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Un apocalipsis y medio

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Moderador: The Cragor

Necane
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Un apocalipsis y medio

Mensajepor Necane 01 Nov 2011 19:40

Hace unos años empecé a escribir un libro, he ido escribiendo por temporadas pero siempre he acabado dejándolo por unas cosas o por otras. Hoy he vuelto a escribir en el libro y esta vez quiero hacerlo con constancia, así que iré subiendo los capítulos aquí. Os voy dejando los primeros 4 capítulos. Se aceptan críticas constructivas, opiniones, correcciones y "no-se-entiende-lo-que-dices-aquí". Lo copio desde el word, así que espero que no se descuadre mucho.


UNO

Hastiada del día que no acababa, Alice entró en el vagón del metro pensando en el inepto de su jefe. Sólo era su superior porque su primo regentaba la empresa y se apiadó de él por el mero hecho de compartir cierto porcentaje de sangre. Ahora ella tenía que estar levantando el negocio mientras el orondo sin neuronas se llevaba los laureles. Hoy había sido la coronación de la humillación. Tenían que presentar la propuesta del anuncio al cliente y ella la había preparado entera: había tenido la idea sobre la que versaría el anuncio, el hacerlo en blanco y negro, la voz en off, la música,… Pero entonces cometió un error: ir a la cafetería a comer. Mientras ella estaba ausente, el tipo con mayor tejido adiposo acumulado en la barriga que había visto nunca decidió utilizar el ordenador de Alice.

La silla chirriaba ante el peso del Sr. Barriga. Con su habitual lentitud movía el ratón por la pantalla para entrar en Internet y poner su frase favorita en el buscador: “hot girls”. A pesar de su inteligencia inexistente había aprendido que si escribía en inglés aparecían más páginas de su agrado. De repente apareció un rectángulo gris que decía:

“Un virus está entrando en su ordenador, ¿quiere pararlo?”

SI - NO

Como le pareció una pregunta evidente, desplazó el cursor hacia el “SI” y lo pulsó. Seguidamente apareció otro rectángulo gris que indicaba que si no instalaba el Antivirus Base el virus borraría todos los archivos del ordenador. Y, como por casualidad, en ese mismo rectángulo aparecía: “Pulsa aquí para descargar el Antivirus Base”. Con toda su buena fe, acompañada de sus dedos grasientos, pulsó el botón e instaló el programa sintiéndose un héroe informático.

Alice miraba las caras que había en el metro, solían parecerle todas iguales. Aunque a veces encontraba personas que le eran familiares, compañeros de trayecto durante años que acaban guardándose en la retina creando esa sensación de reconocimiento.

Sí, el gordo estúpido de su jefe había instalado el virus en el ordenador creyendo encima que estaba realizando una hazaña. ¿Cómo se podía caer en una trampa tan burda? Mientras el supuesto programa Antivirus Base se instalaba, lo que realmente sucedía es que se estaban eliminando los archivos del ordenador a gran velocidad. Aunque Alice tenía un borrador guardado en una memoria externa, no servía para mostrarlo. Ciertamente, el cliente quedó ásperamente sorprendido ante una presentación tan paupérrima y el Sr. Barriga acusó a Alice ante los demás. Si bien los compañeros del departamento sabían que no había sido culpa de ella, a los directivos de la empresa sólo les llegó la otra versión.

Ahora solo quería ir al gimnasio para desahogarse y mantener la figura que se había estado forjado durante año y medio. Pero antes tenía que pasar por casa para quitarse esa ropa incómoda y ridícula.

Como estaba de pie apoyada en las puertas del vagón, podía verse reflejada en el cristal de enfrente con el traje de chaqueta y falda. En esa imagen distorsionada, cromáticamente hablando, el conjunto parecía de un azul más oscuro y su rostro más pálido de lo que ya era. Seguía observándose en el reflejo y se dijo que parecía salida de una película japonesa de terror, con el pelo negro y largo, empalidecida, con unas ojeras oscuras bajo los ojos del mismo color que el cabello. Decidió recogerse el pelo en una coleta alta para que dejase de molestarle. Hasta el roce de sus propios mechones contra su cara le ponía nerviosa y le irritaba. Lo único que no encajaba con la imagen de película de terror eran las gafas, que le daban un toque intelectual.

Aún le quedaban dos paradas más de metro para llegar a su destino cuando éste se detuvo en medio del túnel. Qué típico. Los rostros de los viajeros ni siquiera cambiaron, estaban acostumbrados a las irregularidades y a las seis de la tarde ya nadie parecía tener prisa por ir a ningún lado. Alice sí estaba encrespada, cerraban el gimnasio a las nueve y le gustaría poder hacer sus ejercicios con tranquilidad, sin tener que estar mirando el reloj a cada segundo.

La quietud y el relativo silencio del tren se vieron trastocados cuando se abrió la puerta del vagón anexo y apareció un hombre ensangrentado.


DOS

- Despejado, el águila puede entrar en el nido.
- Comprendido.

El neoyorkino Renzo guardó el walkie talkie mientras le abría la puerta al Presidente de MovRecord. Habían ido a una reunión con la única competencia directa que quedaba para la próspera y arrasadora multinacional de telefonía. El Presidente pretendía simplemente comprarles, como hizo con las demás empresas. Primero empezó con las pequeñas, obligándoles a acceder tras la imposibilidad de competir con ellos y el augurio de bancarrota si no colaboraban. Después pasaron a las medianas empresas, algunas de ellas con cierto renombre, propiciando una fusión, o más bien absorción. De esta forma el pez se fue alimentando hasta ser tan grande que sólo le quedaba un rival importante.

