Homenaje a Ferrán Casas-Mercadé - Historia de "Pardo"

Hola a tod@s.

Me he decidido a publicar aquí un relato, basado en hechos reales, escrito por el abogado y poeta catalán, que vivió y ejerció su profesión en Valls, Ferrán Casas-Mercadé (1908-1988) con dos objetivos:

El primero, dar a conocer la historia de un perro llamado "Pardo". Sucedió en la Cataluña de posguerra. Estoy seguro que interesará a muchos eolianos.

Es imposible encontrar este relato a menos que se adquiera el libro "Entre la vida y la ley" (Bosch, 1955) en alguna librería de viejo, cosa no muy fácil ya que está agotado hace décadas y la editorial no lo ha vuelto a comercializar como podéis comprobar.

El segundo objetivo es pedir ayuda a la comunidad, especialmente a eolianos que sean de Valls: si alguien que resida en Cataluña tiene una enciclopedia donde haya un artículo o reseña biográfica de este autor, o cualquier otra información biográfica, le agradecería mucho que me informase de ello.

Fernando Casas-Mercadé (Ferrán en catalán) fue poeta y publicó poemarios en catalán; pero es conocido en el mundo jurídico por una monografía titulada "Las aparcerías y sus problemas" que tuvo varias ediciones y que aún sigue siendo una obra de consulta de interés.

NOTA: el autor falleció en 1988 y este relato se publicó, como capítulo, en el libro "Entre la vida y la ley" en 1955. La editorial no ha reeditado el libro y es imposible adquirirlo a menos que se busque en librerías de viejo. Por ello, me he decidido a publicar aquí este relato, por su interés especial, con el fin de homenajear a su autor, y no de vulnerar la propiedad intelectual, que se reconoce, y si alguien considera que debe ser retirado, sin ningún problema lo acepto, pero me gustaría que este relato fuera leído porque vale mucho la pena.



EL “PARDO”.

por Ferrán Casas-Mercadé (1908-1988)

Advocat. Valls.


Capítulo tomado de "Entre la vida y la Ley". Bosch, 1ª Edición, 1955.



EL PARDO


También los juicios de faltas, a pesar de su exigua entidad, revelan, en ocasiones, los trazos de una pequeña tragedia.

Mónica era una muchacha gris, horrosamente gris. Uno de esos seres venidos al mundo para que nadie repare en ellos. Ni alta ni baja, más bien flacucha, de una inquietante palidez. Vivía con su padre, viudo ya, en un quinto piso de la calle más estrecha y maloliente de la ciudad.

Aquél era obrero curtidor. Cada día, al regresar de la fábrica, quería la mesa puesta. Eran sus órdenes. Después de comer, sin abrir boca, echaba mano a la gorra y se largaba al bar de la esquina y de allí al trabajo otra vez. Por la noche, vuelta con la misma función. No es que el hombre fuera malo, pero sí esquivo, terriblemente enjuto de palabras, casi agrio. Desde la cocina, la hija enterábase de su marcha por el violento portazo que hacía retemblar los endebles tabiques del tugurio donde vivían. Al quedar sola, Mónica cenaba.

La vida para ella transcurría insulsa, sin pena ni gloria. Se levantaba a primera hora para asear los cuatro muebles del piso, de una pobreza tajante, y luego de servir el desayuno a su padre se iba a la compra. Al regresar, aliñaba cuatro guisos. Por la tarde, cose que te cose. Ni paseos ni cines ni amigas, ni novios. Era, en fin, una personita diligente, silencíosa, triste, sin ambición ninguna. Sus horas eran siempre iguales. Dijérase que el tiempo para Mónica no huía, como si aquéllas, fundiéndose unas con otras, formaran una sola; una sola que fuera siempre la misma, mediocre y átona.

A los veintiocho años se casó. Su padre, dos años antes, había muerto. La chica hubo de ganarse el sustento yendo a coser de casa en casa ... En la propia calle vino a establecerse un zapatero remendón. y se prendó de Mónica. y Mónica se prendó de él. Los vecinos, con rara unanimidad, decretaron que los dos estaban cortados de la misma madera. Hasta sus vidas se habían desenvuelto con un paralelismo asombroso. El hombre vivía con su madre, ya vieja. Era un tipo escuálido, alto, un puro costal de huesos; la piel sobre los pómulos aparecía tirante de tan frágil y entre los velos de su cara sombría sólo los ojos, netamente azules, irradiaban unas hebras de luz ... Jamás usó corbata. Traía puesto alrededor del cuello un pañuelo de seda y a lo largo del cuerpo le caía una blusa, color ceniza, bajo la cual asomaban los pantalones de pana apoyados - tal parecía - sobre dos zapatos enormes, astrosos y sucios. Andaba cimbreante, aspado, a la buena de Dios. Así que su madre se fué al otro mundo, emprendió a Mónica.

