Hace unos años empecé a escribir un libro, he ido escribiendo por temporadas pero siempre he acabado dejándolo por unas cosas o por otras. Hoy he vuelto a escribir en el libro y esta vez quiero hacerlo con constancia, así que iré subiendo los capítulos aquí. Os voy dejando los primeros 4 capítulos. Se aceptan críticas constructivas, opiniones, correcciones y "no-se-entiende-lo-que-dices-aquí". Lo copio desde el word, así que espero que no se descuadre mucho.
UNO
Hastiada del día que no acababa, Alice entró en el vagón del metro pensando en el inepto de su jefe. Sólo era su superior porque su primo regentaba la empresa y se apiadó de él por el mero hecho de compartir cierto porcentaje de sangre. Ahora ella tenía que estar levantando el negocio mientras el orondo sin neuronas se llevaba los laureles. Hoy había sido la coronación de la humillación. Tenían que presentar la propuesta del anuncio al cliente y ella la había preparado entera: había tenido la idea sobre la que versaría el anuncio, el hacerlo en blanco y negro, la voz en off, la música,… Pero entonces cometió un error: ir a la cafetería a comer. Mientras ella estaba ausente, el tipo con mayor tejido adiposo acumulado en la barriga que había visto nunca decidió utilizar el ordenador de Alice.
La silla chirriaba ante el peso del Sr. Barriga. Con su habitual lentitud movía el ratón por la pantalla para entrar en Internet y poner su frase favorita en el buscador: “hot girls”. A pesar de su inteligencia inexistente había aprendido que si escribía en inglés aparecían más páginas de su agrado. De repente apareció un rectángulo gris que decía:
“Un virus está entrando en su ordenador, ¿quiere pararlo?”
SI - NO
Como le pareció una pregunta evidente, desplazó el cursor hacia el “SI” y lo pulsó. Seguidamente apareció otro rectángulo gris que indicaba que si no instalaba el Antivirus Base el virus borraría todos los archivos del ordenador. Y, como por casualidad, en ese mismo rectángulo aparecía: “Pulsa aquí para descargar el Antivirus Base”. Con toda su buena fe, acompañada de sus dedos grasientos, pulsó el botón e instaló el programa sintiéndose un héroe informático.
Alice miraba las caras que había en el metro, solían parecerle todas iguales. Aunque a veces encontraba personas que le eran familiares, compañeros de trayecto durante años que acaban guardándose en la retina creando esa sensación de reconocimiento.
Sí, el gordo estúpido de su jefe había instalado el virus en el ordenador creyendo encima que estaba realizando una hazaña. ¿Cómo se podía caer en una trampa tan burda? Mientras el supuesto programa Antivirus Base se instalaba, lo que realmente sucedía es que se estaban eliminando los archivos del ordenador a gran velocidad. Aunque Alice tenía un borrador guardado en una memoria externa, no servía para mostrarlo. Ciertamente, el cliente quedó ásperamente sorprendido ante una presentación tan paupérrima y el Sr. Barriga acusó a Alice ante los demás. Si bien los compañeros del departamento sabían que no había sido culpa de ella, a los directivos de la empresa sólo les llegó la otra versión.
Ahora solo quería ir al gimnasio para desahogarse y mantener la figura que se había estado forjado durante año y medio. Pero antes tenía que pasar por casa para quitarse esa ropa incómoda y ridícula.
Como estaba de pie apoyada en las puertas del vagón, podía verse reflejada en el cristal de enfrente con el traje de chaqueta y falda. En esa imagen distorsionada, cromáticamente hablando, el conjunto parecía de un azul más oscuro y su rostro más pálido de lo que ya era. Seguía observándose en el reflejo y se dijo que parecía salida de una película japonesa de terror, con el pelo negro y largo, empalidecida, con unas ojeras oscuras bajo los ojos del mismo color que el cabello. Decidió recogerse el pelo en una coleta alta para que dejase de molestarle. Hasta el roce de sus propios mechones contra su cara le ponía nerviosa y le irritaba. Lo único que no encajaba con la imagen de película de terror eran las gafas, que le daban un toque intelectual.