El Presidente caminaba con normalidad, como si no tuviera a dos hombres pegados a él guardándole la espalda. A pesar de que sus compañeros habían registrado el edificio, Renzo no podía evitar ir analizando cada sala, cada salida posible, cada persona que se encontraban en el camino. La mayoría de sujetos a examen era personas normales y corrientes, nada a destacar entre la plantilla de trabajadores. Por experiencia, sabía que sólo había dos tipos de personas que podían dar serios problemas: los fuertes y los locos. Los primeros, por razones evidentes. Los segundos porque no solían llamar la atención, eran buenos trabajadores, aplicados, pero en algún punto de su vida sufrían un estrés y desesperación tal que se cortaban los hilos de la cordura y un día mataba a un presidente. Su tarea consistía en evitar precisamente eso. La mayoría de las personas consideraban que Renzo se tomaba su trabajo demasiado en serio, e incluso la gente se reía ante sus analogías con el gobernante de un país. Pero Renzo siempre decía lo mismo: “el Presidente al que yo protejo, tiene el doble de poder que el Presidente al que tú votas”.

Tras un angosto pasillo llegaron a una sala relativamente amplia que parecía la sala de espera de un hospital, con sus sillas de plástico duro pegadas a la pared y las paredes descoloridas. La secretaria estaba esperándoles de pie junto a una elegante puerta de madera que contrastaba con la no-decoración de la sala. Tras un breve saludo y una conversación banal, les hizo pasar al despacho de Sam Scott cuyas paredes estaban revestidas de madera y unos cuantos cuadros salpicados al azar mostrando rostros serios. El Presidente entró pensando en lo fácil que iba a ser ese último paso estratégico cuando descubrió que la directora de la organización era una mujer. Por un momento frenó sus pasos decididos y controló una mueca de desconcierto. Los guardaespaldas se acomodaron al nuevo caminar lento y extraño que había adquirido su Presidente conociendo a la perfección el motivo. Las únicas dos adquisiciones en las que habían tenido problemas estaban regentadas por mujeres, puede que fuera coincidencia, pero el Presidente era un tanto supersticioso y no creía que fuese casualidad. Pensaba en lo pérfidas que eran las mujeres, más aún cuándo su mujer le dejó porque no se sentía atendida. Él levantando un imperio y ella quejándose. Mujeres que colaban su lengua envenenada en los recovecos de su cerebro buscando una debilidad que explotar.

Ulterior a las indicaciones de Sam Scott de tomar asiento, el Presidente intentó adoptar una postura relajada pero que resultase respetable y digna.

- ¿Así que quiere absorber mi empresa?

Sam inició la conversación directamente, aún de pie con las manos apoyadas en la mesa y escrutando al Presidente. Éste le sostuvo la mirada y empezó enérgicamente a describir su empresa, sus proporciones y sus posibilidades. Cuándo acabó la retahíla aprendida sobre su querida MovRecord, Sam decidió sentarse y él se sintió mejor: ahora estaban a la misma altura y no ella mirándole desde arriba como un buitre examinando a su presa, buscando la carne más jugosa. Ella sonrió inquietantemente y dejó libre su rabia. No entendía como osaban entrar en su empresa con esos aires de superioridad y ese complejo de Dios, intentando arrebatarle el esfuerzo de su padre, sin contar con que para su empresa no suponía una amenaza inminente. La lucha verbal había empezado y se presentaba difícil.

Julien, el otro guardaespaldas, miró a su compañero, ambos estaban erguidos detrás del Presidente, con las manos entrelazadas en la espalda. Buscó los ojos de su compañero, un rostro amigo, para sentirse menos incómodo con esa situación en la que estaban dejando a su admirado Presidente hundido en el humillante barro. Pero se dio cuenta de que estaba con Renzo, y no con otro de sus compañeros del cuerpo, así que desvió la mirada y decidió quedarse mirando al frente para no encontrarse ninguna mirada: ni la de Sam, ni la del Presidente, ni mucho menos la de su inquietante compañero y superior inmediato.

Renzo no obstante ya se conocía el despacho a la perfección, había mirado con asco la mirada asustada de su compañero (cómo puede ser tan débil) y ahora se dedicaba a estudiar a Sam Scott. Sus ojos verdes podrían ser una buena carta de presentación, llenos de energía y de agradable tonalidad. Pero el corto cabello pelirrojo y el flequillo enmarcaban su nariz encorvada, destacándose aún más por lo pegado que tenía el pelo a la cara. Seguramente de inteligencia superior pero con un gran inconveniente latente: sus emociones. Si aprendiese a controlarlas su discurso adquiriría coherencia y sobre todo consistencia. No estaba escuchando la discusión, sólo captando los tonos, cuando ella se dio cuenta de que le estaba observando. Torció la cara y la boca en un gesto extraño de aborrecimiento, asombrada de que un simple guardaespaldas sin cerebro se atreviese a mirarla así. Seguro que le estaba mirando el escote. Se levantó golpeando la mesa con el puño, lo que le permitió observar a Renzo la fragilidad de sus manos y su poca fortaleza. Se dirigió hacia él como un tigre recién liberado de su jaula, que va a “agradecer” a su amo todas las piruetas que le ha enseñado para el circo. El guardaespaldas ni siquiera movió las manos de detrás de la espalda, ella no era una amenaza.

- ¡Y tú quién te crees que eres! Triste inmundicia que miras lo que no puedes tener. Señor Pre-si-den-te.- recalca con retintín.- quiero que estos “armarios” salgan de mi despacho, ya lo tengo suficientemente decorado.
- Señorita Scott, exijo respeto hacia mis guardaespaldas.- su voz sonaba tranquila pero su rostro rollizo estaba enardecido.-
- ¿Respeto? Respeto es el que le falta a usted al tener el descaro de venir a mi propio despacho a intentar intimidarme. Puede que los demás crean que es brillante, pero para mí es basura.