- ¿Nos casamos?
- Si tú quieres ...

y un día, al filo de la mañana y ante el más humilde de los altares de la parroquia, el vicario de turno, entre bostezo y bostezo, los declaró marido y mujer.

Mónica inició su vida de casada con aquel aire resignado y fatalista que tan bien cuadraba con su manera de ser. En rigor, difería poco de la que hasta entonces había arrastrado. El hogar de su marido era mísero y deleznable como el de su padre. Sus ocupaciones primordiales -las de siempre - ahogaban a las demás: quitar el polvo al exiguo moblaje; preparar la comida; recoser y zurcir la ropa deshilachada y maltrecha. Él no era sino un pobre hombre sin más horizontes que los de su mezquino oficio. Sin embargo, a diferencia de su mujer, se evadía, a menudo, de sus minúsculos quebraderos de cabeza. Estaba loco, en efecto, por la caza. Todos los días festivos, tan pronto clareaba, cogía la escopeta y, seguido del perro, se echaba al monte, de donde no regresaba hasta que, anochecido ya, se encendían en cada esquina las pálidas bombillas de la electricidad pública. Entre tanto, Mónica, sola o en compañía de alguna comadre del barrio, mataba la tarde tras la estrecha vidriera de su tienda, charla que charla acerca de la última intriga del barrio o recortando sin acritud las pocas parejas que, en aquella hora, iban y venían por la calle.

Andando el tiempo y a fuerza de no gastar un céntimo en balde, el matrimonio consiguió mejorar un tanto su precaria posición. Llegó, incluso, a adquirir una casita de campo. A los dos años de casada, Mónica dió a luz. Todo hogar, por soporífero que sea, parece iluminarse con la venida de un niño. Es como un batir de alas en el silencio de las noches siempre iguales; un rayo de luz en la penumbra de los días, monótonos y grises, sin lances ni estallidos. Para el de Mónica ello constituyó una pequeña conmoción. Luego, marido y mujer cayeron otra vez amodorrados bajo el peso de la vida con sus Implacables problemas. Y ya fueron tres bogando en la galera de su mezquina existencia.

Ah, pero desde que nació su hijo, la vida de Mónica tuvo ya un objetivo: cuidar del niño. Éste fué creciendo, creciendo, según es ley natural, cierto. Sin embargo, no parecía sino que pestañeara sobre la criatura la mala estrella de un maleficio. La mayor parte de las dolencias, propias de cada edad, penetraron en su cuerpo, siempre enfermizo, blanducho y alicaído: el sarampión y la escarlatina; las viruelas y la difteria; las paperas y el asma. Hubo también, acatando la moda actual, de extirpársele las amígdalas. Hacia los quince años aquejóle una especie de anemia. Sufría de vértigos y de zumhidos; perdió el apetito y por la noche no podía conciliar el sueño. Pero lo más alarmante es que rompió a toser. De momento, una tos seca, breve, persistente que, de gripe a gripe - una por invierno, - ya no lo abandonó jamás a excepción de los meses de calor, durante los cuales aquélla prácticamente desaparecía. Y toda esta cohorte de síntomas y molestias presididas por una taquicardia brutal, Mónica vivía acechando el semblante de su hijo. Ahorraba lo inverosímil para que, en el presupuesto familiar, el coste de los inyectables y de los demás medicamentos, no dejara una huella demasiado profunda. Su tez pronto adquirió aquella glauca blancura de los seres mal alimentados. Para ella no existían ni calles, ni fiestas, ni tiendas, ni hogar en el sentido suntuario de la palabra, Su hijo, solamente su hijo. El marido, cada vez más huraño, trabajaba en silencio de la mañana a la noche, sentado, casi sin moverse, en su pequeño taburete, con su lezna y su martillo, claveteando las suelas y los tacones de los zapatos de la vecindad. La vieja afición a la caza, había degenerado en él en franca manía. Al menor pretexto, calábase la boina, se enrollaba una bufanda y con la "Bristol" al hombro desaparecía hasta la noche.


