Fueron como dos punzadas tenebrantes
que se abismaron en tu rostro;
inyectando la esperanza en tus mejillas.
Lo llaman flechazo;
un golpe de pasión molecular.
Se te puso el corazón entre paréntesis.
Tímida y brumácea te escondiste
bajo un nuevo sorbo de café,
intentando que aquellas sensaciones
salieran por la puerta de atrás.
Pero supiste en ese instante
que sus labios crearían seísmos en los tuyos;
que no podrían darte la eternidad
pero sí parar el tiempo.
Porque quizá no estuviérais juntos
hasta que los cielos se jubilen;
pero al menos podrías sacar el alma de la nevera
y meter las penas al congelador.
Por dos besos cambiaste tu vida;
o por dos fogonazos íricos* bien rematados
por su parte...
O vete a saber si después sus brazos te drogaron
y ya no pudiste responder;
o si a la lógica se le encasquillaron las alas
y todo salió bien.
Y mientras tanto, alguien tuvo que trasnocharte cada noche;
aquel al que hiciste concebir la muerte
como la negrura que todo lo cura...
y al que le hubiera gustado verte partir
con los ojos cerrados.
Te fuíste para buscar lo que siempre tuviste,
y quizá lo perdieras cuando creíste encontrarlo.
Porque de acuerdo, es posible que hayas conseguido
la expresión perfecta de tu sueño:
que brillar con luz propia sea cosa de dos;
pero también es posible
que cada mañana te encuentres
con que ese sueño no es más que
un soplo de niebla torpe y deslunada;
que con el alba tengas que reparar el canto de los pájaros.
Espero que no haya sido así
-o tal vez sí-,
porque cuando te empeñas en ladrarle al destino
es él quien acaba mordiendo;
y primero los años se vuelven segundos
pero después siglos.
*relativo al iris