QUINCE
Renzo se despertó con un terrible dolor de espalda. Dormir en el suelo con un cojín no era dormir. Fue el primero en levantarse y lo hizo con sigilo pues estaban todos durmiendo desperdigados por el salón, excepto No-Enrique, que se había ganado la cama de matrimonio. También es verdad que estaba llena de sangre y nadie había querido ir a compartirla.
La anciana Emilie estaba en su sillón de tejer, prácticamente sentada y con las manos entrelazadas. Sam Scott estaba tumbada en el sofá, el mejor sitio para dormir dadas las circunstancias. Y por último se hallaba el Presidente en el otro extremo del suelo, dejando caer su baba sobre una alfombra que tenía pinta de ser muy cara.
Renzo se dirigió a la cocina y se preparó un café. Su agradable olor le proporcionó una sensación de confort y familiaridad. Mientras se lo tomaba empezó a escuchar ruidos y algo que identificó como susurros. Depositó la taza a medio acabar en la encimera y se dirigió hacia el salón. Allí seguían la anciana, Sam y el Presidente. Todos parecían igual de dormidos.
Sacó la pistola y caminó por el pasillo. Los ruidos venían del dormitorio principal. Según se iba acercando oía los sonidos con mayor claridad. Parecía alguien arrastrando algo o incluso a sí mismo. Pensó en darle una patada a la puerta para alejar al que estuviese cerca y tener mayor zona de seguridad. Pero se dio cuenta de que iba descalzo y podía ser peor el remedio que la enfermedad. Optó por la forma silenciosa. Cogió el pomo de la puerta con cuidado, lo giró y empujó hacia dentro. No logró abrir más de dos centímetros y enseguida notó un impulso desde el otro lado que cerró la puerta.
- ¡Abre la puerta!.- gritó Renzo.-
Intentó abrir utilizando la fuerza bruta, pero no lo consiguió. Parecía que habían puesto algo bloqueándola, un armario o quizás una silla. No podía ser solo la fuerza de No-Enrique contra la puerta porque era mucho más fuerte que él. Siguió aporreando decidido a entrar en esa habitación fuera como fuese.
- ¡Abre la maldita puerta!.- volvió a gritar.-
- ¿Qué pasa?.- dijo una voz somnolienta a su espalda.-
Sam Scott estaba a un metro de él, llevaba el pelo rojizo revuelto y tenía cara de confusión. Detrás de ella, estaba la anciana sujetándose el camisón con remilgo.
- Se ha encerrado en la habitación.- respondió Renzo.-
- ¿Cómo que encerrado? ¿Por qué?
- No tengo ni idea. Sólo sé que no hay manera de abrir.
- ¿Ha dicho algo?
- No.
Se quedaron los tres callados y mirándose en el pasillo, sin saber qué hacer. Del otro lado de la puerta no se oía nada. Renzo no desistió y volvió a intentarlo. Esta vez tomó carrerilla y cargó contra la puerta con su hombro derecho y el peso de su cuerpo. Lo único que obtuvo fue un latigazo de dolor y que la puerta se moviera apenas otro par de centímetros antes de volver a cerrarse de nuevo.
El Presidente, aunque tenía un sueño más profundo, no pudo evitar escuchar el escándalo que estaban montando sus nuevos compañeros, así que se despertó y caminó hacia el origen del sonido. Vio como Renzo estaba fuera de sí aporreando y gritando a la puerta del dormitorio principal. Se acercó y le preguntó:
- ¿Por qué estáis haciendo tanto ruido?
- El hombre se ha encerrado y no quiere salir, señor.- contestó Renzo parando a coger aire.-
- ¿Y por qué no quiere salir?
- No sabemos, no ha dicho nada.
- Déjame intentarlo.- dijo el Presidente, acercándose a la puerta y llamando con suavidad.- Ehh…chico, soy yo, ayer te llevé unas toallas, seguro que están empapadas de sangre otra vez, ¿necesitas más?
- Sí.- se oyó una voz alterada al otro lado de la puerta.- ¿Por qué me estáis haciendo esto? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi mujer? ¡Dejadme salir!
- Puedes salir cuando quieras.- se unió a la conversación Sam.- Eres tú el que se ha encerrado.
- Si claro, y que me cortéis la otra pierna. ¡Ni hablar!
El Presidente miró con reproche a Sam por haber metido baza en la conversación. Le hizo un gesto con la mano que indicaba que se estuviera callada.