A primeros de octubre el hijo de Mónica, como los demás niños, ingresaba en el colegio del barrio. Pero, a medio curso, su palidez se acentuaba, ensanchábanse sus grandes ojeras y no había más remedio que alejarlo de los números y de las letras hasta el año siguiente. La madre observaba que en la tienda o correteando por la calle, sin el polvo y el ruido de las aulas, parecía que el color volviera a sus mejillas. Ya mayorcito, el padre, muy de tarde en tarde, reparaba en él y entonces su futuro se le imponía. ¿Y si aprendiera a ... ? Pero la madre, rápida, atajábale dando largas al asunto:

- Esperemos, esperemos aún.

Y así, esperando, llegó a los veinte años. Mónica, ya encanecida, con la frente llena de arrugas, seguía alerta, velando por su hijo. Espiaba sus idas y venidas; su dormir agitado, apechugándole para que, a las horas, tomara su alimento, igual que, de niño se lo embutía en la boca, cuchara a cuchara, forcejeándole los dientes. Con el vigor de la edad, la salud del joven pareció estabilizarse. Pero aquella lividez, aquella tos ...


En esto, estalló en España la guerra de 1936. Los primeros días fueron de confusión y de pánico. Hasta Mónica llegaban, quisiera o no, comentamos y relatos, cuya significación y alcance no comprendía bien. Notaba la calle estremecida, presa de un movimiento desusado; al andar cruzáhase con hombres de aspecto repulsivo, grotescamente ataviados ... Ella, como siempre, iba y venía, impasihle, apática y sorda, ajena a todo aquel jaleo. Pero un día, cuando al atravesar la cercana plazoleta, oyó que un esperpento con faldas, desde un corro de gente gritaba, enarbolando un mosquetón, hasta enronquecer:

- ¡Los hombres y las armas al frente!..., Mónica sintió que una ola de frío la invadía, como si, en aquel momento, un gusano le hubiera agujereado el corazón... Su hijo, no. Él no podía. Su hijo era- ¿cómo diría ella? -una de esas plantas exóticas, tan frágiles, tan sensibles y tiernas, que para vivir reclaman el sol a unas horas, la sombra a otras, el riego pulverizado, unos grumos de abono químicamente puros, un tejadillo de cristal que las preserve de los aires glaciales. Su hijo, no. Él era eso: una plantita de invernadero; una figurilla de vitrina. Su hijo, no.

¡Pobre Mónica! Su hijo, también. Al año y medio de lucha fué llamado a las armas el reemplazo a que pertenecía. La madre se lanzó, frenética, en busca de recomendaciones. Visitó innúmeros personajes. Su peregrinación, a través de oficinas, despachos y antesalas, duró varios días. Inútil, tanta labor. Por último, el recién movilizado fué sometido a revisión facultativa. Mónica esperaba temblando el fallo del tribunal. La pobre mujer desconocía que, a este respecto, ocurre algo muy curioso y acre.

Un médico recibe en su consultorio particular a un enfermo. Escucha con suma atención las referencias que va enumerando su cliente acerca de la afección que padece. Y mentalmente va elaborando el síndrome. Luego, examina al paciente: palpos, tanteos, diez minutos de auscultaciones (" ¡ Tose!. .. DIga: ¡ Ah!... ¡ Repítalo! ... ), análisis de sangre exploración tras la pantalla de los Rayos X ("¡R;spi¬re!... ¡ No respire!... ¡ Respire hondo!...), busca y rebusca por todas las partes del cuerpo, aun las más inspechadas. Después, emite su diagnóstico almibarado con los eufemismos más opacos de su repertorio y, acto seguido, formula la receta: píldoras por aquí, jarabes por allá; estos "chops" a tales horas; estas gotas a tales otras. Y más que nada, descanso, mucho descanso: cada ocho días uno en la cama... El médico cobra sus honorarios y solícito acompaña al consultante hasta la puerta. Aun allí se cree obligado a seguir con sus paternales consejos.

-No "me" deje usted de quedarse en cama cada ocho días, ¿eh? No lo tome a broma.

Pero este buen galeno un día, por aciagas circunstancias, es llamado a formar parte de un tribunal médico militar. Involuntariamente, adopta un aire, socarrón, de no dormirse a las pajas, como si dijera para sus adentros: ¡ A mí no me la pegas tú! ...

Se le presenta un recluta con la misma dolencia que su enfermo. Apenas le dirige la mirada: Lo ausculta con el oído durante tres segundos e inmediatamente garabatea un papel. Con una palmadita a la espalda se lo quita de delante.

-Usted no tiene nada - afirma, rotundo. -

¡Apto!

Y se queda tan fresco.

Allá van, pues, los bacilos de Koch o los que fueren con el macuto, la manta y el fusil a cuestas.¬Por eso, durante las guerras, los hospitales se llenan de tantos enfermos.
Al hospital dió con sus huesos el hijo de Mónica.