En el apogeo de esa explosión de emociones se escuchó una detonación real en el edificio y tras ella numerosas alarmas y gritos. Sam y el Presidente se agacharon y se protegieron la cabeza con las manos, Julien se quedó paralizado cual conejo alumbrado por los faros de un coche. El único que reaccionó fue Renzo, sacando su pistola Beretta 92G Elite II y apuntando hacia la única entrada al despacho. Esperó unos segundos, escuchando cómo el silencio se iba transformando en una algarabía indescifrable. Recordó la inútil pequeña entrada de aire del despacho por la cual no podría escapar ni un gato. ¿Por qué elegiría un despacho sin ventanas la dueña de la empresa? Estaban atrapados y él debía proteger al Presidente a toda costa. Su mente funcionaba tan rápido que los demás aún seguían inmovilizados esperando parpadear y que fuese un mal sueño o un simulacro. El estallido había sonado cerca pero era de escasa potencia, de hecho sospechaba que podría ser una simple granada de mano de alguno de sus hombres. ¿Habría sido un fallo de alguno de los incompetentes a los que tenía que coordinar para proteger al Presidente? La idea tomaba color junto a la imagen de esos supuestos valerosos hombres huyendo del lugar presas del pánico sin pensar en su benefactor. En el caso de que existiera una amenaza exterior contra el edificio debían dirigirse a la salida más próxima pero si ya habían tomado las instalaciones lo más sensato era atrincherarse e ir matando uno a uno a los que se arriesgasen a entrar.

- ¡Vámonos de aquí!

Julien había logrado articular una frase, su rostro dorado estaba sudoroso y miraba con ojos desquiciados la puerta. Sacó su Walther P38 y su dedo casi empezó a disparar sin control hacia la puerta. Se dominó lo mejor que pudo y miró a Renzo suplicante. Éste ya había trazado un plan.

- Julien, necesitamos saber a qué nos enfrentamos, si es una amenaza exterior...- ante la cara de terror que cruzó la cara de Julien decidió apoyar su otra tesis.- o es un fallo nuestro. Ya sabes que a veces nuestros hombres juguetean con sus armas, presumen de ellas. Y puede ser que se haya detonado una granada sin hacerlo a propósito. ¿Entiendes?
- Vámonos de aquí.
- Eso haremos, pero antes necesito que salgas a echar un vistazo y me digas dónde ha sido la explosión, los heridos y traigas al grupo para así irnos todos juntos.
- Pero y si la amenaza es ext..
- Julien.-Renzo abandonó el tono engañosamente amable y su voz habló firme e incuestionable.- asegura el perímetro ¡ahora!.
- Sí señor.

La cobaya humana dio un respingo y salió por la puerta. Sam y el Presidente hacía rato que estaban debajo del noble escritorio de madera del despacho, cómo si fueran dos amantes que se escondían de miradas indiscretas. Renzo se sentía orgulloso ante la obediencia que conseguía con su imponente aspecto y reputación. Ahora conocería las causas de la explosión y podría trazar un plan de acción más ajustado.
Disparos. Los gritos a los que ya se habían acostumbrado aumentaron de volumen y repentinamente se abrió la puerta del despacho.



TRES

- Tienes que insertar un nuevo comando para los que están luchando en Denares.
- ¿Cuál?
- El nuevo que han desarrollado, el 318-ZGH.
- ¿Y para qué sirve?
- No te pagamos para preguntar.
- Lo siento señor.- agachó su cabeza rapada avergonzado.- Ahora mismo lo preparo.
- Espero que antes de las veinte cero cero esté instalado.
- Sí, señor.


El soberbio General hizo mutis por el foro dejando a Arthur sólo en la habitación cuyas paredes no se veían pues estaban cubiertas por ordenadores, servidores, dispositivos de alarma, mapas y apenas dos fotografías en las que aparecía la misma mujer. Arthur miró las fotos de su madre y le entraron ganas de irse a casa. Ya sabía que debería haberse independizado a sus 34 años y más con el salario que estaba percibiendo. Pero la idea de dejarla sola y perderse los últimos años de su vida le destrozaba. No entendía como había personas tan desagradecidas que preferían irse a vivir con gente que no conocían de nada en vez de aprovechar su tiempo con quien les dio la vida.

Aunque también tenía que ver con que él era un tanto temeroso. No estaría en esa sala de metal y cables si hubiera sido más valiente. Ahora mismo algún pobre desgraciado le estaría activando el 318-ZGH y viviría aventuras inolvidables que podría contar a sus hijos. Para tener hijos había que tener antes una esposa, cosa de la que también carecía… eso sí, prefería estar solo a ser como el General. Para él, lo único que importaba era Tener: una esposa, dos hijos, un chalet lujoso con gran jardín (y jardinero), un monovolumen para llevar a la familia, un Chevrolet Camaro Convertible V8 recién salido del concesionario para dejar claro su estatus y, cómo no, numerosas armas y un carnet de socio del Club del Rifle. Pero Arthur sabía que estaba vacío por dentro. De todas esas cosas él sólo tenía un triste utilitario, vivía en la humilde casita de su madre y tenía una tímida Glock26. Eso sí, se consideraba mil veces más afortunado y feliz que el General.

- Ya basta.- se dijo a sí mismo.-

A veces se ponía a criticar o a soñar y se le pasaba el tiempo volando. Recordó la hora máxima que le había puesto el General: 20:00. Sería fácil instalar el nuevo comando antes de esa hora, contando con que eran las 17:00 y no llevaba más de una hora instalarlo. Para ser algo tan complejo, una vez que estaba en marcha era relativamente fácil utilizarlo.

Le encantaba imaginar para qué servirían los comandos que instalaba. Al principio, cuando aún estaba Héctor, le contaban para que servían y con su gran imaginación veía los resultados vívidamente. Pero ya no era así, ahora todo era secreto y preguntar un pecado.