Aún le quedaban dos paradas más de metro para llegar a su destino cuando éste se detuvo en medio del túnel. Qué típico. Los rostros de los viajeros ni siquiera cambiaron, estaban acostumbrados a las irregularidades y a las seis de la tarde ya nadie parecía tener prisa por ir a ningún lado. Alice sí estaba encrespada, cerraban el gimnasio a las nueve y le gustaría poder hacer sus ejercicios con tranquilidad, sin tener que estar mirando el reloj a cada segundo.
La quietud y el relativo silencio del tren se vieron trastocados cuando se abrió la puerta del vagón anexo y apareció un hombre ensangrentado.
DOS
- Despejado, el águila puede entrar en el nido.
- Comprendido.
El neoyorkino Renzo guardó el walkie talkie mientras le abría la puerta al Presidente de MovRecord. Habían ido a una reunión con la única competencia directa que quedaba para la próspera y arrasadora multinacional de telefonía. El Presidente pretendía simplemente comprarles, como hizo con las demás empresas. Primero empezó con las pequeñas, obligándoles a acceder tras la imposibilidad de competir con ellos y el augurio de bancarrota si no colaboraban. Después pasaron a las medianas empresas, algunas de ellas con cierto renombre, propiciando una fusión, o más bien absorción. De esta forma el pez se fue alimentando hasta ser tan grande que sólo le quedaba un rival importante.
El Presidente caminaba con normalidad, como si no tuviera a dos hombres pegados a él guardándole la espalda. A pesar de que sus compañeros habían registrado el edificio, Renzo no podía evitar ir analizando cada sala, cada salida posible, cada persona que se encontraban en el camino. La mayoría de sujetos a examen era personas normales y corrientes, nada a destacar entre la plantilla de trabajadores. Por experiencia, sabía que sólo había dos tipos de personas que podían dar serios problemas: los fuertes y los locos. Los primeros, por razones evidentes. Los segundos porque no solían llamar la atención, eran buenos trabajadores, aplicados, pero en algún punto de su vida sufrían un estrés y desesperación tal que se cortaban los hilos de la cordura y un día mataba a un presidente. Su tarea consistía en evitar precisamente eso. La mayoría de las personas consideraban que Renzo se tomaba su trabajo demasiado en serio, e incluso la gente se reía ante sus analogías con el gobernante de un país. Pero Renzo siempre decía lo mismo: “el Presidente al que yo protejo, tiene el doble de poder que el Presidente al que tú votas”.
Tras un angosto pasillo llegaron a una sala relativamente amplia que parecía la sala de espera de un hospital, con sus sillas de plástico duro pegadas a la pared y las paredes descoloridas. La secretaria estaba esperándoles de pie junto a una elegante puerta de madera que contrastaba con la no-decoración de la sala. Tras un breve saludo y una conversación banal, les hizo pasar al despacho de Sam Scott cuyas paredes estaban revestidas de madera y unos cuantos cuadros salpicados al azar mostrando rostros serios. El Presidente entró pensando en lo fácil que iba a ser ese último paso estratégico cuando descubrió que la directora de la organización era una mujer. Por un momento frenó sus pasos decididos y controló una mueca de desconcierto. Los guardaespaldas se acomodaron al nuevo caminar lento y extraño que había adquirido su Presidente conociendo a la perfección el motivo. Las únicas dos adquisiciones en las que habían tenido problemas estaban regentadas por mujeres, puede que fuera coincidencia, pero el Presidente era un tanto supersticioso y no creía que fuese casualidad. Pensaba en lo pérfidas que eran las mujeres, más aún cuándo su mujer le dejó porque no se sentía atendida. Él levantando un imperio y ella quejándose. Mujeres que colaban su lengua envenenada en los recovecos de su cerebro buscando una debilidad que explotar.
Ulterior a las indicaciones de Sam Scott de tomar asiento, el Presidente intentó adoptar una postura relajada pero que resultase respetable y digna.
- ¿Así que quiere absorber mi empresa?