Declarado apto para servicios auxiliares fué destinado a una compañía de recuperación de material. El día en que se incorporó efectivamente, quiso probar el rancho. Notó en seguida que la comida en sí no era mala: garbanzos con salsa de tomate. Pero, ¿ qué diablos espolvorean en el Ejército los cocineros sobre las salsas y las sopas y, en general, sobre toda clase de manjares? ¿Pimienta? Esto debe ser. ¡Dichosas especies! Es un sabor y un olor que no desaparecen hasta pasadas las cuarenta y ocho horas. El hijo de Mónica, hecho a la Comida ligera, casi vegetal, no pudo con el. Lo sentía como un aura flotando ante sus labios, pegado a la punta de los dedos, impregnando sus, vestidos .. Al no disponer de servilleta, se le ocurrió inconscientemente llevarse el pañuelo a los labios. Horas después cuando quiso hacer uso de él, poco faltó para que no devolviera el almuerzo. Tal fué el asco que le removió las entrañas. El pañuelo hedía con el mismo nauseabundo olor. El chico, por primera vez en su vida, se fué a un bar y pidió, casi gritando, un copazo de ron y otro de coñac y otro de ginebra; algo, algo que le quitara aquel sabor, evidentemente degenerado con el paso de las horas. Pero el agrio y picante tufillo seguía persiguiéndole, empalagosamente, sin desvanecerse. Entonces, el camarero le trajo un paquete de "mata quintos" (1) y se lo fumó por entero.

Durante la guerra ni un solo día Mónica pudo entrevIstarse con su hijo. Mas; ¿para qué fatigar al lector con la enumeración circunstanciada de sus desdichas? La suerte del muchacho fué la de tantos hijos de madre. Cinco veces al hospital, ocho meses a orillas del mar; trece entre la nieve de la alta montaña; seis o siete bombardeos; marchas de veinte a treinta kilómetros; comidas al aire libre, frías mientras el camión, traqueteando, huye por la carretera salpicada de baches. Finalmente, el paso de la frontera. Francia: campos de concentración (hoy se come, mañana no). Presencia de la Cruz Roja. Papeles, papeles y más papeles. A los nueve meses de terminada la guerra, Mónica, junto a su marido esperaba al hijo bajo los andenes de la estación.No tardó en llegar el tren. De un coche de segunda, sucio y desencajado, repleto de bultos Mónica vio apearse a su hijo. Mejor dicho: al esqueleto de su.hijo. Sin articular palabra alguna, la madre, rígida, con los ojos extrañamente abiertos casi desorbitados, corrió hacia él y lo estrechó fuerte; muy fuertémente, sin proferir un lamento, oprímiéndole la cabeza contra su pecho. Dióle dos besos y como una autómata, sin soltarle el brazo salió del andén enfocando el paseo central. El padre seguía también sin abrir boca, al otro lado del muchacho, llevando la raída maleta. Y así al final de la amplia avenida, cruzaron dos calles céntricas, una plaza a la sazón muy concurrida y, luego, adentrándose por las callejas de su barrio, llegaron a su humilde tenducha.

Tres o cuatro comadres esperaban, Exclamaciones, abrazos, risas. Acudieron otros vecinos. El chico se vió asaeteado a preguntas. Quien le exigía noticias de la guerra y de los campos de concentracion ; quien sobre un pariente desaparecido ... Entonces, Mónica no pudo más. Sin que nadie se diera cuenta, reptó, veloz como una ardilla, escalera arriba, mordiendo su pañuelo hasta el desván y allí, sola, a obscuras, sobre unos cajones medio vacíos, rompió a llorar. Era, el suyo, un llanto raro, hecho de sollozos entrecortados, a dos pasos de la convulsión y del espasmo ... Así, la triste mujer, loca, desesperada, revolcándose inútilmente en el lecho de su propia desventura, estuvo gimiendo, desahogándose, cerca de una hora ante aquellos mudos testigos: tres sacos de carbón, un baúl arrinconado, la cuna de mimbre, y en el aire, balanceándose, colgada de un hilo, una jaula vacía.