Tras una hora, con el ruido de los ordenadores y sus potentes ventiladores, no oyó como el General y otros de sus superiores se acercaban cojeando, arrastrándose, farfullando, sangrando.

Cuándo oyó abrirse la puerta a su espalda se puso de pie rígido, en la típica posición de saludo militar. Entonces se dio cuenta de que las cosas iban mal: el Coronel Peterson entraba gateando sobre dos muñones rojizos que antes habían sido manos. Intentando saltar por encima de él estaba el General con los brazos extendidos y la boca llena de sangre. Se dio cuenta que no sólo era sangre, sino que tenía el labio inferior y parte de la piel de la barbilla arrancada quedando al descubierto una sonrisa cadavérica. Su corto pelo estaba despeinado y con aspecto pringoso. A pesar de lo grotesco, le hizo gracia ver al General tan desaliñado. Nunca le había visto así. Lo más cercano fue en una fiesta de Navidad que se puso un poco chiripa, pero nada en comparación con lo caótico que iba ahora.

Además del Coronel Peterson y el General, había otros dos superiores suyos, cuyos nombres no le venían a la mente en ese momento. Estaba en blanco. Menos mal que no era un examen. El extraño grupo se le acercaba con una agonizante lentitud, parecía que se les había olvidado andar. Vocalizaban costosos gemidos, de ¿ayuda? Ciertamente parecían moribundos.

En un primer momento pensó en ayudarles, pero al instante siguiente su instinto le había hecho sacar la pequeña Glock26 que se veía ridícula en sus larguiruchas manos, flexionó ligeramente las piernas adquiriendo una posición ideal y empezó a disparar a la cabeza de sus superiores. Era la primera vez que disparaba contra alguien vivo (eso es otra historia) y se sintió extrañamente bien. Aunque estaba aterrado como así atestiguaban sus pantalones, la adrenalina corría por su cuerpo creando sensación de invencibilidad y una euforia nunca vivida.

Esta emoción se vio trastocada cuando la pistola no hizo “Pum” sino “Click”. No tenía balas. Corrió rápidamente hasta la puerta de los servicios y se dijo que era inútil intentar frenarles apoyándose en la puerta: eran más y parecía que no les importaría pegarle con un muñón. Se imaginó la escena y casi se puso a reír histéricamente. Los gemidos furiosos de la sala de ordenadores se acercaban y enseguida le cortaron su fantasía. Casi por reflejo miró la ventanilla del baño: era algo estrecha y alta, pero contando con que él era delgado y medía 1,92 tenía buenas posibilidades.

Con destreza abrió el ventanuco y se apoyó en una letrina para alzarse un poco, comenzó a colarse por la ventanilla notando con satisfacción que cabía a la perfección. Oyó la puerta abrirse y sintió una tensión en la cabeza que le decía que se girase, pero no lo hizo. Se dio un último impulso con los brazos y cayó al exterior estrepitosamente.

- ¡Hijos de puta! Ahí os quedáis ¿Sabe qué General? Me meto sus órdenes por el culo y además…

Arthur se dio cuenta de que el aparcacoches y el guarda de seguridad le estaban mirando y empezaban a moverse lentamente hacia él.

- Hostias…

No sabía hacia dónde correr.
"El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él" (Stephen King)

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Necane
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Mensajepor Necane 06 Nov 2011 21:29

Aquí os dejo el capítulo CUATRO.


El hombre ensangrentado atravesó la puerta que comunicaba un vagón de metro con el otro. “Ese borracho parece un zombie”, pensó Alice que había leído muchas historias al respecto. Parecía ser ciego y haberse vomitado sangre sobre sí mismo. Se quedó en el umbral de la puerta como si estuviera reflexionando o haciendo un gran esfuerzo por mantenerse en pie. Las personas del metro le miraron con cierta curiosidad menos los más cercanos que simularon no verle. A través del pequeño cristal de la puerta a Alice le pareció ver demasiado rojo en el otro vagón. ¿Había salpicaduras de sangre? Se puso en alerta.

El borracho iba dando pequeños pasos, tambaleándose, cuando de repente giró la cabeza bruscamente y se abalanzó sobre la anciana que tenía más cerca. La gente huyó despavorida hacia el final del vagón mientras él empezaba a hurgar con sus manos en el pecho de la mujer, mordiendo y desgarrando con ennegrecidas uñas. La anciana ya no gritaba. Cuando hubo hecho suficiente agujero metió las manos y se oyó un desagradable “wgrakk”. Le había abierto algunas costillas y sacó triunfal un órgano que bien podría ser el corazón. Los gritos aumentaron, incluso algunos se desmayaron facilitándole el trabajo al monstruo. Se llevó el supuesto corazón a la boca y...

Para Alice había sido suficiente, se dio cuenta que era la única que sigue en la mitad del vagón y no al fondo con los demás. Buscó la tapa que decía: “Apertura de emergencia” y, a pesar del gran temblor de manos que tenía, consiguió abrir la caja y tirar con fuerza de la anilla que había dentro. La puerta se abrió lentamente. Sólo la de su lado. Las personas del fondo, que para ella ya sólo eran un conglomerado difuso, gritaron angustiados al ver una salida que ellos no iban a aprovechar. Algunos la miraron como si fuera una hechicera, sin ser capaces de pensar en la anilla que abre otras puertas. Otros incluso la insultaban. El borracho había acabado de degustar su comida y miraba el festín que le esperaba al fondo. Empezó a andar sinuosamente hacia ellos, casi parecía sonreír.

Alice echó un último vistazo dentro del tren y saltó a las vías. Lo primero que notó al caer es que se había roto un tacón de las estúpidas sandalias y lo segundo el olor húmedo. Partió el otro tacón contra la pared del túnel y con sus innovadas zapatillas planas empezó a correr a la siguiente estación.

