la hora en que me di cuenta.

Esa noche deambulaba solo por una de las calles más céntricas y emblemáticas de la ciudad. La luz rojiza y mortecina de las farolas era aclarada por los innumerables rótulos luminosos y luces de neón que casi alicataban las fachadas de los edificios. Yo volvía de trabajar como cada noche, con mi vieja mochila al hombro y con la cabeza agachada por el cansancio, pero a paso ligero, esquivando gente, especialmente prostitutas y relaciones públicas de locales de streap-tease, o lo que demonios fueran; el tipo de profesionales que suele asaltar a hombres que caminan solos por la calle. Yo no buscaba unas tetas mercenarias, ni chicas estupendas y copas en un ambiente selecto. La oferta era tentadora, sin duda, pero en aquel momento me conformaba con una parada de autobús.

Y me la encontré. Me dio por mirar al frente y estaba allí, de pie, apoyada en las vayas de una zona de obras; una de tantas a lo largo de esa calle. Se agachaba y se incorporaba de forma nerviosa, mientras se frotaba la pierna derecha con la mano crispada. Debía de tener veintipocos años. Era delgada, bastante alta y tenía el pelo largo y rizado. Estaba en compañía de otra chica de más o menos la misma edad, pequeña y con el pelo corto. Cuado pasé a su lado pude ver su cara desencajada por el dolor. Oí cómo, entre sollozos, se quejaba de su rodilla, y decía que no podía más. Pude ver la cara de su amiga, que la miraba alternativamente a ella y a los viandantes, como si pidiera ayuda de forma tácita. Seguí andando, pero no pude evitar echar vista atrás por un momento, y vi ya a la chica alta sentada en el suelo, mientras su amiga, en cuclillas, parecía reconfortarla cogiéndole la mano. Volví la vista al frente y seguí mi camino, como el resto de los que transitaban aquella calle, tranquilo, como si nada ocurriera. O, al menos, durante unos segundos fue así.

Pero aquella chica volvió de pronto a mi mente. Comencé a andar más despacio, como si pensar en ella me consumiera tantas energías que no pudiera mantener el ritmo mientras lo hacía. En aquel instante, el hecho de que el cerebro controla todas las funciones del cuerpo parecía una falacia. No dejaba de pensar en dar la vuelta y ayudarla; en la posibilidad de, al menos, cumplir mi deber cívico de ofrecerme a aquellas personas para lo que fuera menester, aunque a la hora de la verdad mi ayuda no fuera necesaria, o sencillamente nadie me hubiera dado maldita vela en ese entierro. Habría sido todo un gesto por mi parte, en cualquier caso. Pero mis piernas no parecían estar de acuerdo con aquella idea y continuaron caminando. Me sentía partido en dos, dándome órdenes que me negaba a cumplir; yo amotinado contra mí mismo. Hubiera estado bien ayudarlas, pero, después de todo, aquella chica y su rodilla no eran asunto mío. Y seguí caminando.

Como un alma en pena, como si nada hubiera a mi alrededor, con la mirada perdida en ninguna parte. Así seguí caminando. Sentía como si flotase, o como si, definitivamente, las piernas me llevasen por sí mismas, por inercia. Me desplazaba, sí, pero no sentía el suelo bajo mis pies. Por un momento, ni siquiera parecía que tuviera pies. Miré a un lado y a otro. Sólo veía transeúntes que también andaban calle abajo por inercia, impasibles ante todo, como si sólo existieran ellos. Andaban como zombies y con cara de gilipollas. La misma que debía de tener yo en aquel preciso instante. Llevaba ya casi un cuarto de hora andando. Volvía de vez en cuando la vista atrás, calle arriba, en dirección a donde quizá aún debía de estar aquella chica en la que de pronto comencé a pensar de nuevo. Me imaginé a mí mismo volviendo atrás, a aquella zona de obras, a aquellas vallas, y que ella seguía allí, con su amiga pidiendo ayuda con su mirada a aquellas sombras que iban calle abajo como si alguien las hubiera echado a rodar, imparables e impasibles. Pidiendo ayuda a la gente. Y me imaginé a mí mismo cogiendo a la muchacha y llevándola a casa, o a un centro médico, o donde hiciera falta, diciendo que no, que no hacía eso por nada en especial, que lo hacía sólo porque quería dormir tranquilo aquella noche. Y me imaginé a mí sintiéndome bien conmigo mismo, para variar. Porque yo no soy como ellos, yo no soy como la gente. Siempre odié ese término. "Gente". Siempre lo asocié a esa forma de estupidez gregaria que todos conocemos. Y a la mezquindad. Me vi a mí mismo siendo distinto a la gente. Soñé despierto que, por una vez en la vida, hacía algo grande.

Ensoñaciones. La mitad de mi puta existencia está hecha de eso. Seguro que llegará un día en que no las distinga de la realidad, en que me convierta en un don Ibrahim cualquiera. Son el bálsamo de los indolentes y de los cobardes; de aquellos que no tienen agallas para, en los momentos en los que hace falta, mirar a la vida a la cara y hacer algo por que su paso por este mundo no haya sido una pérdida de tiempo.