Sam inició la conversación directamente, aún de pie con las manos apoyadas en la mesa y escrutando al Presidente. Éste le sostuvo la mirada y empezó enérgicamente a describir su empresa, sus proporciones y sus posibilidades. Cuándo acabó la retahíla aprendida sobre su querida MovRecord, Sam decidió sentarse y él se sintió mejor: ahora estaban a la misma altura y no ella mirándole desde arriba como un buitre examinando a su presa, buscando la carne más jugosa. Ella sonrió inquietantemente y dejó libre su rabia. No entendía como osaban entrar en su empresa con esos aires de superioridad y ese complejo de Dios, intentando arrebatarle el esfuerzo de su padre, sin contar con que para su empresa no suponía una amenaza inminente. La lucha verbal había empezado y se presentaba difícil.
Julien, el otro guardaespaldas, miró a su compañero, ambos estaban erguidos detrás del Presidente, con las manos entrelazadas en la espalda. Buscó los ojos de su compañero, un rostro amigo, para sentirse menos incómodo con esa situación en la que estaban dejando a su admirado Presidente hundido en el humillante barro. Pero se dio cuenta de que estaba con Renzo, y no con otro de sus compañeros del cuerpo, así que desvió la mirada y decidió quedarse mirando al frente para no encontrarse ninguna mirada: ni la de Sam, ni la del Presidente, ni mucho menos la de su inquietante compañero y superior inmediato.
Renzo no obstante ya se conocía el despacho a la perfección, había mirado con asco la mirada asustada de su compañero (cómo puede ser tan débil) y ahora se dedicaba a estudiar a Sam Scott. Sus ojos verdes podrían ser una buena carta de presentación, llenos de energía y de agradable tonalidad. Pero el corto cabello pelirrojo y el flequillo enmarcaban su nariz encorvada, destacándose aún más por lo pegado que tenía el pelo a la cara. Seguramente de inteligencia superior pero con un gran inconveniente latente: sus emociones. Si aprendiese a controlarlas su discurso adquiriría coherencia y sobre todo consistencia. No estaba escuchando la discusión, sólo captando los tonos, cuando ella se dio cuenta de que le estaba observando. Torció la cara y la boca en un gesto extraño de aborrecimiento, asombrada de que un simple guardaespaldas sin cerebro se atreviese a mirarla así. Seguro que le estaba mirando el escote. Se levantó golpeando la mesa con el puño, lo que le permitió observar a Renzo la fragilidad de sus manos y su poca fortaleza. Se dirigió hacia él como un tigre recién liberado de su jaula, que va a “agradecer” a su amo todas las piruetas que le ha enseñado para el circo. El guardaespaldas ni siquiera movió las manos de detrás de la espalda, ella no era una amenaza.
- ¡Y tú quién te crees que eres! Triste inmundicia que miras lo que no puedes tener. Señor Pre-si-den-te.- recalca con retintín.- quiero que estos “armarios” salgan de mi despacho, ya lo tengo suficientemente decorado.
- Señorita Scott, exijo respeto hacia mis guardaespaldas.- su voz sonaba tranquila pero su rostro rollizo estaba enardecido.-
- ¿Respeto? Respeto es el que le falta a usted al tener el descaro de venir a mi propio despacho a intentar intimidarme. Puede que los demás crean que es brillante, pero para mí es basura.
En el apogeo de esa explosión de emociones se escuchó una detonación real en el edificio y tras ella numerosas alarmas y gritos. Sam y el Presidente se agacharon y se protegieron la cabeza con las manos, Julien se quedó paralizado cual conejo alumbrado por los faros de un coche. El único que reaccionó fue Renzo, sacando su pistola Beretta 92G Elite II y apuntando hacia la única entrada al despacho. Esperó unos segundos, escuchando cómo el silencio se iba transformando en una algarabía indescifrable. Recordó la inútil pequeña entrada de aire del despacho por la cual no podría escapar ni un gato. ¿Por qué elegiría un despacho sin ventanas la dueña de la empresa? Estaban atrapados y él debía proteger al Presidente a toda costa. Su mente funcionaba tan rápido que los demás aún seguían inmovilizados esperando parpadear y que fuese un mal sueño o un simulacro. El estallido había sonado cerca pero era de escasa potencia, de hecho sospechaba que podría ser una simple granada de mano de alguno de sus hombres. ¿Habría sido un fallo de alguno de los incompetentes a los que tenía que coordinar para proteger al Presidente? La idea tomaba color junto a la imagen de esos supuestos valerosos hombres huyendo del lugar presas del pánico sin pensar en su benefactor. En el caso de que existiera una amenaza exterior contra el edificio debían dirigirse a la salida más próxima pero si ya habían tomado las instalaciones lo más sensato era atrincherarse e ir matando uno a uno a los que se arriesgasen a entrar.