“Wgrakk”, seco y húmedo a la vez. No podía quitárselo de la cabeza. Puede que fuera el caso de un loco aislado, pero su cabeza no hacía más que pensar en esas historias de muertos vivientes. Aunque la anciana no se había vuelto a levantar después de que le arrancaran el corazón. Intentaba alejar sus pensamientos de las imágenes que había visto, casi le parecía que lo hubiera vivido otra persona. Trató de concentrarse, tenía que pensar un plan para cuando llegase a la siguiente estación. Giró una suave curva y a unos 500 metros vio la luz de la siguiente parada, distinguió unas figuras distorsionadas al fondo.

- ¡Mis gafas!

Susurró angustiada, recordando en ese instante que al saltar del tren algo se cayó. No las había echado en falta por la oscuridad y no requerir ver de lejos. Pero ahora sí las necesitaba. ¿Esas personas estaban bien o eran monstruos como el del vagón? Instintivamente miró hacia atrás, temiendo que pensar en el “borracho” lo fuera a invocar detrás suyo. Respiró hondo y trató de analizar los movimientos de las personas que caminaban en el andén. ¿El que iba de azul estaba abrazando a la de rosa o estaba haciendo “Wgrakk”? Y entonces lo vio claro: una figura andaba lentamente y de repente se abalanzó contra el de azul con una rapidez insospechada. Cayeron al suelo. La figura de rosa salió corriendo hacia las escaleras de salida sin importarle quién antes parecía protegerla entre sus brazos.

Alice salió de su parálisis y buscó desesperada algún tipo de arma con la que defenderse. Sólo había cables mugrientos de diversos colores. De pronto percibió una figura que se le acercaba, no sabía si era “de los malos”. Entonces la sombra pareció percibirla y se pegó contra una pared.

Alice razonó y se auto-convenció de que si se escondía es que era humano. Los monstruos solo querían arrancarte el corazón. Consiguió articular un desafinado:

- ¿Hola?
- ¿Eres una persona de verdad?.- contestó una voz algo aguda.-
- Ehh…sí ¿Estás bien?
- Yo sí.

Se acercó cada vez más a la figura de corta estatura y entonces se dio cuenta de que era un niño. Se quedó tan sorprendida que cuando el niño pudo distinguirle la cara ella estaba boquiabierta.

- Soy Simon. Venía de clases de natación con mi madre cuando nos atacaron. Mi madre se puso en medio y a mi madre.. bueno, ella gritaba que me fuera y corriera y aquí estoy.- aunque el niño hablaba con madurez, lloraba.-
- Yo soy Alice, he bajado de un vagón de metro que está parado en medio del túnel. Tenemos que irnos de aquí.

Alice en parte estaba agradecida por encontrarse a una persona, pero… ¿un niño? Eso solo la pondría en peligro. Miró a Simon y descubrió que iba armado con unas tijeritas rojas de punta redonda. No sabía si reír, llorar o sentir envidia porque él al menos tenía algo con lo que enfrentarse a los monstruos.

Tras pensar y hablar brevemente trazaron un bonito plan más bien suicida. Estaba claro que en el túnel no podían quedarse ni esconderse, así que tenían que ir hacia el andén, huir a la superficie, entrar en un edificio y resguardarse. Podían alcanzarles en tantos puntos… Sin argumentos muy razonados decidieron que si podían tomarían el ascensor, porque así no les alcanzarían por los largos pasillos del metro.

Anduvieron pegados a la pared hasta estar en la estación, subieron agachados por las escaleritas que llevaban al andén de la izquierda (había menos personas que en el otro) y comprobaron su buena suerte al ver que tenían el ascensor parado en esa planta. Se miraron brevemente, asintieron con la cabeza casi a la vez y corrieron hasta el ascensor. Apretaron el botón de planta 0 (estaban en la -2) y las puertas se cerraron sin ninguna incidencia. De momento el plan funcionaba.

Entonces la mente de Alice quitó la represión a la pregunta de… ¿y si estaban esperándoles en la salida de la puerta del ascensor? Miró el techo del elevador en busca de esa trampilla famosa que sale en las películas. No había, sólo una rejilla con luces fosforescentes pendiendo de ella. Se sintió imbécil y atrapada como una cobaya de laboratorio.

Estaban llegando a la planta 0. Las puertas de cristal les permitirían ver antes el panorama. Aunque eso significaba que también podrían verlos a ellos. Junto a los tornos de la izquierda vio a un par de personas enzarzadas y el resto parecía libre. Salieron del ascensor torpemente. Escucharon gemidos. A la derecha vieron todo un escuadrón de harapientos monstruosos ex-humanos que se dirigían hacia la pequeña trifulca de los tornos cuando les ¿vieron? (algunos no tenían ojos y también se habían girado hacia ellos).

Empezaron a correr hacia los tornos, los saltaron sin ninguna gracia y Alice pudo ver de cerca las dos figuras enzarzadas: un rostro desfigurado buscaba en el interior de una chaqueta rosa, la dueña no gritaba y su rostro tenía una expresión de desencajada sorpresa. Controlando unas tímidas arcadas subieron las escaleras mecánicas que aún funcionaban. Simon se cayó y se raspó las rodillas con el hierro de las escaleras. Se giró hacia atrás con sumo pavor y se tranquilizó un poco al ver que los monstruos acababan de llegar a los tornos con su lento andar.

Abrieron las pesadas puertas que daban a la calle.
"El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él" (Stephen King)

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Mensajepor resakosix 07 Nov 2011 15:47

Hola.

Si te apetece subirlo en algún formato compatible con un reader (rtf mismo o epub) me lo leo del tirón, que en la pantalla no me gusta leer tanto texto.