Pasados los primeros días, la vida, en la pequeña familia, volvió a su cauce normal. Durante las horas de comer, Mónica no quitaba los ojos de su hijo, quien, a duras penas, conseguía engullir el alimento. Entonces, lo condujo al despacho de su médico. Éste no hizo más que aplicarle la pantalla sobre el pecho y así que abrió la luz, luego de quince minutos de exploración, eludiendo todo diagnóstico, formuló breve y secamente la cura a seguir: treinta días en cama y a caño libre las chuletas, los huevos y la leche. La madre interrogó, anhelante, el rostro del facultativo, pero aquél seguía impasible ... A los diez minutos, Mónica - esta vez, sola - estaba ya de vuelta al consultorio. El médico le habló de unas cavernas pulmonares, de cierta terapéutica a hase de calcio y de fósforo; de evitar al enfermo el más leve trabajo manual y, en fin, todo ello, rematado por una larga temporada a pleno sol, lejos de los aires viciados de la ciudad.

¡La casita! ¡SU casita de campo! Ahora vendría de perlas. Verdad que su construcción. era muy rudimentaria: planta baja y desván. Pero cuatro golpes de albañil la convertirían en un hogar habitable. Las obras eran carísimas ... Pero, ¿qué no haria ella para la salud de su hijo? Dicho y hecho. Al caho de quince días. ya vivían entre cepas y algarrobos. El arreglo de la cocina llevóse la mayor parte de tiempo; en cambio, con un simple tabique, el piso se transformó en dos habitaciones. Claro que seguía rajado, cementoso, sin enladrillar. Pero, ¡Señor!, ¿es que no puede una vivir sin pisar mosaicos o baldosines.. El hijo de Mónica permaneció tendido sobre el camastro por espacio de un mes. Gracias a la sobrealimentación prescrita, consiguió aumentar considerablemente de peso. Su gordura, pero, era algodonosa, fofa. Después, empezó a levantarse. Saltaba del lecho a mediodía y en habiendo satisfecho su escaso apetito, pasaba la tarde bajo la parra desnuda de pámpanos a la sazón, sentado en una de esas mecedoras de baratillo construída con madera verde de pino. Así, recogía, saboreándolos, los últimos rayos de sol mientras la madre cuidaba de la casa y el padre iba y venía diariamente del campo a la ciudad a fin de atender a su pequeño negocio.


Un día, al atardecer, el enfermo vió pasar desde su mecedora a tres o cuatro vehículos por la carretera. Ésta, en efecto, cruzaba la finca colindante a un tiro de piedra. Advirtió en seguida que se trataba de gitanos. Acompañaban a las carretas, deformadas, traqueteantes, mugrientas, cuatro hombres y tres mujeres seguidos de dos mulos escuálidos, cabizbajos y de un jamelgo blanquecino. Los hombres, con su blusa negra y tocados con un flexible aboñogado del año de la nana, traían, colgada al cuello, una larga zurriaga. Las mujeres, en medio de una nube de perros y chiquillos, a cual más desharrapado, andaban, acompasados, los pies semidesnudos, cubiertos tan sólo con unas alpargatas negruzcas y llenas de agujeros.

Eran gitanos, claro está, trashumantes, de ésos que uno ve a menudo acampando bajo un árbol al borde de los caminos a la sombra juncal de cualquier puente.

De pronto, uno de los perros que venían con ellos se despistó. De un salto salvó un pequeño terraplén y a campo traviesa - unos pocos metros, al fin -llegóse donde el hijo de Mónica. Se plantó ante él. Le miró fijamente y luego, con la cola, se puso a dibujar en el aire mil caprichosos, arabescos. Finalmente, se le acercó. El chico dióle unas palmaditas en la cabeza, en tanto el mísero animal enarcaba el cuello y cerraba los ojos.

- ¡Tú! ¡Ven acá!.

A diez pasos, no atreviéndose a más, llamabale un gitano. El perro, en espera, sin duda, de la pedrada dió un salto y desapareció.

- Cómo se llama el perro?

-"Pardo"- gruñó el gitano. -Se llama "Pardo".
y volvió la espalda.

Al día siguiente mientras cenaban - hora en que el padre, de vuelta ya, contaba los chismes de la ciudad, - se habló de los gitanos en cuestron. Aquél se refirió a ciertos hurtos de poca. monta y a una riña, a navajazo limpio, con otros tipos de la propia calaña. Los agentes de la autoridad habían detenido a un hombre y a dos mujeres y ahuyendado a los demás del término municipal.

El' hecho no tenía nada de particular. Pero, a la tarde siguiente, el hijo de Mónica vió acercarse, ligero, al mismo perro que el día anterior había acariciado con tanta afectuosidad.

El animalucho detuvo su airoso trotecillo a veinte pasos del enfermo. Parecía vacilar. El joven lo reconocio en el acto.

- "¡Pardo!" .