- ¡Vámonos de aquí!
Julien había logrado articular una frase, su rostro dorado estaba sudoroso y miraba con ojos desquiciados la puerta. Sacó su Walther P38 y su dedo casi empezó a disparar sin control hacia la puerta. Se dominó lo mejor que pudo y miró a Renzo suplicante. Éste ya había trazado un plan.
- Julien, necesitamos saber a qué nos enfrentamos, si es una amenaza exterior...- ante la cara de terror que cruzó la cara de Julien decidió apoyar su otra tesis.- o es un fallo nuestro. Ya sabes que a veces nuestros hombres juguetean con sus armas, presumen de ellas. Y puede ser que se haya detonado una granada sin hacerlo a propósito. ¿Entiendes?
- Vámonos de aquí.
- Eso haremos, pero antes necesito que salgas a echar un vistazo y me digas dónde ha sido la explosión, los heridos y traigas al grupo para así irnos todos juntos.
- Pero y si la amenaza es ext..
- Julien.-Renzo abandonó el tono engañosamente amable y su voz habló firme e incuestionable.- asegura el perímetro ¡ahora!.
- Sí señor.
La cobaya humana dio un respingo y salió por la puerta. Sam y el Presidente hacía rato que estaban debajo del noble escritorio de madera del despacho, cómo si fueran dos amantes que se escondían de miradas indiscretas. Renzo se sentía orgulloso ante la obediencia que conseguía con su imponente aspecto y reputación. Ahora conocería las causas de la explosión y podría trazar un plan de acción más ajustado.
Disparos. Los gritos a los que ya se habían acostumbrado aumentaron de volumen y repentinamente se abrió la puerta del despacho.
TRES
- Tienes que insertar un nuevo comando para los que están luchando en Denares.
- ¿Cuál?
- El nuevo que han desarrollado, el 318-ZGH.
- ¿Y para qué sirve?
- No te pagamos para preguntar.
- Lo siento señor.- agachó su cabeza rapada avergonzado.- Ahora mismo lo preparo.
- Espero que antes de las veinte cero cero esté instalado.
- Sí, señor.
El soberbio General hizo mutis por el foro dejando a Arthur sólo en la habitación cuyas paredes no se veían pues estaban cubiertas por ordenadores, servidores, dispositivos de alarma, mapas y apenas dos fotografías en las que aparecía la misma mujer. Arthur miró las fotos de su madre y le entraron ganas de irse a casa. Ya sabía que debería haberse independizado a sus 34 años y más con el salario que estaba percibiendo. Pero la idea de dejarla sola y perderse los últimos años de su vida le destrozaba. No entendía como había personas tan desagradecidas que preferían irse a vivir con gente que no conocían de nada en vez de aprovechar su tiempo con quien les dio la vida.
Aunque también tenía que ver con que él era un tanto temeroso. No estaría en esa sala de metal y cables si hubiera sido más valiente. Ahora mismo algún pobre desgraciado le estaría activando el 318-ZGH y viviría aventuras inolvidables que podría contar a sus hijos. Para tener hijos había que tener antes una esposa, cosa de la que también carecía… eso sí, prefería estar solo a ser como el General. Para él, lo único que importaba era Tener: una esposa, dos hijos, un chalet lujoso con gran jardín (y jardinero), un monovolumen para llevar a la familia, un Chevrolet Camaro Convertible V8 recién salido del concesionario para dejar claro su estatus y, cómo no, numerosas armas y un carnet de socio del Club del Rifle. Pero Arthur sabía que estaba vacío por dentro. De todas esas cosas él sólo tenía un triste utilitario, vivía en la humilde casita de su madre y tenía una tímida Glock26. Eso sí, se consideraba mil veces más afortunado y feliz que el General.