- Chico, ¿no te acuerdas de lo que te ha pasado? Mejor dicho, ¿de lo que le ha pasado al mundo?
- ¿A qué te refieres?
- Mira por la ventana.- le sugirió el Presidente.-
Otra vez silencio. Oyeron como caminaba con dificultad por la habitación y abría la ventana. Se lo podían imaginar mirando el panorama exterior, intentando recomponer las piezas de lo sucedido.
- ¡Pero si estoy en mi casa! Bueno, no en mi casa, pero al menos sí en mi edificio, unas cuantas plantas más arriba. ¿Ha habido un accidente?
- Algo así. Sal y te lo contamos todo. No queremos hacerte daño, de hecho somos nosotros los que te ayudamos, ¿no te acuerdas de mí?
- No. ¿Cómo puedo confiar en vosotros? ¿Y mi mujer?
- No sabemos dónde está. Solo te encontramos a ti.
- ¿Y por qué no me habéis llevado al hospital?.- preguntó No-Enrique con sospecha.-
- ¿Te has fijado bien por la ventana? No es sólo un accidente, algo ha pasado en todo el mundo, no funcionan las ambulancias.- respondió el Presidente.-
De nuevo todos se quedaron en silencio. Renzo miró con exasperación al Presidente. Oyeron movimientos de muebles dentro del cuarto, parecía que estaba quitando lo que obstaculizaba la puerta. Renzo se iba a lanzar a abrirla pero el Presidente le detuvo con el brazo. Quería que saliese por su propio pie y que no se sintiese más intimidado. Finalmente, la puerta se abrió. Ahí estaba No-Enrique, sosteniéndose sobre su pierna buena, y “armado” con la Biblia. Miró al extraño grupo que tenía delante: un hombre fuerte y con evidentes problemas de ira, uno gordo con cara amable, una señorita pelirroja y más alejada de la puerta se encontraba una dulce ancianita en camisón. Se dirigió a todos y dijo con una leve sonrisa:
- Hola, soy Alvin. Encantado.
Tras unas breves presentaciones, se dirigieron todos al salón. El Presidente ayudó a Alvin a trasladarse dejando que se apoyase en su hombro. Le pusieron al día de lo poco que ellos sabían: le contaron cómo habían escapado del edificio contiguo, cómo medio mundo se había vuelto loco y se estaba comiendo al otro medio, cómo le habían encontrado en el ascensor y fin de la historia. Mientras, Emilie les había acercado algo para desayunar y había ofrecido a Alvin unos calmantes para el dolor.
- Cuando me recogisteis en el ascensor, ¿no os conté lo que me había pasado?.- preguntó Alvin, intentando recomponer el puzzle.-
- No, solo gritabas, tenías mucho dolor.- le contestó el Presidente.-
- Entiendo. Haciendo un repaso mental, sé que salí del trabajo y hablé con mi mujer por teléfono. Cogí mi moto y me dirigí a casa. Lo último que recuerdo es el cruce del puente que hay a unos quince minutos de aquí. Y luego… nada. Hoy me he despertado en una habitación extraña, con los huesos astillados y lleno de sangre. Bueno, agradezco vuestra hospitalidad, pero yo me voy a mi casa.
Mientras acababa la frase, Alvin intentó ponerse de pie sobre su pierna buena.
- Pero, ¿cómo te vas a ir ahora?.- preguntó atónito el Presidente.- ¿Es que no nos has escuchado? ¡Estamos rodeados de esos engendros!
- Ya, pero yo vivo en este mismo edificio y mi mujer estará muy preocupada por mí. Por cierto, ¿en qué piso estamos?
- En el 22, es la última planta.- le contestó Emilie.-
- Perfecto, yo vivo en el 15. Sólo tengo que subir al ascensor y ya estaré en casa. Tal cómo tengo la pierna, aunque sea poco trayecto, si me encuentro uno de esos engendros que decís no tendré muchas oportunidades, si alguien pudiera acompañarme… Además, os dejaré llevaros algo de comida como agradecimiento. ¡Ah! Y mi mujer es médico, eso siempre es útil.
- Alvin, me pareces buen chaval, pero yo no pienso ir, no sé si te has fijado pero yo no soy muy rápido y con el tiempo que estuve ayer fuera me ha sido suficiente.- se excusó el Presidente.-
- ¿Tu mujer es médico? Eso nos podría venir muy bien. ¿Qué especialidad?.- preguntó Sam claramente interesada.-
- La especialidad tampoco importa mucho, porque los primeros años son comunes y todos los médicos saben un poco de todo.- dijo Alvin evadiendo la respuesta.-
- ¿Acaso no tiene especialidad?