El perro vino a echarse a sus pies; Luego, a, una señal, brincó sobre sus rodillas y dejó que la pálida mano del muchacho resbalara por su lomo, afilado también, de pelo áspero y polvoriento.

A partir de aquel instante, el perro se convirtió en el compañero inseparable del pobre tuberculoso. Éste, en rigor, ya no curó. Pasó el invierno y llegaron los meses de calor. El chico pareció rehacerse. Salía, ahora, de mañana, con su pequeña escopeta - obsequio del padre, quien, como buen cazador, no concebía otro de más calidad - y llegábase hasta el pequeno torrente que circundaba uno de los altozanos vecinos. Allí, sentado sobre una peña, a la sombra de los chopos, veía rodar las horas. Seguíale el perro. Andaba a su lado o se le adelantaba, retrocediendo después. A veces, desaparecia tras unos arbustos para reaparecer más lejos. El enfermo, casi inmóvil, echaba pedruscos en el exiguo remanso que formaban las aguas del arroyuelo al ser detenidas por un desnivel del terreno las guijas redondas y pulidas rompían la superficie rizada de burbujas y se iban al fondo, claro y transparente como un cristal.. De repente, oíase piar en el ramaje de unos álamos. Echaba mano de la escopeta y a menudo el cono de perdigones daba en el blanco. El perro, que chapoteaba en el agua, al estallar el disparo, salía corriendo en busca de la pieza: un gorrión o una griva o un zarzal u otro cualquiera inocente pajarillo ... A mediodía, regresaban. Mónica, impaciente, había salido ya dos o tres veces hasta el linde de la finca para ver si volvían. Un presentimiento extraño la mantenía inquieta, en perpetua zozobra. Cuando el perro, bailoteando, penetraba bajo el parral, la madre respiraba: a los diez segundos reaparecía el hijo.


Y así volvieron los días otoñales, benignos, color de oro, y tras ellos los primeros fríos. El hijo de Mónica, por ese tiempo pilló un resfriado tan fuerte que no pudo ya levantarse. Entre escalofríos intermitentes, la fiebre pasando y repasando los cuarenta grados, mantuvo su pobre cuerpo casi galvaanizado hasta que lo abandonó por falta de defensas. Al quinto día, de guardar cama sufrió una escandalosa hemoptisis. El médico de cabecera llegó jadeante y al bajar del piso, luego de auscultarlo por enésima vez, en tanto que Mónica arreglaba, el embozo, temblándole la voz y dando una suave palmada sobre el hombro del padre, profirió la sentencia fatal.

- Esto se acaba.

Fatal, en efecto. A los tres días falleció ... ¡Pobre muchacho! Sobre el lecho mortuorio, su cuerpo era ya una figurilla de cera, yerta, encogida, sin expre¬sión ninguna. El padre movíase en silencio, los ojos fijos, vidriosos, caído el rostro con ese rictus enigmático y tenso de los reconcentrados cuando sienten un dolor muy hondo y vivo. En cambio, Mónica no quiso abandonar a su hijo. Pasó la noche, velándole, pegada a las sábanas de la cama. Y - ¡cosa rara! - no soltó una lágrima. Yerta, también, se le había en pocas horas resecado la piel; le quemaba la garganta y allá, en 10 más recóndito de sus entrañas, sentía un frío espantoso. Veía a intervalos, mientras las horas caían, una a una - densas, sigilosas, - su mísera existencia de esposa y madre, siempre resignada, debatiéndose con el fantasma de la pobreza, hecha de congojas, sin, un deleite, inmolada sobre el ara de un sacrificio inútil.

Un lúgubre dobleo. Fuertes ráfagas desteñían los toques, casi ahogándolos, como si éstos. no quisieran llegar a sus oídos. El féretro, seguido de los acompañantes, se empequeñecía por momentos. Mónica fijó su atención en un solo punto del espacio. Era un claro entre los árboles. Por la carretera - ya más lejos -la triste comitiva no era sino una reunión de bultitos negros ... Después, nada. A los pocos momentos callaron las campanas y sólo el ligero silbido del cierzo turbó ya la paz y el silencio de los campos.

Transcurrió un mes. La vida, con sus necias exigencias, obligó al marido a seguir con su lezna y su martillo, Mónica, pero, no quiso de momento regresar a la tienda. Así disponía de más tiempo para ir al cementerio. Todas las tardes la pobre mujer, arrebozada con su manto negro, permanecía estática ante el nicho que encerraba los restos de su hijo. Iba y venía, lenta, un tanto encorvada, cruzando parte de la ciudad. Al llegar, anochecido ya, a su albergue rural, se cambiaba de ropa y, en silencio, maquinalmente, preparaba la cena.