- Ya basta.- se dijo a sí mismo.-
A veces se ponía a criticar o a soñar y se le pasaba el tiempo volando. Recordó la hora máxima que le había puesto el General: 20:00. Sería fácil instalar el nuevo comando antes de esa hora, contando con que eran las 17:00 y no llevaba más de una hora instalarlo. Para ser algo tan complejo, una vez que estaba en marcha era relativamente fácil utilizarlo.
Le encantaba imaginar para qué servirían los comandos que instalaba. Al principio, cuando aún estaba Héctor, le contaban para que servían y con su gran imaginación veía los resultados vívidamente. Pero ya no era así, ahora todo era secreto y preguntar un pecado.
Tras una hora, con el ruido de los ordenadores y sus potentes ventiladores, no oyó como el General y otros de sus superiores se acercaban cojeando, arrastrándose, farfullando, sangrando.
Cuándo oyó abrirse la puerta a su espalda se puso de pie rígido, en la típica posición de saludo militar. Entonces se dio cuenta de que las cosas iban mal: el Coronel Peterson entraba gateando sobre dos muñones rojizos que antes habían sido manos. Intentando saltar por encima de él estaba el General con los brazos extendidos y la boca llena de sangre. Se dio cuenta que no sólo era sangre, sino que tenía el labio inferior y parte de la piel de la barbilla arrancada quedando al descubierto una sonrisa cadavérica. Su corto pelo estaba despeinado y con aspecto pringoso. A pesar de lo grotesco, le hizo gracia ver al General tan desaliñado. Nunca le había visto así. Lo más cercano fue en una fiesta de Navidad que se puso un poco chiripa, pero nada en comparación con lo caótico que iba ahora.
Además del Coronel Peterson y el General, había otros dos superiores suyos, cuyos nombres no le venían a la mente en ese momento. Estaba en blanco. Menos mal que no era un examen. El extraño grupo se le acercaba con una agonizante lentitud, parecía que se les había olvidado andar. Vocalizaban costosos gemidos, de ¿ayuda? Ciertamente parecían moribundos.
En un primer momento pensó en ayudarles, pero al instante siguiente su instinto le había hecho sacar la pequeña Glock26 que se veía ridícula en sus larguiruchas manos, flexionó ligeramente las piernas adquiriendo una posición ideal y empezó a disparar a la cabeza de sus superiores. Era la primera vez que disparaba contra alguien vivo (eso es otra historia) y se sintió extrañamente bien. Aunque estaba aterrado como así atestiguaban sus pantalones, la adrenalina corría por su cuerpo creando sensación de invencibilidad y una euforia nunca vivida.
Esta emoción se vio trastocada cuando la pistola no hizo “Pum” sino “Click”. No tenía balas. Corrió rápidamente hasta la puerta de los servicios y se dijo que era inútil intentar frenarles apoyándose en la puerta: eran más y parecía que no les importaría pegarle con un muñón. Se imaginó la escena y casi se puso a reír histéricamente. Los gemidos furiosos de la sala de ordenadores se acercaban y enseguida le cortaron su fantasía. Casi por reflejo miró la ventanilla del baño: era algo estrecha y alta, pero contando con que él era delgado y medía 1,92 tenía buenas posibilidades.
Con destreza abrió el ventanuco y se apoyó en una letrina para alzarse un poco, comenzó a colarse por la ventanilla notando con satisfacción que cabía a la perfección. Oyó la puerta abrirse y sintió una tensión en la cabeza que le decía que se girase, pero no lo hizo. Se dio un último impulso con los brazos y cayó al exterior estrepitosamente.
- ¡Hijos de puta! Ahí os quedáis ¿Sabe qué General? Me meto sus órdenes por el culo y además…
Arthur se dio cuenta de que el aparcacoches y el guarda de seguridad le estaban mirando y empezaban a moverse lentamente hacia él.
- Hostias…
No sabía hacia dónde correr.


) la novela tiene una pinta excelente y engancha desde el principio.