- Sí, claro que tiene. Lo que pasa que igual no es lo que os esperabais.- dijo Alvin, y tras unos segundos de consideración, decidió sincerarse.- Es cirujana plástica.
Se quedaron en silencio mirando a Alvin. De repente, Sam empezó a reírse, y en seguida contagió a los demás. Incluso Renzo esbozó una leve sonrisa.
- Bueno, a mí me has convencido.- dijo Sam.- Te ayudamos a bajar y nos dais algo de comida, que estamos acabando con las reservas de Emilie a ojos vistas.
- Renzo, quiero que vayas tú también.- le ordenó el Presidente.- Así echas un vistazo a la situación y nos dices que es lo próximo que tenemos que hacer.
- De acuerdo, señor. Necesitaremos algún elemento para cagar con los alimentos y armas de corta distancia.- contestó Renzo solícito.-
Sam lo tenía bastante claro, así que se acercó a Emilie y le dijo:
- Necesitamos dos mochilas y como armas…¿tienes cuchillos?
- Espera que vaya al armario, ahí creo que tengo maletas y cosas así. En la cocina encontrarás cuchillos, mira en el armario a la derecha del horno, ahí tenemos el pack ese que anunciaban en la teletienda.
- Gracias.
Sam se dirigió a la cocina, y enseguida encontró el set de cuchillos. La caja estaba llena, excepto por un hueco vacío. Cogió tres cuchillos y le dio uno a Renzo y otro a Alvin. Emilie ya les había sacado las mochilas. Se las pusieron y se dirigieron a la puerta. Alvin iba apoyado en el hombro de Sam, para cojear con menos riesgos de caerse, y apuntando con su cuchillo hacia delante. Sam le dijo:
- Cuidado, no te vayas a tropezar y apuñalar a ti mismo.
- Lo mismo digo.- contestó Alvin con una sonrisa.-
Cuando iban a abrir la puerta, Renzo les detuvo y les habló seriamente.
- El plan es el siguiente: subimos al ascensor, vamos a la planta número 15. Alvin, lleva las llaves preparadas. Si encontramos a un engendro, lo matamos con los cuchillos, la pistola la utilizaré como último recurso porque el sonido retumbaría por todo el portal. Recordad que hay que machacarles la cabeza, en las noticias han dicho que incluso aunque separemos la cabeza del cuerpo seguirá funcionando. Si lo tenemos en el suelo, le damos patadas, ¿de acuerdo?
- Sí.- dijeron Sam y Alvin a la par, como dos niños obedientes.-
- Y cuidado con entrar en contacto con sus fluidos, o nos contagiaremos y nos convertiremos en esa mierda. ¿Entendido?
- Sí.
- Una cosa.- preguntó Emilie con voz dulce.- ¿A qué hora vendréis a comer? ¿Y cuántos seremos? Lo digo por tenerlo preparado.
- Pues no sé, a eso de la hora de la comida, a las dos o así.- respondió Sam confusa.- Y seríamos cuatro, porque Alvin se queda con su mujer.-
- Gracias maja.- contestó Emilie a la vez que miraba su reloj.- entonces me da tiempo a tejer un poco.-
Y dicho esto se dirigió hacia su sillón y como si fuera lo más lógico y normal, siguió tejiendo. Después de unos segundos de estupefacción, Renzo, Sam y Alvin se pusieron en marcha. Abrieron la puerta y descubrieron que el descansillo estaba desierto. Cerraron la puerta tras de sí con cuidado y agudizaron sus oídos. Se oían murmullos y gemidos amplificados por el eco característico del portal. Renzo se asomó a la barandilla de las escaleras y pudo ver sombras en pisos inferiores. Tenían que ser muy silenciosos.
“Clink” El metálico sonido del ascensor indicaba que sus puertas se abrían. Nadie lo había utilizado desde que saliera Alvin ensangrentado de dentro. El suelo estaba enrojecido y con aspecto insalubre. Entraron y pulsaron el botón número 15. Cuando el ascensor se puso en marcha, su maquinaria se les antojó muy ruidosa contando con la atmósfera semisilenciosa del edificio. Veintiuno, veinte, diecinueve, dieciocho, diecisiete, dieciséis, quince. “Clink” hizo de nuevo el ascensor y sus puertas se abrieron.

. La cohesión del texto es buena. De momento el argumento me está gustando. 