De súbito, dejó de ir. Fué que una noche, hallándose acostada, le pareció que la ventana del cuarto donde dormía estaba entreabierta. Lamadera, chocando entre sí, causaba un golpeteo débil, pero molesto. Mónica saltó del lecho y fué a cerrarla. Pero al levantar la falleba se contuvo. Abajo, junto a la plazoleta, el "Pardo", clavado en el suelo, no le quitaba la vista. El raro chispeo de sus ojos, empinado el hocico, parecía atravesar la obscuridad. Mónica, al desentornar totalmente los postigos, observó por unos momentos el fiel animal.

- ¡"Pardo"!

Aquél no movió un solo músculo. Entonces, poco a poco, y para no hacer ruido, abrió las puertas de par en par.

- ¡"Pardo"!

El perro, al oír la voz del ama, agitó la cola y volvió a encantarse tres pasos más cerca del parral. - También tú lo echas de menos, ¿no?

La bestia lanzó un aullido larguísimo, de una lobreguez inenarrable; un lamento de congoja, sombrío y tétrico, casi agónico, que rasgó la noche como el ay de un moribundo o el gemido doliente de un alma en pena. Mónica sintió una sensación extraña, como si un reptil se le enroscara en la columna vertebral.

- ¿Te acuerdas, "Pardo", te acuerdas? Por ahí te ibas con él.

De un brinco el perro se plantó en mitad del sendero por donde el hijo de Mónica, cada mañana, se dirigía al pequeño torrente. Allí se disparó hacia delante y se perdió de vista; a los pocos segundos estaba ya de vuelta, veloz como un rayo.

- Y por ahí también, "Pardo". Al llegarnos a la ciudad.

El podenco repitió la carrera por el caminal de acceso.

- ¿ y te acuerdas, "Pardo" ... ?

Mónica recordaba hechos y fechas. Cuando él vino ... Cuando él dijo ... Cuando él salió a ... Los mil detalles que sólo ella, por ser madre, percibió y retuvo. El perro, mientras, en un puro cabrioleo, pegaba brinco tras brinco, se retorcía, giraba sobre si mismo como una peonza. Escurríase entre las tinieblas para reaparecer acto seguido como si aquéllas lo devolvieran.

Sus voces eran, ora ladridos secos, pertinaces; ora gruñidos, temblorosos y sordos. Y cuando la mujer - alta ya la noche- cerró la ventana, el can se tendió jadeando bajo su alféizar.

Pronto dejó de ir"al cementerio. ¿Para qué? Su hijo no estaba ya en él. Todas las noches, luego de espiar los ronquidos de su marido, se deslizaba del lecho y, de puntillas, se dirigía a la ventana.

- ¡"Pardo"!

El perro en medio de la plazoleta parecía aguardarla. Y entonces el soliloquio - iba a decir el diálogo - de Mónica no se interrumpía hasta la alborada.

- ¿Te acuerdas? ... Dime. .. Por allá ...

El animal iba y venía, triscaba, se deshacía en mil cabriolas. Y ¡oh misterio!, a los ojos de Mónica la noche se despojaba de sus gasas y poco a poco, en el espacio fluía una luz quebrada, ya rojiza, ya verdosa. Cada ladrido del perro era, para la mujer, una bengala echada al aire cuyo arañazo" al dar cima a su luminoso caracoleo, se hundía, sangrando entre lluvias de estrellas... Su hijo estaba ahí. ¡Ahí!... Lo veía paseándose por el caminal bajo los secos almendros tomando el sol; lo veía al re¬gresar del torrente en mitad del sendero, escopeta en mano' lo veía inclinado entre la pampa de las cepas; lo veía en su mecedora de enfermo a a sombra del parral. .

- ¡Cómo jugarías con él, "Pardo", cómo jugarías con él!

Y el perro aullaba, gruñía, atento a la voz del ama.

Dos o tres veces el marido despertó. - ¿ Qué haces ahí?

Siempre tuvo a flor de labio la misma salida. - El cierre de esta ventana ... Aquél daba media vuelta y volvía a quedar como un tronco.

Ya no se sentía tan sola. Tenía sus noches. ¡SUS noches! ... Al cabo de dos años Mónica se dió cuenta que, al fin, era casi, casi, feliz.

Hasta que un día...

Era un domingo de mayo, en pleno tiempo de veda. El marido, con tres amigotes del barrio, había salido muy de mañana a fin de cazar de sol a sol. Una casa de labor, sita al fondo de una hondonada, entre colina y colina, guardaba, escondidas, sus armas respectivas. Así, con ellos, al abandonar la ciudad, sólo traían a los perros. A la sazón eran cinco.