Un saludo!

Necane
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Mensajepor Necane 07 Nov 2011 19:08

resakosix escribió:Hola.

Si te apetece subirlo en algún formato compatible con un reader (rtf mismo o epub) me lo leo del tirón, que en la pantalla no me gusta leer tanto texto.

Un saludo!


Hola,

La verdad que leer en pantalla de PC es bastante cansado, así que me parece buena idea. Nunca he usado un ebook así que no entiendo muy bien qué tendría que hacer. He estado mirando por google y hay que descargarse programas, ¿me recomiendas alguno? O mejor aún, ¿hay alguno que se pueda hacer la conversión online sin tener que descargar nada?

Saludos.
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Mensajepor resakosix 08 Nov 2011 15:44

Necane escribió:
resakosix escribió:Hola.

Si te apetece subirlo en algún formato compatible con un reader (rtf mismo o epub) me lo leo del tirón, que en la pantalla no me gusta leer tanto texto.

Un saludo!


Hola,

La verdad que leer en pantalla de PC es bastante cansado, así que me parece buena idea. Nunca he usado un ebook así que no entiendo muy bien qué tendría que hacer. He estado mirando por google y hay que descargarse programas, ¿me recomiendas alguno? O mejor aún, ¿hay alguno que se pueda hacer la conversión online sin tener que descargar nada?

Saludos.


Hola,

Como no usas ereader y no quieres andar instalándote programas, simplemente, en Word (supongo que escribirás con él, sino con cualquiera), le das a "guardar como", y en vez de documento de office pones rtf. Así ya lo tragan muchos ebooks.
Si quieres dejarlo algo más fino para los lectores, hay conversores a epub online, como por ejemplo este: http://www.2epub.com/
Luego ya, si quieres currártelo hay programas dedicados a formatear libros electrónicos para que queden mejor. El más sencillo y simple para mí es Calibre (gratis), y luego ya uno completísimo pero mucho más complejo sería Ebook Designer. Sobre este he encontrado este tutorial que está muy bien (http://es.scribd.com/doc/4063806/Tutorial-Book-Designer-por-Katxan).
La última opción solo te la recomiendo para cuando acabes el libro, si lo quieres colgar con muy buen formato y cuidado. Para ir así poco a poco por capítulos me parece mucho trabajo usar un diseñador, con cualquier opción básica online valdría.

Si necesitas ayuda o lo que sea, MP sin problemas :)

Un saludo

Necane
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Mensajepor Necane 08 Nov 2011 16:17

He probado el conversor online 2epub. Ya he convertido 4 capítulos. Los he puesto de la url del blog, así que no se exactamente que se verá. Dime si se ven bien en el ebook :)
Adjuntos
Un apocalipsis y medio 1al4.zip
Un apocalipsis y medio. Capítulos 1 al 4.
(71.39 KB) 7 veces
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jb08
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Mensajepor jb08 09 Nov 2011 10:47

A falta de leer el capítulo 4 (estoy en el curro ;) ) la novela tiene una pinta excelente y engancha desde el principio.
Enhorabuena.
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Mensajepor Necane 09 Nov 2011 11:52

jb08 escribió:A falta de leer el capítulo 4 (estoy en el curro ;) ) la novela tiene una pinta excelente y engancha desde el principio.
Enhorabuena.


Me gusta que te guste. :)

Aquí os dejo el capítulo CINCO.

- ¡Señor! Hay unos locos comiéndose a Eric. Les he disparado y…no se han muerto.
- Julien, cierra la puerta. ¿A dónde les has disparado?
- ¡A todas partes! Corazón, cabeza y otra vez a la cabeza. No se mueren, siguen comiendo.
- ¿Te han atacado?
- No, estaban entretenidos con Eric…
- Bien, pues es nuestro momento, vámonos antes de que acaben. Yo iré el primero, luego el Presidente.-mirándole a él.- péguese a mí y estará bien. Después la señorita y, Julien, tu cierras la comitiva. ¡Vamos!


Renzo pensó en lo incompetente que era Julien, seguro que se había quedado paralizado mientras mataban a Eric y, en su imaginación, creía haber disparado. Tampoco entendía que quería decir con “locos comiendo”, ¿después de detonar explosivos se dedicaban a comer la carne asada? No tenía sentido. Esquivó las reflexiones con un firme autocontrol y se concentró en salir de allí.

Dio una patada a la puerta (aunque la cerradura estaba en perfecto estado) y escuchó un murmullo extraño que se combinaba con el crepitar del fuego. La salita estaba intacta pero al final del largo pasillo se vislumbraban sombras entre el humo de las llamas. Caminaron en fila. Renzo sabía que estaban atrapados, no había más habitaciones que el despacho de Sam Scott en ese pasillo y no había ventanas (aunque estando en la planta 32 de lo único que serviría era para crear una falsa sensación de poder escapar).

Una figura se arrastraba por el suelo y se dirigía hacia ellos. Renzo sacó su Beretta:

- ¡Identifícate o disparo!

No obtuvo ninguna respuesta. Sin pensárselo más cumplió su amenaza y apretó el gatillo dos veces hacia lo que parecía la cabeza. La figura se quedó quieta un instante y luego continuó arrastrándose. Renzo hizo un gesto al Presidente para que se detuviese. Se acercó a la persona que se negaba a morir. Ahora podía verle la cara quemada y creyó distinguir en los jirones de ropa que le quedan la insignia del cuerpo de seguridad. Le miró con desprecio y descubrió que su buena puntería le había hecho dos agujeros en la cabeza. El desgraciado continuaba arrastrándose lentamente y estiró una mano para agarrarle el tobillo. Renzo, sintió una rabia inmensa ¿cómo se atrevía a no morirse con dos tiros en la cabeza?