Dicen las leyes de la física que un par de fuerzas iguales en sentido opuesto se anulan mutuamente, dando lugar a una situación de equilibrio. Y así era. Estaba de pronto parado en mitad de la calle, debatiéndome entre si debía o no retroceder. Sí debía, porque quizá la chica seguía allí, y yo aún podría hacer realidad aquella nueva mala jugada de mi imaginación. Sí debía porque era ya el momento de dejar de pensar en hacer cosas y de, sencillamente, hacerlas. Quizá aún estaba a tiempo de dejar de anestesiar mi conciencia con ensoñaciones y demostrar con hechos que estoy aquí, que estoy vivo y dispuesto a ocupar un lugar en el corazón de alguien, aunque sólo sea por un momento. Y no debía porque, chaval, lo siento, pero tu momento para hacer de buen samaritano ya fue y ya pasó. O, mejor dicho, lo dejaste pasar como un imbécil, como todos los que pasaron por delante de aquella chica como si no existiera. Y, encima, haciéndote pajas mentales con el caballero de la brillante armadura. Así que vuelve a casa antes de que te amanezca en la puñetera calle. Es lo más que puedes hacer ya.

Aturdido, me di la vuelta y volví sobre mis pasos. Comencé a andar cada vez más deprisa. Me decía a mí mismo que seguramente seguiría allí, que aún estaba a tiempo. Veía pasar por mi lado a la gente. Gente sola. Gente en grupos. Gente que miraba a ninguna parte. Gente que caminaba a ninguna parte. No sé cuánto duró el viaje de vuelta, pero se me hizo eterno. Parecía que el lugar donde vi a aquella chica se alejaba más con cada paso que daba hacia él. Pero no era así. O al menos no fue así todo el tiempo. Y llegué. La misma zona de obras, la valla metálica. Pero nadie se apoyaba ya en ella. Ya no estaba. Me pregunté qué habría sido de ella. Seguramente, pensé, se pudo mover al fin, o alguien que pensaba lo que yo estaba pensando pero que no se limitó a pensar la ayudó. Aquellas ideas me consolaron un poco, aunque sólo a medias, y sólo por un rato. Visualicé mentalmente la imagen de mí mismo pasando de largo ante alguien. Lo más terrible no era la imagen en sí. Lo más terrible era que esa imagen me resultaba familiar. Que aquella no era la primera vez que lo hacía. Que llevaba meses, años viendo dolor a mi alrededor sin que siquiera me percatara de ello. Personas tiradas en la calle de Ahí te Pudras, sepultadas por la desgracia, dando gritos de dolor y de desesperación, diciendo que no pueden más, sin que nadie les oiga. Y la gente pasando de largo. Y yo pasando de largo. Concluí que me había encallecido demasiado. O que me había vuelto idiota. O que siempre lo fui, pero que ahora me esfuerzo menos por disimularlo. O todo a la vez. Y comencé a desandar lo desandado, a caminar calle abajo. Como la gente.

De camino a casa, en el autobús, no dejé de darle vueltas a la idea de que debí se yo quien ayudara a esa persona. Yo la miré, yo pensé en hacerlo. ¿Por qué no lo hice? Y volví a mis ensoñaciones. Volví a ser el caballero de la brillante armadura que salva el día. Sólo en mi imaginación.

Una vez en casa, llegué a mi habitación y me puse ante el espejo del armario. Me miré a mí mismo con asco. No siempre ocurre. No todos los días te das cuenta de que has dejado de ser persona y te has convertido en gente.
... pero no demasiado. Tened piedad de mí.

Bueno, pues esta es la primer de las diarreams emntales que iré cargando a este foro para ver si alguien se atreve a leerlas.

No es propiamente un relato, sino más bien una reflexión, algo parecido al artículo periodístico, uno de mis géneros favoritos... a la hora de escribir, sobretodo.

Espero sea de vuestro agrado. Comentarios, si los hubiere, en este hilo o en privado. Me es indiferente.

Saludos.
Que decir, que decir.... es un texto muy bien escrito y lleno de matizes, quizas un poco pesado de leer pero me ha gustado. Sobre todo la moraleja implicita.


Una vez en casa, llegué a mi habitación y me puse ante el espejo del armario. Me miré a mí mismo con asco. No siempre ocurre. No todos los días te das cuenta de que has dejado de ser persona y te has convertido en gente.


Pues es un placer leerte con pequeñas obras maestras como esta. Ya sabes solo tiene que aligerar un poco tu estilo (¿Pero que sabre yo verdad?)
A mi particularmente me ha gustado de cabo a rabo, es un texto maduro que vuelcas en lo que te interesa, dejando lo demás a un lado, pero de una precisa manera.... el texto no pierde en nada y gana en el fondo.

Si señor, cuanta razon tienes, yo antes identificaba ser "gente" a crecer, a convertirse en adulto... yo no quiero ser como los demás, aunque los demás nunca seran como yo.

Dicen las leyes de la física que un par de fuerzas iguales en sentido opuesto se anulan mutuamente, dando lugar a una situación de equilibrio. Y así era. Estaba de pronto parado en mitad de la calle, debatiéndome entre si debía o no retroceder.


Ummm... esto es un buen ejemplo de la esquisitez del texto. Gracias por el regalo, espero recordarlo cuando me haga falta.. aunque es algo que como tú, también lo tengo clavado en la cabeza.

Saluditos.

P.D: Escribe más!!!!
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