A eso de las doce, Mónica vió regresar a su marido, malhumorado, con la rabia pintada en el rostro.

- ¿De vuelta ya?

Él, entonces relató lo sucedido. Al avistar el cruce -amanecía, apenas -los cuatro fueron sorprendidos por un -¡alto! áspero y bronco, en tanto que de un terraplén contiguo saltaban al camino varios números de la Guardia Civil al mando de un sargento. La indagatoria fué breve, crepitante.

- ¿Dónde van ustedes?

- Una pequeña excursión, sargento.

- ¡Mienten! Ustedes van de caza.

Que sí y que no; que no y que sí. El altercado crecía en violencia.

- ¡ A ver! La documentación.

De allí al cuartel. Fueron extendidos los correspondientes atestados, los cuales, más tarde, dieron origen a los juicios de faltas en los que yo intervine.

Todo eso era regular y lógico. Pero lo grave del caso es que, mientras estaban porfiando, dos guardias, previamente aleccionados o por propia iniciativa - ¡ vayan ustedes a saber!, descorrieron los cerrojos de sus máuseres y antes que nadie pudiera protestar, volcaron dos soberbias descargas sobre los cinco perros. Uno de ellos quiso huir y a los diez pasos cayó entre alaridos de horror, dando una voltereta.

Los ojos de Mónica eran dos carbunclos. - ¿Y el "Pardo"?

- Allí quedó tendido - concluyó el marido.

Y agregó, displicente.

- ¡ Pobre animal! Veré de adquirir otro perro.

A Mónica se le cayeron de las manos unos útiles de cocina que, en aquel momento, estaba secando. La infeliz notó que le temblaban las piernas y no tuvo más remedio que sentarse para no caer. ¡ Muerto el "Pardo"! ¿Qué sería de ella, ahora, sin el perro? Pasó la tarde sin abrir boca, trajinando por la casa, desazonada, sin acertar a orientarse, como si estuviera ebria. De vez en cuando, echaba una mirada a las afueras. El aire, los árboles, la tierra, brindaban aquel punto de cosa virgen que sólo la primavera trae consigo... El marido había vuelto a salir. De seguro, que mataría la tarde comentando las incidencias de la mañana ante la mesa del café donde solían reunirse los aficionados al arte cinegético ... Mónica, en tanto, espiaba el sol. Éste descendía ya sobre el horizonte y pronto el ambiente se untó con el color desmayado del crepúsculo. Se acercaba la noche ... Mónica sentíase presa de una inquietud y de una angustia infinitas. Se acercaba la noche ... Mónica la esperaba y la temía a la vez. Con el alma en un hilo, veía obscurecer.

A las nueve regresó el marido. La cena transcurrió sin hablarse siquiera, como de costumbre, y a poco se recogieron. La muerte del perro no desveló ni una hora al marido. Como todas las noches, cayó en un sueño profundo, amodorrado.

Mónica dejó la cama, castañeteándole los dientes. Llegóse a la ventana y se asomó. La plazoleta estaba solitaria, vacía.

- ¡"Pardo"!

El silencio era de una densidad mineral. Las siluetas de los árboles, oscilando levemente, le parecieron a Mónica monstruos que velaran, como centinelas, un Iugar de maldición; el cielo, un manto de luto salpicado de manchas blancuzcas; el aire, casi inmóvil, un frío aliento de muerte. El inundo entero era ya para Mónica el antro de una tumba. No veía a su hijo, como ayer, como anteayer, como todas las noches, entre luces extrañas, al conjuro de los brincos y de los ladridos del perro. Sólo veía negrura. Negrura por doquier. Negrura en el cielo, negrura en a tierra y, como un sudario, negrura sobre su pobre corazón de madre. Su hijo no estaba ya con ella. Ahora había muerto; muerto de verdad.

Y Mónica, de pie, clavada como una estatua, turbios los ojos, asiéndose a los postigos para sostenerse en pie, creía llegar, fija la vista, a través de las tinieblas, hasta el cementerio de la ciudad. Su hijo, su pobre hijo, volvía a estar allí.

Días después, vecinos que la conocían se asombraron, de ver a la mujer, más encorvada aún, hecha un ovillo bajo sus ropas negras, yendo y viniendo otra vez por el camino del cementerio. Se asombraron, digo. Al cabo de dos años ...

Y es que para Mónica su hijo había muerto por segunda vez. Y, ahora, para siempre.
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