- ¡Quieres cogerme? ¿eh? ¡Hijo de puta!.- le dio patadas en la cara con sus duras botas negras.- ¡Muérete! ¡Muérete! ¡Muérete!!


Continuóa con su cantinela destructiva, aplastando la cabeza de lo que quedaba de Eric contra la pared. Ahora solo había un amasijo de sesos. Por fin el cuerpo dejó de moverse. Se secó el sudor de la frente, relajó la expresión del rostro e hizo un gesto al grupo, que le miraban con terror y no parecían muy seguros de querer seguirle. “¡Vamos!” Ahora sí se movieron.

Por suerte las llamas aún no cubrían todo, se dirigieron a las escaleras y empezaron el largo descenso hacia abajo. Renzo podía ver sombras que caminaban lentamente y, aunque le encantaría matarlos a todos, se obligó a seguir: si para que dejasen de moverse había que aplastarles la cabeza por completo seguramente los atraparían mientras machacaba a uno de ellos.

En la planta 25 se detuvo de repente. Por la ventana se podía ver la azotea del edificio contiguo, fácilmente accesible. Puede que la construcción anexa fuera más segura. Al menos no salía humo de sus ventanas y no había nadie a la vista.

- Yo no salto ahí.- Sam Scott había salido del shock y se había percatado de la mirada extrañamente esperanzada de Renzo.-
- No me importa su vida.

Ni siquiera le miró a la cara, simplemente continuó examinando a través de la ventana. Sólo había metro y medio de altura hacia abajo y luego tendrían dos posibilidades tentadoras: entrar por la puerta grisácea que unía la terraza con el edificio o intentarlo por el conducto de ventilación (éste era bien grande).

- Julien, voy a bajar, defiende la retaguardia del Presidente mientras lo hago. Después le ayudas a bajar por la ventana. ¿Entendido?
- Sí, señor.

En diez segundos Renzo ya estaba abajo preparado para ayudar a su protegido, el cuál empezó a descolgarse torpemente como una morcilla. De repente, cayó de golpe al suelo dañándose su millonario culo.

- ¡Eh! ¡Me ha soltado!

Renzo miró con furia a la ventana mientras llamaba enfurecido a ese aborto del cuerpo de seguridad, pero él no le escuchaba.

- ¡Están aquí! ¡Socorro Renzo! ¡Presidente! ¡Ayúdennos!

Cuando Julien se quiso dar cuenta, Sam ya estaba saltando por la ventana y Renzo forzando la puerta de la azotea. Le habían dejado solo. Se giró espantado, viendo como varias aglomeraciones de sangre y vómito con forma de persona se le acercaban. Por una vez su instinto le había ayudado y tenía la pistola en la mano. Tres disparos. Dos cayeron al suelo pero otro seguía buscándole. Un cuarto engendro cayó rodando las escaleras quedando en una postura imposible: la espalda en ángulo recto hacia el lado opuesto, los brazos cómo si de un egipcio se tratara y la cabeza cuál niña del exorcista.

Julien abrió la boca para articular un grito pero no le salió más que un quejido lastimero. El que quedaba de pie aprovechó para intentar cogerle ¿la lengua?. El guardaespaldas cerró la boca con tal fuerza que le partió los dedos a la aberración. Al engendro pareció darle igual, pero Julien sintió el sabor herrumbroso de la sangre y se giró por un mal reflejo a vomitar por la ventana. Los dos caídos aprovecharon para agarrarle los pies y alimentarse de sus tendones. Ahora sí gritaba, entre arcada y arcada.

Renzo había conseguido forzar la puerta y se giró hacia la ventana para comprobar que ningún engendro estúpido con ganas de morir había saltado a la azotea. Entonces vio la patética escena de su compañero y, por primera vez en mucho tiempo, hizo un acto compasivo y le pegó un tiro en la cabeza.
"El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él" (Stephen King)

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Mensajepor LordDaedalus 12 Nov 2011 00:09

Quizás un consejo que no te hallan dicho por arriba, es que yo, por ejemplo, cuando publico un relato como haces tu con esa extensión creo que queda mejor si lo subes a megaupload y después pegues aquí el enlace y nos lo descargamos en pdf.

Es sólo un consejo. Y ahora me pongo a leer tu relato-historia-libro. ;)

Estás también invitado a visitar mi blog y a los relatos que he publicado por aquí :)

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Mensajepor Necane 12 Nov 2011 13:06

LordDaedalus escribió:Quizás un consejo que no te hallan dicho por arriba, es que yo, por ejemplo, cuando publico un relato como haces tu con esa extensión creo que queda mejor si lo subes a megaupload y después pegues aquí el enlace y nos lo descargamos en pdf.

Es sólo un consejo. Y ahora me pongo a leer tu relato-historia-libro. ;)

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En formato ebook ,en formato pdf, al final voy a hacerlo en película [carcajad] [carcajad]
Hacerlo con todos los capítulos puede ser muy tedioso, pero lo que sí puedo hacer es que cuando llegue al capítulo 10 (por ejemplo) ponerlo en ambos formatos y subirlo.

P.d.: bonito blog, lo dejo en marcadores y ya iré leyendo poco a poco
P.d.2: se dice "hayan dicho" ;)

Aquí va el capítulo SEIS

Arthur ya no estaba en la sala de ordenadores, pero seguía sin estar a salvo. Se había dado cuenta de que no tenía balas ni escapatoria: a la izquierda un muro, a su espalda y a la derecha el edificio del que acababa de escapar y enfrente venían caminando a cámara lenta el aparcacoches y el guarda de seguridad del parking. ¡Coches! Si lograba superar la prueba de los dos locos sangrientos tendría a su disposición los que quisiera.

Sólo tenía que pasar por el habitáculo del aparcacoches a coger unas llaves. Los coches que más cerca estaban eran los de la gente importante de la organización (no se vayan a cansar yendo a la puerta del edificio).

Vio el rojizo brillo especial del Camaro del General y decidió, bastante irracionalmente puesto que había un cuatro por cuatro justo al lado, que se lo llevaría.

Empezó a gritar y se lanzó contra el guarda de seguridad que iba más adelantado que el otro. Sus manos cogieron el cuello del infeliz y lo retorcieron con una soltura inesperada a la par que cayeron al suelo. Se quedó subido a horcajadas en el guarda. Pensó en gritar “¡Yehaaa!” pero se contuvo con una sonrisa insana. Pasó a dilaciones más importantes como buscar el arma reglamentaria que debía llevar ese bichejo. No la encontró así que se conformó con la porra. La sacó triunfal tirando de ella hacia arriba cómo si fuera la espada del Rey Arturo. Se oyó un sonido apagado: al levantar la porra de esa manera, le había dado al aparcacoches en la cabeza justo cuando éste iba a cogerle del cuello por la espalda. El aparcacoches se cayó y se quedó sentado, parecía hasta confuso.

Tras un momento de pasmo y un no-me-lo-puedo-creer, notó que el guarda de seguridad se movía bajo sus piernas y que el aparcacoches se estaba intentando levantar.

Decidió echar a correr hacia el habitáculo. Llegó enseguida y se encontró muchas llaves y mandos colgados en un mural tremendo. Su angustia no duró demasiado ya que había una franja roja en la que estaban las llaves de los VIP. “General Mayer”, rezaba una etiqueta. Cogió el mando a la par que miraba por los cristales. El guarda quería la porra que le habían robado y el aparcacoches venganza por el golpe que le había atestado. Si es que esas cosas podían querer algo aparte de matarle. Entonces es cuando vio las sombras que se movían entre los coches. Eso era más que preocupante. ¿Y si se escondían entre dos vehículos y justo cuando él pasase…¡zas!?

Con la porra por delante salió corriendo hacia el Camaro mientras accionaba el botón de apertura.

- ¡Ehh! ¡Ehh! ¡Ayuda!

Una mujer rubia vestida con un mono verde iba corriendo por el medio del aparcamiento. Arthur se quedó con la mano en la puerta del coche más paralizado que cuando vio a uno de esos monstruos: nunca una mujer tan guapa (ni de otro tipo) le había necesitado.

Entonces vio a un hombre pequeño y ensangrentado que estaba tras una camioneta. Cuando ella pasase, seguro que la cogería.

- ¡Cuidado! ¡Detrás de la camioneta azul hay uno!.- le gritó Arthur.-

Ella reaccionó rápidamente pegándose a la otra fila de coches y esquivando al pequeño pero mortífero hombre. “Un punto para mí”, se dijo eufórico. Su alegría se esfumó al darse cuenta de que sus dos amigos del parking estaban a la altura del habitáculo y en breve llegarían al Camaro. Decidió subir al coche y ponerlo en marcha. Con el sonido del motor apenas oía los gritos angustiados de la chica:

- ¡No me dejes! ¡Por favor!

En vez de conducir hacia la salida del parking que se encontraba a escasos metros, se dirigió al camino por el que iba la mujer de verde. Ella corría hacia él con la cara empapada de brillantes lágrimas y le hacía gestos con los brazos. Cuando llegó a su altura, frenó el coche con fuerza y se estiró para abrir la puerta del copiloto. Ella entró sin parar de agradecérselo. Arrancó de nuevo y entonces el hombre que se escondía detrás de la camioneta azul salió a su encuentro, cómo si pudiera frenar la máquina que se le acercaba ya a 70km/h. En vez de rodar aparatosamente por encima del techo del coche cómo sucede en muchos casos, pasó por debajo. Arthur pensó en las hamburguesas del McDonald y sonrió.

Sortearon a un par de raros más, y cuando atropelló a otro casi perdió el control del coche. No sabía que fuera tan difícil conducir el nuevo Camaro. “Nos haremos amigos”

- ¿Qué?
- Perdona, le decía al coche.- parece ser que Arthur había dicho su último pensamiento en alto.-
- Bueno, nosotros también podemos hacernos amigos.

Y entonces sucedió el milagro: ¡una maravillosa sonrisa! “Hacernos amigos” Le parecía tan sensual esa mujer, con el pelo rubio desgarbado excepto un liso flequillo, un oasis en los ojos, una pausa en sus labios rosados. Cuando divisó al aparcacoches y al guarda en el parking, estúpidamente atrapados por una valla, se sintió orgulloso de ir en tan buena compañía. Era como ir al baile de fin de curso con la chica más popular del instituto. El mundo se estaba destruyendo y él pensaba en su buena suerte.

- ¿Cómo te llamas? .- una voz dulce de algodón.-
- Arthur, ¿y tú?
- Ayer.
- ¿Perdona?
- Me llamo Ayer.
- Ah, que nombre tan…original .- y sonrió divertido mientras esquivaba un accidente de un coche y un camión.-
- No te gusta.- se puso repentinamente triste, al borde del llanto.-
- ¡Qué sí! ¡Es el nombre más bonito que he oído nunca! Un nombre precioso para una chica preciosa.- y paladeándolo dijo con admiración.- ...Ayer.
- Soy la jardinera del centro, ¿sabes?
- ¿Ah si? Yo trabajo..aba en operaciones especiales, siguiendo órdenes y mandándolas desde aquí.
- ¿Por qué no me crees?
- ¿Qué?- un tanto chocado trató de convencerla de lo contrario.- ¿Por qué no te iba a creer? Sí te creo.
- La gente no me cree…
- Yo sí.- afirmó Arthur con más convicción de la que sentía.-

La mirada de Ayer era extraña.
"El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él" (Stephen King)

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